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    Crítica | Deadpool

    Deadpool

    La contradicción del antihéroe

    crítica de Deadpool (Deadpool, Tim Miller, EE.UU., 2016).

    En un momento en el que, pese a sus excelentes resultados comerciales, las películas de superhéroes surgidos del cada vez más expandido universo Marvel han comenzado, por saturación, a manifestar cierto desgaste creativo –especialmente evidente en las secuelas de Iron Man y Thor, la última (y vergonzosa) versión de los Cuatro fantásticos perpetrada por Josh Trank o, incluso, esa Vengadores: La era de Ultrón (2015) en la que Joss Whedon perdió buena parte de la chispa de la primera entrega en beneficio del espectáculo pirotécnico–, la llegada de un producto de las características de Deadpool merece ser celebrado como un necesario revulsivo que se salta a la torera las convenciones políticamente correctas del género. Se acabaron los héroes íntegros y de moralidad irreprochable. El enmascarado protagonista de Deadpool no está por la labor de salvar a la humanidad de supervillanos y tampoco busca el aplauso agradecido de los ciudadanos. Todo lo contrario: el exagente de las fuerzas especiales de EE.UU. Wade Wilson, reciclado en matón a sueldo de poca monta, preferiría pasar su tiempo libre practicando el Kamasutra junto a Vanessa, su novia prostituta. Lamentablemente, un cáncer terminal se interpuso en su placentera existencia y, como intento desesperado de encontrar curación, no vio otra salida que la de ofrecerse como conejillo de indias a un arriesgado experimento de un programa paramilitar denominado Arma X. Como resultado del mismo, Wade quedó completamente desfigurado, aunque adquirió un extraordinario poder de curación que le hace prácticamente inmortal, así como otras habilidades. En lugar de poner estas facultades al servicio de la lucha contra el mal, Deadpool (la nueva identidad antiheroica enfundada en un disfraz rojo y negro y armada con dos katanas) únicamente busca su propio interés, consistiendo éste en la búsqueda de los culpables de su monstruoso aspecto para obligarles a revertir los efectos del “factor curativo” y así recuperar su vida.

    El personaje de Deadpool nació originalmente como un villano en 1991, fruto de las mentes de Rob Liefeld y el escritor Fabian Nicieza, y, si bien nunca alcanzó la legión de fans que arrastran las aventuras de Capitán América, Hulk o X-Men, consiguió convertirse en un antihéroe especialmente querido por los aficionados a los cómics. Su maravillosa locura, su humor negro e irreverente y unas maneras poco ortodoxas para luchar contra sus enemigos hacen de Deadpool una creación que merecía una traslación a la gran pantalla a su altura (o bajura). Porque, lejos de los presupuestos multimillonarios que las grandes productoras suelen invertir en las aventuras de los superhéroes de Marvel, ya sean por separado o reunidos como Los Vengadores, y los fichajes de directores de la talla de Joss Whedon, Kenneth Branagh o Bryan Singer para manejar el timón, Deadpool se presenta como un proyecto modesto, cuyo presupuesto de 58 millones de dólares significaría tan solo una quinta parte de lo que pudo costar, por ejemplo, Vengadores: La era de Ultrón. La elección de Tim Miller, realizador novel con tres cortometrajes animados como única experiencia previa, es otra demostración del carácter kamikaze de una cinta que, además, ha sido concebida con la firme idea de no hacer concesiones respecto al lenguaje obsceno, la violencia explícita y el sexo –todo ello cortesía de un Deadpool divertidamente pansexual y onanista compulsivo– para esquivar la temida calificación R que limitaría su público a mayores de 17 años.

    Deadpool

    «Deadpool es un personaje que se caracteriza por romper constantemente la cuarta pared, dedicándole al espectador sus pensamientos y haciéndole cómplice de sus peripecias. Todo un acierto que se basta por sí solo para que le perdonemos a la cinta sus debilidades».


