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    Crítica | La correspondencia

    La corrispondenza

    La distancia entre las estrellas

    crítica de La correspondencia (La corrispondenza, Giuseppe Tornatore, Italia, 2016).

    Un famoso fragmento de la obra Salomé (1891) de Oscar Wilde asevera que «el misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte». Para Giuseppe Tornatore, guionista y director de La correspondencia, ambos elementos van de la mano o, si se prefiere, la vida, surgida de la nada y condenada a la nada, solamente se explica, se justifica, a través de la existencia del amor. Aunque el más palpable de todos ellos sea el que se profesan las personas –sobre todo, el de tipo romántico–, existe no obstante otra clase de amor, llámesele Dios, cosmos o naturaleza, que abriga a todo cuanto existe bajo un mismo manto de eternidad. No en vano, el protagonista masculino de la historia, Ed Phoerum (Jeremy Irons), le dirá a su joven amante, Amy Ryan (Olga Kurylenko), que todos los seres humanos nacen con el potencial para ser inmortales. En esta línea, el relato establece un atípico binomio entre la tragedia amorosa y la especulación pseudocientífica, por lo que no es casualidad que Ed sea un experto astrónomo y Amy, estudiante universitaria de dicha materia. El director siciliano recurre a la simbología del polvo estelar en tanto materia constitutiva de todo cuanto fue, es y será para llevar a cabo una indagación ontológica sobre la fuerza del amor, capaz de animar lo inanimado –un portátil, un trozo de papel, un CD…– y de persistir sobre la distancia y la muerte… como acontece, justamente, con el brillo de las estrellas.

    Más allá, empero, de este rebozado metafísico, La correspondencia encaja punto por punto en el patrón de drama romántico desgarrado, hasta el extremo de recordar a películas tan poco estimulantes como La casa del lago (2006) de Alejandro Agresti o Postdata: Te quiero (2007) de Richard LaGravenese. De hecho, los tres filmes narran tres historias de amor en las que el intercambio de mensajes entre los enamorados tiene una importancia crucial para el devenir de la historia. Es más: en La correspondencia también uno de los dos miembros de la relación se encuentra “ausente” y, asimismo, su intriga posee una leve pátina de predestinación que roza con lo fantástico. En este sentido, tal vez si el realizador italiano no se hubiera atenido a las reglas del realismo, limitándose únicamente a insinuar lo imposible, no a mostrarlo, la pieza habría obtenido mejores resultados; pero, al carecer de una plasmación visual en coherencia con las múltiples sugerencias sobre el sentido de la vida que atesora, todo cuanto hay de lírico, trascendental, mágico o irreal en su discurso se debe en exclusiva a la sorprendente partitura de Ennio Morricone y a la colorista fotografía de Fabio Zamarion. Tornatore, por su parte, filma con gusto y contención, pero también sin brío ni garra, con lo que apenas hay un par de momentos en los que las imágenes insinúan la mano de un autor bregado tras las cámaras –la destrucción del disco de datos, el peculiar trabajo de Amy, la llegada a la villa italiana de Ed…–. Por el contrario, la cinta abunda en escenas mal resueltas o pobres decisiones de dirección, tales como el esteticismo huero que rodea a algunos de los paisajes filmados, a guisa de postales kitsch de color muy saturado; el empleo de metáforas burdas –v. gr. el perro con el que no deja de encontrarse Amy–; el uso de diferentes aparatos para comunicarse, en un afán de modernidad demasiado impostado; o la caracterización tópica de los italianos que aparecen en la obra (ignoro si con el propósito de ser gracioso o felliniano o ambas cosas).

    La corrispondenza

    «La ambición temática de la obra no está a la altura de sus resultados y, por ello, se trata de un filme que solamente puede resultarle interesante a incondicionales del género o a admiradores de Tornatore, ya que hay en la propuesta un cierto elemento intimista y autoconfesional que, seguramente, responde a la personalísima visión que tiene su creador sobre uno de los grandes motores de la existencia humana».


