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    Crítica | La autopsia de Jane Doe

    The Autopsy of Jane Doe

    La verdad está ahí dentro

    crítica ★★★★ de La autopsia de Jane Doe (The Autopsy of Jane Doe, André Øvredal, Reino Unido, 2016).

    Parece que, poco a poco, el cine de terror está superando esa recriminable escasez de ideas originales que, durante años, le hizo caer en la repetición. Se agradece que, en medio de tanto remake de viejos clásicos o secuelas que rentabilizan al máximo las fórmulas del éxito, aún quede algo de espacio para el riesgo y la inventiva, y algunos realizadores se atrevan a entregar historias frescas, capaces de sorprender a los fanáticos del género más curtidos. El Festival de Sitges se está convirtiendo, en este aspecto, en esa cita cada vez más ineludible para quienes disfrutan sintiendo escalofríos ante una buena película de horror, así como en una plataforma ideal para que cada año descubrimos un puñado de pequeñas yemas. Fue allí donde La autopsia de Jane Doe (2016) se alzó con el Premio Especial del Jurado de 2016, algo que supone todo un espaldarazo para un producto británico tan humilde que, sin los fenomenales comentarios cosechados, tendría todas las papeletas para pasar desapercibido en la taquilla o, en el peor de los casos, podría quedarse sin estreno en las salas de cine. El director noruego André Øvredal ya había llamado la atención en Sitges con Troll Hunter (2010), su curioso experimento de found footage sobre la figura de aquellas criaturas mitológicas que habitarían los bosques y montañas del país nórdico. Después de aquella magnífica carta de presentación –si obviamos Future Murder (2000), codirigida con Norman Lesperance– que le encumbró como uno de los nombres a seguir de cerca en el panorama fantástico contemporáneo, seis años de incomprensible silencio han precedido al esperado nuevo trabajo de Øvredal, más inclinado hacia el terror más clásico que la cinta que le dio la fama (que, a pesar de su economía de medios, tampoco estaba exenta de pasajes espeluznantes), pero con las mismas aspiraciones de no plegarse a los convencionalismos más comerciales, al menos durante la mayor parte de su metraje.

    El filme se inicia como un thriller de misterio, con la policía de una pequeña localidad de Virginia rastreando una casa en la que se ha cometido el homicidio múltiple de una familia. En el lugar de los hechos, la aparición del cuerpo desnudo y semienterrado de una hermosa joven, sin huellas dactilares que puedan identificarla ni signos externos de violencia, desconcierta a los agentes, que confían la resolución del enigma a Tommy Tilden y su hijo Austin, los dueños de una funeraria familiar local, que dispondrán de una larga noche para encontrar respuestas a través de una reveladora autopsia. Desde el instante en que aparecen por primera vez en escena el gran Brian Cox y Emile Hirsch desmembrando a uno de los cuerpos de su depósito, a ritmo de rock, mientras se retan a averiguar la causa de su muerte, La autopsia de Jane Doe asienta con firmeza las bases de lo que será una apasionante pieza de cámara sostenida sobre su excelente guion –obra de los televisivos Ian B. Goldberg y Richard Naing–, con diálogos muy por encima de la mediocridad que caracteriza a la media de este tipo de producciones y, sobre todo, las actuaciones de sus actores. El carácter teatral de la propuesta, acentuado por el hecho de que toda la acción tenga lugar en el único escenario de la morgue, es un arma de doble filo que Øvredal sortea con solvencia, al lograr que el espectador empatice desde el primer momento con esta suerte de Sherlock Holmes y Watson de andar por casa que forman los Tilden, provistos de esa química cariñosa que solo los lazos sanguíneos pueden alcanzar, muchísima ironía y los mayores conocimientos sobre los entresijos de la anatomía humana. Con ellos dos alrededor de esa mesa de operaciones en la que yace la figura inmóvil de Jane Doe (nombre adjudicado de forma temporal a la chica), con sus enigmáticos ojos grises abiertos de par en par, la intriga va dosificando la información y descubriendo progresivamente sus cartas sin altibajos de interés. Cada incisión, cada extracción de los órganos vitales de Jane, otorga a los forenses una nueva e inquietante pista que ayuda a desenmarañar el misterio del perfecto estado externo del cuerpo. Estas escenas de autopsia, muy detalladas y explícitas (magnífica labor de los responsables de maquillaje y efectos especiales), lejos de caer en el exhibicionismo y la crudeza gratuita, están justificadas dentro de la historia como medio de investigación.

