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    Crítica | Madame Marguerite

    Madame Marguerite

    Cuando la imagen dice más que la palabra

    crítica de Madame Marguerite (Marguerite, Xavier Giannoli, 2015).

    El subjetivismo del arte es una cuestión bastante consensuada desde que el posmodernismo ha extendido sus componentes más relativos. Y aunque este movimiento surge propiamente en el último tercio del siglo XX, pueden encontrarse adelantos en su primera mitad, algo ya manifiesto en el periodo de entreguerras en el que el turbio y excitante contexto socioeconómico era propicio para la revalorización de las ideas y las normas. Entonces las nuevas formas artísticas se abrieron paso entre una censura cada vez más desautorizada, al tiempo que se daba nuevo significado y juicio a sus formas clásicas. Este parece por tanto un marco idóneo para que cobrara vida la historia de Florence Foster Jenkins, una acaudalada soprano norteamericana sin ningún talento musical, como confirmaban sus hirientes críticas, que empero atrajo a toda una legión de enfebrecidos seguidores. Hasta su muerte la cantante estuvo convencida de su lugar entre las grandes, y si alguna vez estuvo al tanto de que no todos pensaban así, desechaba su opinión como incomprensión de su genio. En este caso podría hablarse de un subjetivismo llevado al extremo de la hipocresía, pero también puede defenderse la posición de que, efectivamente, la supuesta artista tenía un don al que los oídos de su época estaban poco acostumbrados. Y es que ya sólo por su novedad y personalidad aquel resultaría valioso. Tendremos mejor ocasión de ver cómo se desarrolló esta trama y cómo la misma puede interpretarse en la inminente película de Stephen Frears, con nada menos Meryl Streep en el papel protagonista, que en las próximas semanas se estrenará en el Reino Unido. Pero otro filme se le ha adelantado con una narrativa muy similar, aunque reconduciendo su fuente de inspiración a la capital francesa y en concreto a los años 20, y cambiando el nombre de Florence por el de Marguerite.

    La misma sirve para designar la nueva cinta de Xavier Giannoli, aunque en España la poca sutileza habitual de los títulos traducidos ha obligado a añadir el distintivo de Madame Marguerite. Casada con un barón interesado en sus caudales y hospedada en una agradable casa de campo, la susodicha madame se dedica a recibir a invitados ilustres y organizar en este pequeño círculo de amistades conciertos privados, a los que se unen también otros profesionales. Ella en concreto se prepara durante el resto del día, escuchando ópera a un volumen más que considerable y forzando sus delicadas cuerdas vocales, y cuando le llega el turno de darles musicalidad ante su reducido y selecto auditorio, el mismo debe mantener la compostura ante un sinfín de desatinos y desafinados. De hecho su marido, el más acostumbrado a priori a esta peculiar dedicación sadomasoquista, se inventa excusas para no asistir a la misma, hasta que cada vez él y nosotros nos vamos dando más cuenta de que su presencia es precisamente la única que importa. En una más que probable desviación de la historia real, resulta que la tal Marguerite lleva trabajando toda su existencia, o al menos lo que viene durando su matrimonio, para que su adúltero esposo le preste atención, algo a lo que su muy personal entonación contribuye sin duda de forma rebuscada pero eficaz. Mientras la cuestión quede entre los dos, los demás espectadores son meras comparsas (o extras en la terminología que aquí nos importa) que aportan poco más que dinamismo y colorido al conjunto. Sin embargo, cuando la protagonista, alentada por su éxito ilusorio, se atreve a ir más allá con un recital público en sentido estricto, la situación se complica.

    Madame Marguerite

    «Aunque Madame Marguerite peque de ciertos defectos de fondo, referidos a su construcción global, sus virtudes afectan a sus elementos más visibles, y así su visionado es cuando menos satisfactorio».


