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    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
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    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

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    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    VOLT (Alan Heathcock, Dirty Works)

    Volt

    Naturaleza herida

    crítica de VOLT de Alan Heathcock / Editorial Dirty Works.

    Estados Unidos, 2016. Editorial original: Graywolf Press. Fecha de publicación original: 1 de mayo de 2011. Traducción: Javier Lucini. Formato: Tapa Blanda, 210 mm x 140 mm. Páginas: 280. ISBN: 978-1555975777. Precio: 21.50 euros.

    Por encima del rascacielos que corona la narrativa actual norteamericana se eleva un globo sonda teledirigido por un rostro pálido radicado en Idaho. Transporta aridez, sangre, piedad, una dimensión animal insospechada; fe (o ausencia de), violencia, claroscuros, un realismo voraz cuya naturaleza remite no sólo a los grandes cronistas de la llanura sino también a todos esos culos inquietos que, a la manera naíf de un redneck meciéndose junto a su rifle en el porche de la cabaña, ampliaron sin temor ni límites el imaginario de una geografía aún hoy inabarcable. La frontera, decimos, como posibilidad y sueño febril; tal cosa insinúan —si bien en diferentes grados— los nueve cuentos reunidos en VOLT, de Alan Heathcock. Un escritor injustamente desconocido aquí (y en gran parte del mundo, la verdad, no abusemos del golpe cainita) y una ópera prima suficientemente bien ponderada por el Chicago Tribune, Publishers Weekly y The New York Times. Ahí es nada. Con este promisorio bagaje aterrizan en idioma español unos cuentos que a su vez (des)entierran el repulsivo cliché de que el mejor de los cuentistas fue, es y será siempre peor que el más virtuoso de los novelistas, y que por ello el relato ha de resignarse a las migajas del género por excelencia: eterno primo de Zumosol, ya saben. También con este llamémoslo hándicap, connatural a la tradición angloamericana, debutó Heathcock allá por 2011. Pues de alguna manera el lector medio, vienen a decirnos ciertos gurús, es cada vez más reacio a consumir ficción de corta y media distancia, si bien dicha realidad mercadotécnica no ha devenido por el momento en ninguna teoría consistente; ni siquiera en forma de responso más o menos divulgativo y apetecible.

    Así, de un tiempo a esta parte, incluso la crítica más conservadora ha tenido a bien reivindicar la audacia de muchos autores que hicieron de esa «calderilla de la ficción», como dijo J. G. Ballard, un monumento al instante eternamente fugaz. Que nunca sucedió pero ya pasó. Quizá una manera como cualquier otra de administrar el, por así decirlo, éter de la historia durante el lapso de tiempo que comprende la inspiración, el disparo y la recarga al ralentí. Tal leitmotiv sacude a Chéjov, Poe, Sherwood Anderson, Ambrose Bierce, Flannery O’Connor, Shirley Jackson, Onetti, Carver, Cheever, Rick Moody, Lydia Davis y, por afinidad dramático-atmosférica con Heathcock, Denis Johnson y su Hijo de Jesús. Casi todos ellos americanos, sublimes zapadores en aquel motín de apenas unas pocas páginas. Y, sí, eternamente minusvalorados no ya por su condición de novelistas poco o nada pródigos (Moody y Johnson tienen algunas novelas espléndidas, ¡corran a leer La tormenta de hielo o Ángeles derrotados!) sino más bien a pesar de su estatus de fértiles cuentistas, aun interpretando ese bello esprint literario como caja o chistera donde se oculta una bomba de pulso. Que cuando finalmente detona, todos sufrimos y disfrutamos a voz en grito: adiós a la wifi, vuelta al fuego. Y al libro también. Poco a poco nos adentramos en un submundo, el de Heathcock, preñado de almas solitarias que padecen del nervio visceral porque alguien huyó y ya todos desaparecieron y difícilmente volverán a su frecuencia en aquel Krafton gris, asolado, con tintes del Cormac McCarthy de Suttree por la profundidad psicológica expuesta en «Humo» así como del Larry McMurtry de La última película por la voluble melancolía adolescente apresada en «Fort Apache», perdido de la mano de Dios. Quién si no el Maestro Suicida, acechando desde las alturas, jugaría a sabiendas de que tiene una mano perdedora. También Él despliega aquí su póquer cicatero, diabólico casi, pues igual «las cosas horribles son lo único que le queda a Dios para recordarnos que sigue vivo. Quizá la guerra sea la forma que tiene Dios de cobrar vida en el hombre». Nadie es realmente libre en esta ruleta rusa de hombres y mujeres que perdieron su convicción en el fondo de una tetera o un vaso de whisky tras volver de Irak.


    «Poco a poco nos adentramos en un submundo, el de Heathcock, preñado de almas solitarias que padecen del nervio visceral porque alguien huyó y ya todos desaparecieron y difícilmente volverán a su frecuencia en aquel Krafton gris, asolado, con tintes del Cormac McCarthy de Suttree por la profundidad psicológica expuesta en «Humo» así como del Larry McMurtry de La última película por la voluble melancolía adolescente apresada en «Fort Apache», perdido de la mano de Dios».



    Dice Vernon, el joven Vernon, el Vernon quinceañero que reaparecerá, con una ristra de cadáveres apilándose en su conciencia, algunos relatos después: «Estoy todo el rato acojonado. Mi seguridad es pura fachada. ¿Y si vuelve a estallar la guerra, Roy? En algún momento ocurrirá, ¿verdad? Es lo que dice todo el mundo. Y yo no quiero (...) matar a nadie. ¿Pero si me toca?». Sólo queda echar a correr, escupir bilis y adentrarse a oscuras en la más rabiosa irrealidad; volcán cuyo magma uno vadea con las herramientas que tiene a mano: un tablón mohoso, una vieja pick up, una tubería oxidada, un arco de fabricación casera, una flecha ya disparada, una flecha dibujando parábola descendente, una flecha sin rollos matemáticos ni religiosos, una flecha con las peores intenciones, o quizá incluso lo más cruel, una habitación vacía y un vacío en el pecho sin hijo que lo llene. Dicho rango salvaje confiere Heathcock a sus historias, manada de bisontes hiriendo la llanura, alguna vez virgen, bajo un cielo que se desangra gota a gota hasta convertir los campos en un barrizal sin asideros, donde las gentes de aquel territorio mítico esperan un tren de mercancías al que saltar en marcha. Ese «mercancías detenido» que da título al primer cuento, tal vez el más portentoso y conmovedor de un índice cuyas partes tienen todas ilación argumental y acaso dejan entrever una novela polifónica o futurible magnum opus al estilo País de sombras. Conque sí, hay escritor para rato. Y de los buenos. Y apadrinado, atención, por la excelsa Joy Williams. Recuerden su nombre: Alan Heathcock. Escribe en una caravana Roadrunner de 1967, «le gusta salir a correr escuchando lo último de Wilco» y bien sabe que la diferencia entre el amor y el odio —filosofía del reverendo Robert Cazador Mitchum— es apenas un clic indecible, una nota discordante en mitad de un solo apaciguador, un voltio en mitad de la nada. Sueños de trenes, en fin, alimentados con la materia de la desesperación y la luz.

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