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    Crítica | Romance en Tokio

    Romance en Tokio

    No todo el mundo puede ser japonés

    crítica de Romance en Tokio (Tokyo fiancée, Stefan Liberski, Bélgica, 2014).

    Amélie baila en un piso con ventanales abiertos al río Sumida, uno de esos lujos que un oficinista no se puede permitir ni casi soñar con él y que sólo se puede usirpar. Mientras, unos corazones infográficos la rodean y salen de su interior. Para más señas, Amélie lleva una camiseta blanca con un punto rojo en el centro, baila de contento pensando que su propósito de convertirse en japonesa de verdad va por buen camino. Pero una cosa son los propósitos y otra las realidades. Con esta referencia inicial parece que Amélie tiene algo de Amélie Poulain, pero no, esta Amélie es Amélie Nothomb, o un heterónimo de la misma con quien comparte el nombre. Amélie Nothomb es mucho más ácida y caústica que la coqueta y pop «Amélie Poulain», aunque parece que el director, en muchas ocasiones, ha estado tentado de recrear cierto paralelismo con el referente francés, modificando a su gusto, el relato original en el que se basa la película. La verdadera escritora nació en Kobe, Japón, hija de un matrimonio belga desplazado al país asiático por trabajo. La idealización del espacio, del país, de sus costumbres, llevó a la escritora a aprender japonés y a imbuirse de todo aquello que la sirviera para convertirse en una verdadera japonesa. Apenas alcanzada la mayoría de edad, la verdadera Amélie decidió irse a vivir a Japón, trabajar y estudiar allí, conseguir ser aceptada, en suma, como una japonesa más, aunque con rasgos occidentales, lanzarse a vivir en un mundo distante en todos los sentidos. Los propósitos son muy bonitos, lo que no imaginaba Amélie era el rechazo que iba a generar su presencia, las humillaciones constantes que padeció en el trabajo, su progresivo desánimo y su rendición final, apenas soportado todo esto por pequeños episodios de optimismo, justo los que la película trata de mostrar.

    Como en sus novelas, el cine también ha optado por respetar la decisión de la escritora de hacer dos películas. La precedente Estupor y temblores (obra del mismo título) refleja, precisamente, los enormes problemas y desprecios que sufrió como extranjera y como mujer, trabajando para una multinacional japonesa, mientras en Romance en Tokio (el título original de la novela es Ni de Eva ni de Adán) se centra en el lado amable de aquella temporada en el país asiático, en esa relación amorosa que tuvo durante su estancia en Tokio con un alumno, Rinri, que ha idealizado lo francés del mismo modo que Amélie lo ha hecho con lo japonés, y cuya obsesión absoluta, tras captar la atención de esa profesora particular, es conseguir casarse con ella. La cinta opta por la línea amable, el trazo claro, la presentación diáfana de las situaciones, generando una corriente de simpatía con la pareja protagonista. Pero más y con más empatía con Amélie, quien, superada por una cultura cerrada y anclada en multitud de tradiciones nada fáciles de entender para quien procede de fuera del país. Amélie va buscando la intimidad con Rinri para no tener que compartir espacio con personas desconocidas con las que las probabilidades de hacer el ridículo aumentan exponencialmente. Intentando interpretar los silencios del japonés, la belga termina convenciéndose de lo diferentes que son ambos, de la imposibilidad de asumir una vida por delante con ese tipo de relación, con esos suegros que te invitan a pensar en la yakuza cada vez que los ves. Como si Amélie, en vez de cerveza, consumiera psicotrópicos, sus sueños y situaciones imaginadas la llevan a un mundo de hieratismo, violencia y armas tradicionales japonesas. En su afán de transformarse no duda en verse como una más vestida con kimono o con yukata. Hacerse japonesa sin renunciar a su carácter europeo produce el choque y la distancia progresiva.

    Romance en Tokio

    «Liberski endulza la obra original para eliminar su mala leche y conservar la ironía; borrar lo onírico para recoger una especie de revelación en un lugar diferente del que la escritora recogió en su libro. Con ello consigue mantener una sonrisa casi permanente en el espectador, que anhela contemplar la siguiente metedura de pata de la extranjera, o su siguiente desesperación».


    Observar a un japonés vestido tradicionalmente mientras canta cuando pasa un tren produce extrañeza, cuando se sabe el porqué, todavía el extrañamiento es mayor, canta cuando pasan los trenes para no molestar. Es otra cultura muy diferente. Si los japoneses apagan sus teléfonos al subir a un transporte público para no incomodar a los demás, si hablan poniéndose la mano delante de la boca para que el sonido de la conversación no se proyecte y les perturbe, un europeo, y más si es del sur, se siente como un marciano en ese ambiente. La expresión «lost in translation» cobra pleno sentido siguiendo a Amélie, y en este caso no por efecto del jet lag o de la deprimente vida que te acompaña, sino por la imposibilidad de comprender lo que te rodea ni lo que la gente espera de ti. Amélie quiere ser japonesa pero sin dejar de ser belga (aunque a veces parezca parisina tal y como se viste conforme al cliché reconocible), se sorprende de muchas cosas como para poder terminar sintiéndose nipona, y llega un momento en que no sabe cómo seguir poniendo excusas a un hombre que no concibe ese amor sin matrimonio, teniendo que utilizar excusas culturales del tipo «antes de casarse existe el compromiso», para dar largas al pretendiente. En el fondo la protagonista tiene que usar las mismas armas de diferencia cultural para escaparse de la red que se ha ido tejiendo a su alrededor. Liberski endulza la obra original para eliminar su mala leche y conservar la ironía; borrar lo onírico para recoger una especie de revelación en un lugar diferente del que la escritora recogió en su libro. Con ello consigue mantener una sonrisa casi permanente en el espectador, que anhela contemplar la siguiente metedura de pata de la extranjera, o su siguiente desesperación. En el fondo, la soledad de la sociedad tokiota termina haciendo mella en la protagonista, las desgracias y los momentos culminantes de una vida han de terminar siendo aceptados o superados en solitario. Su experiencia al límite de la supervivencia precede a la catástrofe nuclear de Fukushima, en ese momento siente cómo es rechazada, desde el respeto absoluto, por se foránea y tratarse de una situación que hay que enfrentar sólo desde lo local. Ese avión de vuelta separa muchas cosas, más generales, que particulares de Amélie. Esas niñas que juegan siempre a la puerta de la casa donde vive la chica belga y que nunca saludan o hablan con ella, se despedirán efusivamente y con cariño cuando Amélie se va, como si el entorno te estuviera diciendo que ya has estado mucho tiempo donde no te corresponde. En el fondo, el abismo cultural es tan grande que uno sólo puede aspirar a disfrutar de esa sociedad como invitado, nunca como integrante. | ★★ ½ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / Valladolid


    Ficha técnica

    Bélgica, Francia, Canadá, 2014. Título original: Tokyo fiancée. Dirección: Stefan Liberski. Guion: Stefan Liberski (Basado en la novela Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb). Productores: Jacques-Henri Bronckart, Olivier Bronckart,Richard Lalonde, Sylvie Pialat. Productoras:Versus Production, Les Films du Worso, Forum Films. Presentación: Festival de Toronto 2014. Intérpretes: Pauline Étienne, Taichi Inoue, Julie LeBreton, Alice de Lencquesaing, Akimi Ota, Hiroki Kageyama. Fotografía: Hichame Alaouie. Música: Casimir Liberski. Duración: 100 minutos.

    Póster: Romance en Tokio
    El fulgor efímero

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