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    Crítica | La muerte de Luis XIV

    La muerte de Luis XIV

    El ocaso como mito

    crítica ★★★★★ de La muerte de Luis XIV (La Mort de Louis XIV, Albert Serra, Francia, 2016).

    Como si de un espejismo se tratase, en la transparencia de las letras de los títulos de crédito que abren la nueva película de Albert Serra se adivina un jardín de rosas rojas. El rey, con aspecto viejo y cansado, sentado en una primitiva silla de ruedas, disfruta de la brisa en los jardines de Versalles. No es hasta que indica a sus criados que le empujen para regresar a palacio cuando, poco a poco, aparece en pantalla el título: La muerte de Luis XIV. Y es que esta salida al exterior es, en sí misma, un espejismo. Es la única escena que sucede al aire libre. Una vez el rey ha dado la orden de volver, empieza el lento proceso de su muerte. Un proceso que Serra muestra como si de una gran representación se tratase. No en vano, la idea inicial del proyecto era realizar una performance en el Museo Pompidou de París durante dos semanas, filmando el deterioro a tiempo real. Por ello, quizás, toda la acción se concentra en las cuatro paredes de la habitación real. Ajenos a todo lo que ocurre en el palacio, con sus evidentes intrigas, luchas de poder y tribulaciones, Serra nos sumerge de lleno en el momento crucial, en el instante en el que cada gesto de Luis XIV desencadena un paso más hacia su inevitable final. El rey almuerza y todos los privilegiados que rodean la cama le observan. Aplauden cuando recupera el apetito. Los médicos discuten a su alrededor cuál es la mejor dieta a seguir. Alaban la calidad de las uvas que come mientras no pueden resistirse a probarlas y comprobar por sí mismos su dulzura. Es como el gran teatro del ocaso de la vida, como si todo el mundo se parase para observar como la luz va perdiendo intensidad.

    Y mientras, distante, con la mirada perdida, cada vez con menos fuerzas, el Rey Sol se apaga. En la representación de esa extraña reverencia y entrega de toda la corte hay también, de manera implícita, el dibujo de lo ridículo y lo grotesco, del exceso encapsulado en la imposible maraña de pelo del monarca, en el supuesto elixir curador de un charlatán o en el antojo de pollo frito. Lo cierto es que el cine del enfant terrible funciona siempre así, como de soslayo, mirando de reojo siempre a un tema recurrente en su filmografía: la reinterpretación occidua de los mitos. Ya sea El Quijote y Sancho Panza, los Reyes Magos o Casanova y Drácula, Serra sostiene la imagen y la historia para ensancharlas y dejar que, por los resquicios de un tempo pausado y sigiloso, se vayan colando, a cuentagotas, pequeños apuntes que conforman su expresión artística para dejar entrever siempre un mundo de tensiones: la medicina frente al ocultismo, la intimidad del suceso frente a la grandeza de la Historia, el poder fatuo que se resiste a desprenderse de su imperio. La imagen de Serra habita en ese pequeño limbo en el que una mirada se pierde en una alocución de tono tranquilo pero contenido exaltado, ese rostro pétreo que escucha sin prestar atención. Es una imagen en la que el tiempo se detiene para dejar que, en la armoniosa sencillez compositiva de sus planos, consiga trascender lo superficial y nos obligue a descifrar el subtexto, a encontrar un significado más allá de lo que podemos ver. Y lo que vemos es un rey que se muere mientras su corte le agasaja y se desvive por él. Pero lo que sentimos es la ridiculez del ser humano, la comedia bufa de la muerte de un mito que, más allá de igualarlo con el resto de los mortales, lo reduce a lo insignificante de su existencia.

    La muerte de Luis XIV

    «Una idea que huye del gran momento, del clímax y de la explosión y concentra sus esfuerzos en la construcción de una atmósfera fílmica que consiga trascender la forma y mirar al pasado como si se tratase de un ahora perpetuo».


    Como venimos apuntando, en La muerte de Luis XIV encontramos de forma inequívoca las marcas de estilo del director catalán: la insistencia en los planos largos, el tiempo narrativo, las conversaciones aparentemente inocuas e irrelevantes, su interés por el rostro inexpresivo del oyente… Sin haber cambiado en esencia su manera de ver y mostrar, se ha descrito a este su cuarto filme como el más accesible hasta la fecha. Puede que la palabra accesible no sea la más acertada, ya que su visionado, al igual que ocurría con sus anteriores trabajos, requiere de una entrega total por parte del espectador. Pero sí que es posible que en este encontremos una capa superficial mucho más decodificable que en los anteriores. Esto es, sin duda, por la propia naturaleza del hecho narrado: Luis el Grande se muere, y sabemos que se va a morir, hay un encadenamiento de sucesos indisolubles. Y, sin embargo, Serra se niega a que el dispositivo narrativo fagocite el significado. Hay que buscarlo, no obstante, como decíamos anteriormente, en ese artificio bufón, afectado y rimbombante que rodea al rey moribundo. Ahí es donde Serra consigue destruir al mito, hacerlo añicos y resquebrajarlo hasta limitarlo a ser una simple caricatura de sí mismo y del ser humano. En otras palabras, consigue someter al personaje a los designios de su representación, adentrarlo en su propio universo, como hizo con los personajes citados anteriormente. Aunque pueda parecer paradójico, Serra encuentra al mejor aliado para su empresa en un verdadero mito del cine. Jean-Pierre Léaud entiende a la perfección el papel de su interpretación. Sin caer en los grandes espasmos o afectaciones que invaden a cualquier actor ante un personaje bigger tan life de los que se suele decir que «marcan», el veterano actor francés se desliza bajo la piel del monarca francés para capturar la esencia del momento y del significado que Serra le quiere dar. Puede que al mismo tiempo estemos ante la muerte de una manera de entender la interpretación y el propio cine. Una idea que huye del gran impacto, del clímax y de la explosión y concentra sus esfuerzos en la construcción de una atmósfera fílmica que consiga trascender la forma y mirar al pasado como si se tratase de un ahora perpetuo; como si la imagen fuera una lenta e imparable mecha que parece llevar a ninguna parte pero que encapsula su inexorable viaje en ese imperceptible humo que desprende, en el que se evapora su razón de ser. | ★★★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Francia, Portugal, España. Titulo original: La Mort de Louis XIV. Dirección: Albert Serra. Guión: Albert Serra, Thierry Lounas. Productoras: Capricci Films, Rosa Filmes, Bobi Lux, Andergraun Films. Presentación oficial: Festival de Cannes. Proyección Especial. Fotografía: Jonathan Ricquebourg. Reparto: Jean-Pierre Léaud, Patrick d’Assumçao, Marc Susini, Vicenç Altaió. Duración: 115 minutos. PÓSTER OFICIAL de LA MORT DE LOUIS XIV.

    El fulgor efímero

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