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    Crítica | Paradise

    Paradise

    El infierno son los otros

    crítica ★★★★ de Paradise (Рай, Andrei Konchalovsky, Rusia, 2016).

    Hay pocos asuntos que sean capaces de destruir la moral colectiva. Quizás, el más perjudicial de todos sea el desencanto. El desencanto ante la utopía. No por el la derrota en sí, sino más bien por el camino hacia la ausencia de asidero, una suerte de vacío teológico. A pesar de que lo utópico es, por definición, inalcanzable, ¡cuán profundo es el rastro que deja a su paso! Cuando los hechos o el cansancio hacen acto de presencia, hay quien se resigna o busca otra empresa similar. Sin embargo, existe también aquel que vuelve la cara de vergüenza, sabiéndose portador de una culpa quizás preconizada mucho antes de atreverse a aceptarla, como una pulsión extraña en la boca del estómago. Muchos de los habitantes de la pequeña localidad de Oranienburg afirmaban no haber visto ni escuchado nada, ninguna actividad inusual durante los primeros años de la década de los cuarenta. Afirmaron haber sido los primeros sorprendidos tras divulgarse el infierno terrenal del “modesto” campo de Sachsenhausen, tras al avance victorioso del Ejército Rojo sobre Berlín. ¿Ante quién responderían en caso de confesar la silenciosa aquiescencia? Ante los tribunales, claro. Y algunos incluso podrían apelar al mismísimo Eichmann, librándose del poder de decisión. Sin embargo, en un entorno íntimo, en presencia solamente de sus propias consciencias, quizás el primero sentimiento que arribaría, aun antes de la vergüenza, sería la decepción. La orfandad de haberse creído partícipes de una sociedad perfecta, del pueblo elegido que merecía su particular Tierra Prometida. El cine de los últimos setenta años ha abordado en multitud de ocasiones este tema tan trascendental para el siglo XX. Quizás no por una falta de inspiración ni una sequía creativa, sino de algo más: la preocupación. Un mundo relativista continúa volviendo la mirada hacia aquella macabra utopía que surgió de la megalomanía de unos pocos y la permisividad del resto. Y nosotros, espectadores, recibimos con interés una nueva aproximación al respecto. Andrei Konchalovsky tiene un recorrido artístico enorme. Inmerso en multitud de registros, el ruso ha sido capaz de lo mejor y lo peor, o, como diría Vargas Llosa, de la Alta y la Baja Cultura. De firmar guiones con el maestro Tarkovsky o de dirigir a dos iconos pop de la talla de Stallone y Kurt Russell en un puro ejercicio de entretenimiento. Esta actitud relativista nos permite apreciar sin rasgarnos las vestiduras un filme de la talla de Paradise (2016).

    Un uso muy acertado del formato 4:3 y el impecable blanco y negro aporta una dosis de contención formal. Esta decisión responde no solamente a un capricho estético. El planteamiento de forma y fondo está deliberadamente elegido por el director de fotografía Alexandr Simonov y los guionistas —Elena Kiseleva y el propio Konchalovsky— como desprecio por un tipo de representación, digamos, más bien canónica de la temática, donde la exhibición de la violencia gráfica destaca por encima de los demás elementos con intencionalidad discursiva. Konchalovsky ha tomado aquí un camino distinto al de, por ejemplo, László Nemes y su devastadora El hijo de Saúl (2015). Aquí se elide en gran medida la brutalidad más evidente, en favor de lo que podríamos llamar un estudio psicológico brillante. Paradise bascula entre tres personajes, cada uno de los cuales ofrece en escenas paralelas un acto de confesión, hablando pausada y directamente a la cuarta pared —cuestionando el rol del espectador como una presencia quizás no tan terrenal— y rompiendo además los límites espacio-temporales para presentar sus testimonios como un complemento extracorpóreo muy enriquecedor para el conjunto. La deconstrucción emocional a la que asistimos es la de tres dramas profundamente humanos, contradictorios, íntimos y heroicos. No hay rastro alguno de elementos narrativos añadidos bajo una intencionalidad forzada. La rutina del detective de las fuerzas del Orden Jules (Philippe Duquesne) no se tambalea en tiempos del colaboracionismo francés. Oculta su desprecio hacia el Reich en público, y vela por la integridad de su familia, a pesar de la creciente sospecha de su mujer sobre las consecuencias de un revés bélico inminente. De igual manera, las contradicciones golpean a Olga (brillante Yuliya Vysotskaya), quien ha antepuesto el sentido de la dignidad a la propia garantía de su integridad física. Sufrirá una progresiva deshumanización, la destrucción de su identidad en la etapa más cruenta y sanguinaria de la Segunda Guerra Mundial. Gestos absolutamente nimios en otro contexto, tales como lavarse el cuerpo con un poco de jabón o calzar unos míseros zapatos, resultan en este vértice angustioso un lujo imposible tan siquiera de acariciar.