    Con todo, si bien a estas alturas ha transcurrido menos de la mitad del metraje, ya parece tarde para intentar enriquecer el drama extendiéndolo más allá de la pareja titular, incorporando otros escenarios y dando relevancia a otros personajes. Por ejemplo, la supuesta relación amorosa entre un periodista y una cantante pretende adquirir entonces una supuesta trascendencia que, valga la redundancia, se da por supuesta en lugar de desarrollarse. Comparten un puñado de escenas juntos y nunca lo hacen en solitario, lo cual impide que nos preocupen lo más mínimo sus vicisitudes personales. En otras palabras, si el núcleo dramático es de un indudable conflicto interno, el de una mujer que lucha contra sí misma, Giannoli no acierta a darle el foco más apropiado, al desdibujarlo en una serie de subtramas sin que ninguna de ellas tenga la profundidad que debiera, algo manifiesto en un último acto que se eterniza para intentar atar todos los cabos sueltos. A ello también contribuye una progresión narrativa episódica por definición, pues se divide en un puñado de capítulos con sus correspondientes rótulos, aunque desigual por indefinición, un oportuno calificativo con el que insistimos en la anterior crítica y a la vez adelantamos la siguiente: el ritmo descompensado con el que transcurre esta historia, en la medida en que el fresco que pretende abarcar exige pasar de una secuencia a la siguiente con transiciones un tanto bruscas y desconcertantes. Eso sí, esta ligera confusión visual ayuda a que su humor burlesco y bufonesco funcione bastante bien con una tonalidad muy propia, al trastocar nuestras expectativas y sorprendernos con una serie de ocurrencias que al menos aseguran nuestra diversión.

    Igualmente como contrapartida a lo anterior, el cuadro de la sociedad que aquí se retrata es bastante acertado, llamativo y comprensivo. Se nota el cuidado que Giannoli y sus productores han querido imprimirle, al contar en los departamentos relacionados con su diseño con gente experimentada, que incluyen en su haber prestigiosos proyectos internacionales. Es el caso del diseñador de producción Martin Kurel (El señor de la guerra), el director artístico Pavel Tatar (Misión imposible: Protocolo fantasma) y la decoradora Véronique Melery (María Antonieta). Todos ellos elevan por encima de la media la recreación ambiental de una película de estas características, evitando que por sus rasgos inherentes pudiera quedar reducida a una pieza de cámara de excesiva y contraproducente teatralidad. Siguiendo con los aspectos más positivos, también es de destacar la interpretación de Catherine Frot, una actriz ya curtida en muchas batallas, en su mayoría cómicas, que logra combinar en este personaje tanta depresión como vitalidad, componiendo un rol verdaderamente tragicómico. Los demás actores también están entregados a sus respectivos papeles, permitiendo que sus interacciones parezcan sinceras, apoyadas por unos diálogos bien contextualizados y verosímiles, aún cuando aquellos amenacen con caer en la caricatura, por los problemas de equilibrio a los que nos referíamos en el párrafo anterior. En definitiva, aunque Madame Marguerite peque de ciertos defectos de fondo, referidos a su construcción global, sus virtudes afectan a sus elementos más visibles, y así su visionado es cuando menos satisfactorio. Sin olvidar el interés añadido que reviste por sus connotaciones sobre lo que puede llegar a acarrear la dedicación artística. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia, República Checa & Bélgica, 2015. Dirección: Xavier Giannoli. Guion: Xavier Giannoli & Marcia Romano. Productoras: Fidélité Films / Gabriel / France 3 Cinéma / Sirena Film / Scope Pictures / Jouror Productions / CN5 Productions. Fotografía: Glynn Speeckaert. Montaje: Cyril Nakache. Música: Ronan Maillard. Diseño de producción: Martin Kurel. Dirección artística: Pavel Tatar. Vestuario: Pierre-Jean Larroque. Reparto: Catherine Frot, André Marcon, Michel Fau, Christa Théret, Denis Mpunga, Sylvain Dieuaide. Duración: 129 minutos.

    Póster: Madame Marguerite
    Feelmakers

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