    Sin embargo, el verdadero Talón de Aquiles de la propuesta reside en su endeble trabazón argumental. Y es que, si bien no se le puede negar lo original y hasta conmovedor de la idea central, Tornatore la lleva a tales extremos que termina por devenir sencillamente inverosímil. Conforme avanza el metraje, pues, resulta imposible no preguntarse por qué ninguno de los “compinches” de Ed se siente impelido a desvelarle sus planes a Amy, o cómo es posible que el servicio de mensajería funcione con tanta precisión, o qué es lo que motiva tan precipitado y tosco cambio de actitud de Victoria (Shauna Macdonald) hacia la protagonista (más allá, claro, de ser lo que le conviene al autor); por no mencionar que los actos de Ed impiden el proceso de duelo y, a la postre, tienen muy poco de románticos y mucho de egoístas, lo que se contradice con el constante recordatorio, en boca de varios personajes secundarios, de que «jamás ningún hombre ha amado tanto a una mujer». El patriarcado y la sumisión del sexo femenino a las necesidades masculinas asoman irremediablemente la nariz en semejante línea de pensamiento, a buen seguro –lo que es casi peor– que de forma totalmente inconsciente por parte del realizador.

    Según lo expuesto, por tanto, La correspondencia no dista mucho de cualquier otro drama romántico “made in Hollywood” destinado, básicamente, a arrancar las lágrimas de un público amplio y mayoritariamente femenino. Lo que, en realidad, tampoco es algo que debiera sorprendernos, sobre todo si se tiene en cuenta que Tornatore siempre ha pretendido, igual que la rutilante fábrica de sueños californiana, apelar a los sentimientos de sus espectadores, bien es verdad que con mejor gusto, y en general mejor acierto, que el 99% de los productos sentimentaloides que se producen en Los Ángeles. Pero, aunque la cinta que nos ocupa se encuentre llena de pequeños detalles de calidad –desde la reflexión que contiene sobre la falibilidad de lo aparencial mediante el juego metalingüístico con el séptimo arte hasta la elección de Jeremy Irons para el rol protagonista, todo un homenaje cinéfilo a su imagen de amante “maduro” acuñada en filmes como Herida (1992) o Lolita (1997)–, lo cierto es que La correspondencia está muy lejos de ser una de las mejores creaciones de su autor. Sin duda, y como reza la famosa aria de Bizet, dado que «el amor es un pájaro rebelde», resulta difícil saberlo “capturar” en toda su complejidad, a pesar de los denodados y múltiples esfuerzos que, a lo largo de la historia, han dedicado a ello artistas, pensadores y científicos de todas las disciplinas y naciones. La ambición temática de la obra, pues, no está a la altura de sus resultados y, por ello, se trata de un filme que solamente puede resultarle interesante a incondicionales del género o a admiradores de Tornatore, ya que hay en la propuesta un cierto elemento intimista y autoconfesional que, seguramente, responde a la personalísima visión que tiene su creador sobre uno de los grandes motores de la existencia humana. | ★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Italia, 2016. Título original: La corrispondenza. Director: Giuseppe Tornatore. Guion: Giuseppe Tornatore. Producción: Paco Cinematografica. Fotografía: Fabio Zamarion. Edición: Massimo Quaglia. Música: Ennio Morricone. Dirección artística: Maurizio di Clemente y Lucio Di Domenico. Intérpretes: Jeremy Irons, Olga Kurylenko, Shauna Macdonald, Darren Whitfield, Simon Meacock, Jerry Kwarteng, James Bloor, Rod Glenn, Stuart Adams, Anna Savva, Florian Schwienbacher, Colin MacDougall, Patricia Winker, Simon Johns, Jean-Luc Julien, James Warren. 116 min.

    Póster: La corrispondenza
    El fulgor efímero

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