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    Crítica | Land of mine (Bajo la arena)

    Land of mine

    El espejo de arena

    crítica ★★★ de Land of Mine (Under sandet, Martin Zandvliet, Dinamarca, 2015).

    La relación del cine con la II Guerra Mundial es un pacto con el diablo que lleva produciendo obras año tras año a cambio del “módico” precio de congelar y perpetuar sus horrores. Desde los comienzos de la contienda, los países implicados explotaron el potencial de la película como medio de propaganda —como recomendación a colación es muy interesante el documental sobre los filmes de divulgación nazi realizado por Felix Moeller, Forbidden Films. Finalizada la misma, la cinematografía mayoritariamente occidental ha ido mapeando con regularidad su terror. Sin embargo, tan extensa y detallada es la visión ofrecida, dada la ingente cantidad de obras realizadas, como unidireccional; casi todas ellas relatan el terror del nazismo y/o su derrota frente a un bando aliado vestido con aureola. Por ello mismo destaca desde su propia concepción Land of Mine. En ella, el cineasta danés Martin Zandvliet decide relatar el castigo sistemático al que fueron sometidos los prisioneros de guerra alemanes en su Dinamarca natal una vez rendido el régimen nacionalsocialista, quien ocupo el país durante cinco años. Buena parte del material (y el propio pensamiento) relacionado con una contienda tan dolorosa suele estar teñido de cierta dosis de maniqueísmo y la obra danesa no es una excepción, pero llama la atención que en el filme que nos ocupa, Zandvliet no tenga reparos en mostrar tan afiladamente a sus compatriotas como “los malos” y a los alemanes como “los buenos”.

    El panteón maniqueo erigido por Zandvliet es tan radical que sólo se explica desde el simbolismo y lejos de ser fruto de un capricho intelectual, se encuentra apoyado en cierto naturalismo histórico. Así, el grupo de prisioneros de guerra alemanes protagonista está compuesto por una decena de los muchos jóvenes, algunos prácticamente niños, con los que el régimen nazi acabó la contienda. Todos ellos son dibujados a partir de la incólume inocencia de quien no sólo no ha disparado una bala o apenas ha tenido relación directa con la guerra (sólo uno de ellos, Helmut, da ligeras muestras traumáticas de ello) sino que carecen de alienación ideológica alguna y lejos de cualquier sentimiento de superioridad o poderío, sólo muestran nostalgia por su país familia. Esto les sitúa con claridad en la condición de víctimas no sólo frente a los daneses sino que también ejemplifican la condición de la juventud alemana como víctima propia del régimen nazi que corrompió su futuro y por el cual tuvieron que pagar los platos que no rompieron. Por otro lado, la sociedad danesa se muestra impasible, dolorida y llena de odio hacia todo lo relacionado con el antiguo régimen opresor y no es casual que los representantes de la misma sean el implacable y visceral cuerpo militar y la figura de la madre, símbolo clásico del amor, y que inicialmente niega toda ayuda a sus jóvenes “vecinos”. Finalmente como bisagra entre ambos se nos presenta al Sargento Carl Rasmussen, encargado de vigilar al pelotón de prisioneros durante el proceso de retirada de minas plantadas por los nazis en la costa danesa. El personaje maravillosamente interpretado por Roland Møller es el principal elemento dinámico del filme y se debatirá entre la brutal rabia, la piedad, la empatía y finalmente el perdón y el honor hacia el antiguo enemigo, convirtiéndose en el símbolo de la esperanza moral danesa frente a la barbarie amparada por el odio.

