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    Crítica | Clash (Eshtebak)

    Clash (Eshtebak)

    Enemigos irreconciliables

    crítica ★★ de Clash (Eshtebak, Mohamed Diab, Egipto, 2016).

    El Cairo, 2013, de la primavera árabe a la enésima represión militar en el país africano. Pretender que todas las sociedades son capaces de asimilar la democracia bajo el prisma occidental, implica un desconocimiento alarmante en quienes nos gobiernan de cómo se constituyen países, comunidades o grupos de diferente formación cultural a la nuestra. Descabezar regímenes tiránicos, para implantar democracias de corte progresista, no es una mala opción; decapitar esos regímenes sin saber qué va a suceder a continuación es una muestra más de la estulticia de nuestros dirigentes. Cuando estalló lo que dio en llamarse “Primavera árabe”, mucha gente preparada, conocedora del mundo islámico, advirtió de la enorme posibilidad de deriva integrista en todos aquellos países. Pasados los años, y no demasiados, oligarquías sangrientas pero de corte más o menos laico, han sido sustituidas por feroces dictaduras religiosas, o han provocado un incremento de la represión en los gobiernos que han subsistido, o directamente han provocado la desaparición de estados. Solo Túnez permanece bajo un débil equilibrio entre religión y democracia; y Egipto ha repetido el modelo argelino. Vendemos democracia, pero si los resultados de unas elecciones no gustan, la suprimimos y, de paso, represaliamos a los vencedores. En Egipto se da la paradoja de un dictador sin juzgar, Mubarak, y un presidente elegido democráticamente, Mursi, depuesto por las armas por traer aquello que Occidente no quiere ver cerca de sus fronteras, como es otro régimen teocrático en las orillas del Mediterráneo.

    Diab, director académico y poco atractivo con su anterior Cairo 678, plantea esa dicotomía entre dictadura laica o dictadura religiosa que se va generando tras ganar unas elecciones democráticas en su última película, Eshtebak. Para huir del clásico relato en el que la acción vaya saltando de un grupo de partidarios a otro, con el ejército y la policía en el medio, opta por encerrar a representantes que asumen el nivel de categoría, en un mismo espacio, en este caso el interior de un furgón policial al que van a parar sucesivamente, periodistas, partidarios del ejército y seguidores de los Hermanos Musulmanes. Una acertada metáfora de la sociedad egipcia más combatiente; un microcosmos por representación delegada, en el que aquellos que opten por soluciones más intermedias, los que crean en una sociedad democrática sin exclusiones, no forman parte del relato. Quizás porque en Egipto no sea tan fácil, o no exista la posibilidad de no significarse en un bando u otro, con excepción de los coptos, a los que más les vale mantenerse en el anonimato (una de las historias mejor contadas y de manera más sutil en la película, aunque la reincidencia para espectadores menos atentos rompe el encanto inicial). En ese espacio reducido (aunque la imagen, a conveniencia, parece que no es capaz de disimular que no siempre estamos en el mismo interior, que se achica y engrandece a voluntad), partidarios de cada uno de los regímenes totalitarios se ven obligados, durante horas, a convivir, fijando imaginarias fronteras infranqueables, bajo la mirada de dos periodistas sospechosos para todos los bandos en conflicto.

    Clash (Eshtebak)

    «Todos los tópicos previsibles y evitables disminuyen el valor de la propuesta inicial para terminar en la convencionalidad, con un final más cercano al videoclip que al horror que encierra una realidad tan frecuente y tan cotidiana en medio mundo».


    El arriesgado y eficiente punto de partida (tampoco novedoso, desde Náufragos hasta Lebanon, el uso de un espacio cerrado para colocar a los actores en una situación de conflicto psicológico, incrementado por la sensación de encierro, ha sido reiterado en el cine) pronto entra en un punto muerto que transforma la historia en un bucle incesante de idas y venidas en las que resulta complicado no terminar sintiendo hastío. Sus 97 minutos terminan resultando demasiados para lo que la evolución del filme ofrece. Este furgón, buque fantasma sin rumbo, ni piloto, ni propósito, varado en tierra de nadie porque, presuntamente, cárceles y comisarías están tan atestados que no pueden asumir nuevos detenidos, adolece de falta de ritmo e interés cuando todas las cartas quedan desplegadas y el relato se torna en previsible. Monotonía que Diab solo logra romper cuando introduce un elemento de violencia, casi siempre exógeno y transcurrido la mitad del metraje, una vez alcanzada cierta paz interior en el vehículo gracias a esa convivencia que ayuda a conocer un poco al contrario. No es una paz fruto de la conciencia de respeto al otro, sino una alianza interesada dado que el furgón puede ser asaltado tanto por partidarios del régimen militar como del religioso, y desembocar en la muerte de todos los ocupantes si son confundidos como un grupo homogéneo contrario al de los asaltantes. Ese encierro interminable para los detenidos, en una larga jornada al sol y una interminable noche, transfiere tedio al espectador. El complejo político que da lugar a la historia, desaparece bajo la enorme influencia de un macguffin que se apodera de todo el relato, la evasión a todo trance una vez que el furgón queda desamparado de la protección policial y los ocupantes de ese mundo a la deriva tratan, por todos los medios, de romper el cerrojo que les separa de una libertad aparente. Tampoco ese camino sin rumbo concreto, resuelto de mala manera por el director para dejar el furgón en manos de un partidario de uno de los dos bandos, aligera el peso de la reiteración y el lugar común: mujeres solidarias entre ellas, enfermera dispuesta a curar a un hermano musulmán, líder que promete tomar bajo su protección a los partidarios del ejército si son liberados por los simpatizantes de Mursi… Todos los tópicos previsibles y evitables que disminuyen el valor de la propuesta inicial para terminar en la convencionalidad, con un final más cercano al videoclip que al horror que encierra una realidad tan frecuente y tan cotidiana en medio mundo. De esta manera, los valores de Eshtebak quedan empequeñecidos por el costumbrismo; los arrebatos de violencia terminan justificando la actuación policial desmedida, policía a la que nunca vemos disparar a matar como sabemos que ocurrió en la realidad, quizás una concesión para que la cinta se pudiera rodar en Egipto con el necesario soporte de coproducción francés, uno de los pocos países dispuesto a apoyar cinematografías ajenas, más allá de su riesgo o rentabilidad, reconociendo que el cine puede tener muchos orígenes. | ★★ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / 61ª Seminci


    Ficha técnica
    Egipto, Francia. 2016. Título original: Eshtebak. Director: Mohamed Diab. Guion: Mohamed Diab, Khaled Diab. Música: Khaled Dagher. Fotografía: Ahmed Gabr. Producción: Hend Haider. Reparto: Nelly Karim, Hany Adel, El Sebaii Mohamed. Productoras: Sampek Productions, Acamedia Pictures, NiKo Film. Duración: 97 minutos. Presentación: Cannes 2016, sección Un certain regard. PÓSTER OFICIAL de CLASH.


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