    Ryan Reynolds, después de su amarga experiencia como héroe (en este caso salido del Universo DC) en la fallida Green Lantern (Martin Campbell, 2011), obtiene con el rol de Deadpool un personaje a medida en el que combinar su imponente físico con unas aptitudes cómicas notables. Estamos ante el caso de un buen actor –que se lo digan a Rodrigo Cortés, que lo enterró vivo en Buried (2010)– que, a pesar de haber tocado todo tipo de géneros, no ha acabado de confirmar su status de estrella y, posiblemente, con este papel lo logre al fin. Reynolds está pletórico en las tres versiones del personaje: el guaperas y deslenguado mercenario Wade Wilson –antes visto fugazmente en X-Men orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009)– ; el torturado amasijo de carne en el que se convierte tras el experimento –al igual que al Liam Neeson de Darkman (Sam Raimi, 1990), su nueva apariencia le aleja del amor de su vida– y, sobre todo, el saltarín y perturbado Deadpool que encuentra tras su máscara su álter ego más divertido y, aunque suene contradictorio, expresivo. Él se convierte en amo y señor de la función, bien acompañado por una chica sexy y con mucho encanto (Morena Baccarin) con la que, además de derrochar química romántica, se entrega a todo tipo de acrobacias sexuales. Como elementos más discutibles, por el contrario, tenemos una historia que, para ser sinceros, no se aleja demasiado de las habituales historias de vengadores justicieros y, aunque juega a romper tópicos, acaba cayendo en la mayoría de ellos. Los villanos tampoco están a la altura del carisma de Deadpool –el poco expresivo Ed Skrein ya había intentado (sin éxito) recoger el listón de Jason Statham en Transporter Legacy (Camille Delamarre, 2015), y Gina Carano vuelve a ejercer ese papel de mujer musculosa y de armas tomar que se ha convertido en su marca de fábrica–, así como los dos miembros de los X-Men (no había presupuesto para más) que sirven de apoyo al protagonista, Colossus y Negasonic Teenage Warhead, carecen de fuerza y son absolutamente prescindibles.

    En el filme importa menos lo que se cuenta que el cómo se cuenta. En este sentido, los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick se han ocupado de que los ingeniosos diálogos, repletos de guiños cinéfilos, puyas a otros héroes (Hugh Jackman y su Lobezno están muy presentes) y muchos, muchos tacos, sean lanzados con la fuerza de una ametralladora por la boca de Reynolds contra un público entregado a la causa y que los recibe en medio de sonoras carcajadas. Deadpool es un personaje que se caracteriza por romper constantemente la cuarta pared, dedicándole al espectador sus pensamientos y haciéndole cómplice de sus peripecias. Todo un acierto que se basta por sí solo para que le perdonemos a la cinta sus debilidades. Es verdad que no hay demasiada acción y que los efectos especiales denotan la apretada inversión –incluso en la también Ant-Man (Peyton Reed, 2015), éstos resultaban más brillantes–, pero eso no quita que la secuencia del enfrentamiento en la autopista que abre la película sea modélica en ritmo y entretenimiento, utilizando los efectos de bullet time popularizados por los Wachowski en la trilogía de Matrix con fines cómicos. No se puede decir lo mismo, lamentablemente, del clímax final, un tanto apresurado y visualmente poco imaginativo. Y es que Deadpool ha entendido que lo realmente interesante del asunto no es el despliegue de fuegos de artificio sino su personaje principal. Él es un espectáculo en sí mismo y no necesita de otros superhéroes con los que hacer piña para brillar, aunque, curiosamente, los secundarios cómicos están mucho más conseguidos, desde ese mejor amigo que le dice las verdades a la cara sin ningún tipo de tacto, a la anciana invidente con la que Deadpool comparte piso (y que se convierte en la diana de los dardos más políticamente incorrectos del filme), pasando por un taxista indio que, a falta de batmóvil o nave de última generación, se convierte en chófer improvisado del héroe. La ecléctica banda sonora –con hits tan variopintos como el cursi Angel of the Morning de Juice Newton o el Careless Whisper de Wham! (algo así como la canción de los enamorados protagonistas)– también colabora de forma muy activa a la hora de enfatizar la ironía de las situaciones. Está claro que los antihéroes gamberros están de moda –ahí están también la exitosa Guardianes de la galaxia (James Gunn, 2014) y la inminente Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) para testimoniarlo– y el impresionante éxito en taquilla de Deadpool en su primer fin de semana (superando las expectativas más optimistas) hace prever que el vengador enmascarado más bocazas de las viñetas ha venido para quedarse. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Deadpool. Director: Tim Miller. Guion: Rhett Reese, Paul Wernick (Personajes: Rob Liefeld, Fabian Nicieza). Productores: Simon Kinberg, Ryan Reynolds, Lauren Shuler Donner. Productoras: Marvel Enterprises / Marvel Studios / 20th Century Fox. Presupuesto: 58.000.000 dólares. Fotografía: Ken Seng. Música: Junkie XL. Montaje: Julian Clarke. Dirección artística: Greg Berry, Nigel Evans. Vestuario: Angus Strathie. Reparto: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Gina Carano, Brianna Hildebrand, Stefan Kapicic, Karan Soni.

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