    Todo el croquis pasional que dibuja Land of Mine encuentra su mejor apoyo en el propio sistema de castigos en torno al cual se plantea. Hay pocas imágenes que representen mejor la tensión latente y los sentimientos profundos que la de una mina mortal escondida en la arena. Sobre ellas pivotan los giros de la historia: es su letalidad antes los infantes encargados de retirarlas lo que despierta la humanidad del sargento Rasmussen para luego recordarle su dolor y odio hacia el enemigo mediante una mina suelta de un sector teóricamente “limpiado” que en el cénit de la fraternidad (representada mediante un amistoso partido de fútbol en la playa entre el sargento y los prisioneros) acaba con la vida de su perro; también es el campo minado lo que reconcilia a la madre granjera con el joven grupo alemán al rescatar estos a su hija. Pero no sólo desde el guion se recalca la importancia simbólica fundamental de la mina sino también desde la realización. Zandvliet muestra con precisión quirúrgica la búsqueda, desactivación y retirada de minas, y también, en torno a esto, congela el terror, convirtiendo el procedimiento en una catarsis casi intimista. El cineasta danés individualiza el proceso mediante planos medios, planos cortos y planos detalle que encarcelan a los jóvenes junto a la mina, los aísla de casi cualquier sonido y dilata hasta la extenuación la experiencia mediante un montaje fragmentado. Sólo así se logra que el espectador conviva con el miedo, las dudas y la tensión de los protagonistas y reciba también la implacable bofetada de la crueldad. Las virtudes de la notable dirección fotográfica de Camilla Hjelm también logran exprimir todo el potencial de las playas de Vejers y Blåvand no sólo a nivel estético sino también discursivo. Los imponentes paisajes de la costa danesa entremezclan la belleza con la fría letalidad y su simbólica y polvorienta aridez se clarifica y reverdece en los momentos de esperanza. Land of Mine es, por tanto, una obra de innegable pericia y potencia visual que entreteje mediante imágenes pequeños retazos de historias personales mientras desentierra un oscuro zulo de la II Guerra Mundial. Pero, sobre todo, gracias a su radical simbolismo maniqueo desentierra un punto de vista pocas veces explorado e igual de necesario. Los cineastas que deciden realizar este tipo de obras suelen hacerlo movidos por una imperiosa necesidad que nace del conflicto entre su perspectiva moral y el hecho histórico al que acuden. Martin Zandvliet apunta a su país y parece querer pedirnos perdón. Pues en la arena, entre las minas, vio a su país reflejando el odio y la barbarie sistemática hacia aquellos que en su día las tuvieron por bandera. Y esa es la peor derrota de todas, aquella donde la derrotada es la humanidad. Por ello mismo su final, tan tibio como esperanzador, se antoja casi necesario. | ★★★ |


    Carlos Cañas Carreira
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Dinamarca, Alemania, 2015. Título original: Under sandet. Director: Martin Zandvliet. Guión: Martin Zandvliet. Duración: 100 minutos. Fotografía: Camilla Hjelm. Música: Sune Martin. Productores: Malte Grunert, Mikael Chr. Rieks. Productores ejecutivos: Daniel Baur, Torben Majgaard, Arno Neubauer, Louise Birk Petersen, Oliver Simon, Henrik Zein. Productoras: Nordisk Film / Amusement Park Films / Majgaard / K5 International / K5 Film / ZDF / Goethe Filmproduktion / Erfttal Film. Edición: Per Sandholt, Molly Marlene Stensgaard. Dirección artística: Seth Turner. Diseño de producción: Gitte Malling. Diseño de vestuario: Stefanie Bieker, Claudia Maria Braun. Intérpretes: Roland Møller, Louis Hofmann, Joel Basman, Mikkel Boe Følsgaard, Laura Bro, Zoe Zandvliet, Mads Riisom, Oskar Bökelmann, Emil Belton, Oskar Belton, Leon Seidel, Karl Alexander Seidel, Maximilian Beck, August Carter, Tim Bülow, Alexander Rasch, Julius Kochinke, Aaron Koszuta, Levin Henning, Michael Asmussen, Magnus Bruun, Mette Lysdahl, Johnny Melville, Anthony Straeger. Presentación oficial: Festival Internacional de Cine de Toronto 2015. PÓSTER OFICIAL.

    Rosalie Blum
    Feelmakers

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