    Paradise

    «Lo que convierte a Paradise en un estudio brillante de las motivaciones humanas es su franqueza. No pretende juzgar a los individuos. Ni siquiera nos delega a nosotros esa tarea. Realiza un estudio científico con tintes casi antropológicos de cómo se comporta una muestra de la población sin un marco ético alrededor».


    El estado mental de los personajes en el límite de su tolerancia ante la barbarie ofrece comportamientos erráticos, brotes psicóticos y el creciente acercamiento hacia un abismo insondable en el que la barrera de la moralidad sobre las cosas simplemente se torna innecesaria; desaparece de la ecuación. ¿Qué queda, entonces? ¿Queda el heroísmo del sacrificio? En cierta medida, sí. ¿Resta también la fe obtusa y la egolatría? Tal vez. Pero por encima de todo, incluso de los propios artificios y autoengaños, brilla la confrontación con el final de la utopía, la ausencia de dios como modelo de perfección. Entre la verborrea del oficial de las SS Helmut (Christian Clauss) se percibe un desencanto avasallador, una duda constante por encima inclusive de lo que este se atreve a confesar ante un juez imaginario, que somos precisamente nosotros, espectadores. Resulta ya imposible tapar el sol con un dedo, como dice el proverbio, y ante la llegada inminente de la Culpa, la mayoría de los militares del campo de exterminio —que podría ser Dachau, Sachsenhausen o cualquier otro— se arrojan a la destrucción de toda evidencia del fracaso, a la huida hacia adelante. Él, sin embargo, elige la opción más difícil: sentarse en su despacho y aguardar la inminencia, mientras las ventanas estallan en pedazos, evocando con cierta ternura en tiempo pretérito en el que su vida nobiliaria era sencilla, ligera y hedonista. Por encima de todo, lo que convierte a Paradise en un estudio brillante de las motivaciones humanas es su franqueza. No pretende juzgar a los individuos. Ni siquiera nos delega a nosotros esa tarea. Realiza un estudio científico con tintes casi antropológicos de cómo se comporta una muestra de la población sin un marco ético alrededor; de cuál es la deriva de la responsabilidad humana ante la barbarie más exacerbada. Conviene recordar, como bien afirmó Hannah Arendt —tesis que, por cierto, le valió el repudio de la mitad de la población judía—, que detrás de toda la maquinaria del Horror no se encontraban monstruos con categorías inconmensurables de maldad arcana. Detrás del escritorio desde el que se ejecutaron las más abyectas masacres se encuentra sentado, nada más y nada menos, que el Hombre. | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / 54º Festival de Gijón


    Ficha técnica
    Rusia, Alemania, 2016. Título original: Рай. Dirección: Andrei Konchalovsky. Guión: Andrei Konchalovsky, Elena Kiseleva. Fotografía: Alexandr Simonov. Música: Sergey Shustitskiy. Duración: 130 minutos. Productora: Production Center of Andrei Konchalovsky / DRIFE Productions. Montaje: Sergey Taraskin, Ekaterina Vesheva. Diseño de produccion: Irina Ochina. Diseño de vestuario: Dmitriy Andreev, Vladimir Nikiforov. Intérpretes:Yuliya Vysotskaya, Philippe Dusquesne, Viktor Sukhorukov, George Lenz, Jean Denis Römer, Peter Kurth, Ramona Kunze-Libnow, Christian Clauss, Irina Demidkina, Jakob Diehl, Caroline Piette, Vera Voronkova, Anastasiya Serova, Yaroslav Khimchenko, Anna-Mariya Danilenko Presentación Oficial: Venice International Film Festival, 2016. PÓSTER OFICIAL.

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