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    Crítica | Night fare (La caza)

    Night fare

    «No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague»

    crítica de La caza (Night Fare, Julien Seri, Francia, 2015).

    Los amantes del thriller terrorífico menos convencional, ese que ofrece auténticas emociones fuertes, hemos encontrado en los últimos años una auténtica tabla de salvación en un puñado de formidables títulos que, llegados desde Francia, no dudaron en mostrar la violencia en toda su crudeza. Lejos de la autocensura de la mayoría de productos facturados en Estados Unidos, películas como Alta tensión (Alexandre Aja, 2003), Martyrs (Pascal Laugier, 2008) o el excelente remake de Maniac (Franck Khalfoun, 2012) dejaron para el recuerdo algunas imágenes perturbadoras que se instalaron, de forma instantánea, en la antología de los mejores momentos del género reciente. Julien Seri, realizador cuya experiencia anterior tras las cámaras se reduce a la previsible secuela El retorno de los Yamakasi, los hijos del viento (2004) y la anodina cinta de artes marciales Scorpion (2007), se aleja de la comercialidad de aquellas para suscribirse a esta corriente con Night Fare (2015), traducida en España con el recurrente y poco original título de La caza. A simple vista, el filme podría ser metido con facilidad en el saco de variantes de ese subgénero que, encabezado por El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971), nos alertó de los peligros de jugar con extraños al volante, pero, por fortuna, conforme avanzan los minutos, los guionistas son capaces de destapar unas atractivas cartas que lo hacen trascender del típico juego del gato y el ratón.

    La historia inicial gira en torno al reencuentro de dos antiguos amigos en una estación de autobuses de París, tras años separados a consecuencia de un desgraciado suceso del pasado que han intentado olvidar. El inglés Chris y el francés Luc –conflictivo y con desaconsejables ideas sobre la diversión–, guardan, además, estrechos lazos afectivos con la misma chica, Ludivine, antigua novia del primero y actual pareja del segundo. Lo que comienza como una noche de fiesta y celebración se va tornando en en una pesadilla desde el instante en que los dos chicos cometan el error de abandonar un taxi sin pagar la carrera, burlándose del taxista. A partir de ahí, este manifiesta un carácter psicopático que desemboca en una encarnizada persecución a los muchachos a través de las solitarias calles parisinas. Night Fare comienza de forma no demasiado original, es verdad. Los personajes principales, encarnados por unos correctos Jonathan Howard y Jonathan Demurger no caen precisamente simpáticos en unos personajes que caen en el macarrismo, algo que favorece que al espectador poco le importe el destino que corran a manos del asesino. Las imágenes que abren la película, con ese taxi en forma de poderoso Chrysler 300C con cristales tintados, recorriendo las solitarias calles de un París nocturno, en busca de futuras víctimas, son toda una declaración de intenciones de lo que Seri nos tiene deparadado. La matizada fotografía de Jacques Ballard, que saca el mayor provecho a las luces de neón, haciendo gala de un montaje propio del videoclip más elaborado (atención a esas tomas aéreas y los numerosos planos cenitales), y una música en la que predomina el uso de sintetizadores, obra de Alex Cortés, dejan bien claro que estamos ante un nuevo exponente que vendría a sumarse a trabajos como Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) o The Guest (Adam Wingard, 2014) en ese resurgimiento que la estética ochentera está viviendo con tanta fuerza en los últimos años.

    Night fare

    Sin ser un gran filme, siempre es de agradecer una cinta que arriesgue desde el fondo y desde las formas, manteniendo un espléndido ritmo a lo largo de unos concisos e intensos 80 minutos, capaces de quitar el aliento, y creando una atmósfera desasosegante digna de elogio.


    Night Fare explota, en su primera mitad, la carta del misterio acerca de la personalidad del villano o las motivaciones que le llevan a actuar de ese modo. Éste es presentado como un tipo fornido, con chaleco de cuero que deja entrever unos musculosos brazos tatuados y una gorra cuya visera ensombrece su rostro –look que bien podría estar sacado de los escabrosos cuartos oscuros que frecuentaba Al Pacino en A la caza (William Friedklin, 1980)–. La persecución de la que son víctimas los protagonistas durante la mayor parte de la historia por el extrarradio de la ciudad, sin ser demasiado original, está rodada con auténtico nervio, propiciando, de paso, la descripción de una fauna de noctámbulos personajes de lo más marginal, desde amorales policías de métodos poco ortodoxos, a camellos y matones de poca monta. Llama la atención que el taxista manifieste una clara inclinación a eliminar a esta clase de escoria de la sociedad, lo que le otorga más una figura de justiciero que de típico asesino de inocentes, a pesar de que sus formas de matar sean de lo más retorcidas. Esta afición por la casquería fina deja para el recuerdo alguna escena de alto voltaje capaz de hacer las delicias de los fanáticos del sombrío cine de William Lustig en general y de la mítica saga Maniac Cop en particular. De hecho, la secuencia de la sangrienta escabechina con la katana de Night Fare poco tiene que envidiar a la celebrada matanza en la comisaría de Maniac Cop 2 (1990), compartiendo los personajes del taxista y el policía asesino un aura sobrenatural que les hace parecer por encima del bien y del mal.

    Night Fare es un thriller de serie B que se enorgullece de serlo, tan sucio y violento (esos flashbacks en el túnel) como las mejores obras fascistoides de videoclub de los ochenta, impregnado de un espíritu de cómic bizarro que le sienta muy bien. Tiene, además, la osadía de realizar un requiebro final en la historia que hace que se desmarque del adocenamiento de esta familia de propuestas protagonizadas por acosadores desequilibrados, para entregar unas respuestas tan demenciales como inesperadas. La explicación de la mitología que rodea al antagonista, plasmada con una elegante animación al más puro estilo de lo que Tarantino hizo con su O-Ren-Ishi en Kill Bill: Volumen 1 (2003), ofrece unos minutos de deleite visual que anteceden a un desenlace que hace verdaderos equilibrismos entre la genialidad y lo absurdo. Sin ser un gran filme, siempre es de agradecer una cinta que arriesgue desde el fondo y desde las formas, manteniendo un espléndido ritmo a lo largo de unos concisos e intensos 80 minutos, capaces de quitar el aliento, y creando una atmósfera desasosegante digna de elogio. Sin duda, estamos ante ese tipo de película nacida con más vocación de futuro título de culto que como primer capítulo de una poco factible franquicia que tendría como lema ese lapidario refrán grabado en la parte trasera de uno de los asientos del taxi: "No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague". | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia. 2015. Título original: Night Fare. Director: Julien Seri. Guion: Cyril Ferment, Julien Seri, Pascal Sid, Tarubi. Productores: Raphaël Cohen, Julien Seri. Productora: Daigoro Films. Fotografía: Jacques Ballard. Música: Alex Cortés. Reparto: Jonathan Howard, Jonathan Demurger, Fanny Valette, Jess Liaudin, Zakariya Gouram.

    Póster: Night fare
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