    The Autopsy of Jane Doe

    «La autopsia de Jane Doe representa, por sobriedad, armonía y precisión para manejar el suspense en espacios cerrados, una de las sorpresas más distinguidas del cine de terror de 2016».


    Con unas leves pinceladas, el libreto ofrece un estupendo dibujo de la psicología de los personajes de Tommy y Austin, la relación que ambos mantienen y sus tormentosos conflictos internos, algo que les hace muy humanos. Un padre volcado de manera patológica en el trabajo, como herramienta para olvidar la traumática desaparición de su esposa, y un hijo que se debate entre sus ganas de volar del nido –rompiendo así esa cadena de generaciones de los Tilden que se han ocupado del negocio– y la preocupación por el incierto futuro de su progenitor sin su ayuda. A ambos hombres les une, eso sí, una marcada fascinación por la muerte que, de un modo u otro, termina atándoles a ese sótano de su hogar donde realizan sus pesquisas. Pese a su modestia, La autopsia de Jane Doe se las arregla para ser una obra impecable a nivel visual, que sabe aprovechar al máximo sus exiguos escenarios, con sus oscuros pasillos y los juegos de espejos, para crear desasosiego, gracias a una meritoria dirección artística y una fotografía de Roman Osin de lo más elegante. Estamos ante un relato sobrenatural de aroma retro, con una estética y un espíritu que beben del cómic Creepy o de las entrañables Historias de la cripta. Un agradecido retorno a la serie B más digna del género, a medio camino entre la cotidianeidad de las historias ochenteras para no dormir de Stephen King y la tenebrosidad del John Carpenter de La niebla (1980), ya que juega con leyendas ancestrales de ritos satánicos o cadáveres que vuelven a la vida como consecuencia de algún tipo de maldición. Guionistas y director saben dotar a la narración de un ritmo sosegado que le viene perfecto y que, en ningún momento, deja lugar para el aburrimiento. Por el contrario, consiguen que estemos atentos a cada nueva averiguación, imbuidos por su cada vez más tétrica ambientación –con un genial uso de una cancioncilla añeja que suena en la radio para crear desazón, y, de fondo, el sonido de una brutal tormenta que azota el exterior durante la noche de marras– y la progresiva sensación de peligro que se va fraguando en torno a la verdadera identidad de Jane Doe. Es cierto que, en su tramo final, la película cae en algunas (por fortuna, mínimas) concesiones y lugares comunes propios de la temática que trata (la historia pierde fuelle cuando los investigadores abandonan el quirófano y el personaje de la novia de Austin no es que aporte demasiado), y que Øvredal no puede evitar la tentación de cerrar su cinta con el previsible susto de última hora, pero, en términos generales, La autopsia de Jane Doe representa, por sobriedad, armonía y precisión para manejar el suspense en espacios cerrados, una de las sorpresas más distinguidas del cine de terror de 2016. | ★★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido. 2016. Título original: The Autopsy of Jane Doe. Director: André Øvredal. Guion: Ian B. Goldberg, Richard Naing. Productores: Rory Aitken, Fred Berger, Eric Garcia, Ben Pugh. Productoras: 42 / Goldcrest Films International / Impostor Pictures. Fotografía: Roman Osin. Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans. Montaje: Peter Gvozdas, Patrick Larsgaard. Dirección artística: Astrid Sieben. Reparto: Emile Hirsch, Brian Cox, Olwen Catherine Kelly, Ophelia Lovibond, Michael McElhatton, Parker Sawyers, Jane Perry. PÓSTER OFICIAL.


    Rosalie Blum
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