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    Crítica | Joy

    Joy

    El televisivo sueño americano

    crítica de Joy (David O. Russell, EE.UU., 2015).

    El del director y guionista David O. Russell con crítica y público viene siendo, en los últimos tiempos, un matrimonio bien avenido. Desde el drama pugilístico The Fighter (2010), cada estreno del neoyorquino levanta gran expectación y es saludado como una nueva apuesta de cara a los Oscars. Con la comedia sentimental El lado bueno de las cosas (2012) se apuntó un gran éxito en el que tuvieron mucho que ver Bradley Cooper, Robert De Niro y, sobre todo, una arrolladora Jennifer Lawrence que se hizo con la estatuilla dorada a la mejor actriz con tan sólo 22 años. La nueva rubia más codiciada de Hollywood casi repite la hazaña por segundo año consecutivo, esta vez como secundaria, en su siguiente colaboración con O’Russell, La gran estafa americana (2013), donde volvía a ser pareja de Cooper y De Niro se reservaba un pequeño papel secundario. En esta comedia llena de personajes mentirosos y sin escrúpulos, Lawrence fue pura dinamita capaz de borrar de escena a todo actor con el que compartiera plano, ya fuese el caracterizadísimo Christian Bale o la estupenda Amy Adams. La excelente ambientación del Nueva York de los setenta, el hábil montaje y unos diálogos punzantes e ingeniosos nos hicieron pensar que en O´Russell se hallaba un aventajado sucesor de Martin Scorsese. Unas expectativas que, por desgracia, se vienen abajo en el que es el tercer trabajo en conjunto de sus protagonistas con un director que parece haber aparcado la ambición artística que le caracterizaba hasta el momento por una desganada corrección. Ya desde su misma concepción, poco hay de interesante (y mucho menos, apasionante) en la historia que nos narra Joy (2015).

    Lo primero que llama la atención es que O’Russell se fijara para su siguiente proyecto en la historia real de Joy Mangano, una atribulada madre soltera republicana de Long Island que, dotada desde pequeña de una gran creatividad para los inventos, consiguió convertirse en una exitosa empresaria, patentando utensilios como The Miracle Mop —conocida como la fregona americana—, que encontraron gran recibimiento entre las amas de casa norteamericanas de la década de los noventa y convirtieron a Joy en multimillonaria y rostro reconocible de los espacios de teletienda. Vale que estamos ante uno de esos relatos que ensalzan el sueño americano, ese que habla de la consecución de las metas a través del sacrificio y la determinación, y que tanto suelen calar en la audiencia. Al igual que Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) le supuso a Julia Roberts la oportunidad de obtener un papel a medida con el que ganó su único Oscar, dando vida a un personaje similar que, de la nada y sin ningún tipo de preparación académica, consiguió trabajar en un despacho de abogados, Joy solo puede entenderse como un vehículo de lucimiento exclusivamente diseñado para que Lawrence vuelva a deslumbrar, superando incluso el hándicap de la edad, con ese indudable carisma que siempre la eleva por encima del guion más malo. Porque sí, en esta ocasión el libreto parece tener más del universo femenino algo disparatado de la co-guionista Annie Mumolo —La boda de mi mejor amiga (Paul Feig, 2011)— que de la visión corrosiva de O’Russell, aportando muchos elementos ficticios que no hacen más que desvirtuar la auténtica historia de Joy Mangano. Así, la cinta muestra los esfuerzos de su protagonista por sacar adelante a su desastrosa familia —compuesta por unos padres separados, un ex-marido con el que sigue manteniendo una extraordinaria relación que les permite seguir compartiendo techo, varios hijos, una hermana envidiosa de su talento y una abuela que en ningún momento pierde la fe en que su nieta termine siendo alguien importante en la vida—, y su camino, lleno de trabas (falta de oportunidades, robos de ideas, amenazas de desahucio), hasta alcanzar el éxito.

    Joy

    «Joy es el filme más impersonal y flojo hasta la fecha de David O'Russell, que tiene la suerte de tener a una protagonista (Jennifer Lawrence) con la comprobada capacidad para, con su simple presencia, salvar los muebles».


    En su búsqueda de tratar de no ser un biopic al uso, se le otorga al relato un enfoque un tanto irreal y artificioso, sobre todo en el primer acto, con una construcción de personajes extravagantes un tanto errónea. Diane Lane, Robert De Niro, Isabella Rossellini y, sobre todo, esa Virginia Madsen sobre la que recae el papel de esa madre confinada en una cama, totalmente enganchada a los culebrones televisivos, tienen que lidiar como pueden con unos roles desdibujados y, en la mayoría de los casos, antipáticos, con los que resulta prácticamente imposible identificarse. Por ello, resultan un apoyo insuficiente al esforzado trabajo de Lawrence, dueña y señora de una película en la que incluso Bradley Cooper es, en última instancia, un convidado de piedra con un papel mucho más secundario de lo previsto. Con todo, en las pocas escenas que la pareja comparten se puede adivinar algo de esa química que llevan demostrando a lo largo de cuatro películas —fueron lo único salvable del fallido drama romántico Serena (Susanne Bier, 2014)—, siendo en esa faceta laboral de la protagonista en donde Joy encuentra sus mayores aciertos, con un despiadado retrato del mundo de las teletiendas, en el que de los pocos segundos que un producto ocupa en pantalla, depende el éxito o el fracaso de la inversión de los ahorros de toda una vida de sus creadores. Del carisma y la capacidad de convicción de la persona elegida para anunciarlo depende que miles de televidentes se lancen a los teléfonos a comprar lo que se les ofrece, en un acto de consumismo compulsivo. Es una lástima que estos momentos ocupen tan poco metraje, ya que contribuyen a aportar leves fogonazos de mala baba dentro de un producto desapasionado y carente de emoción alguna, en el que ni siquiera destacan sobremanera detalles como la ambientación, la puesta en escena, el montaje o la banda sonora, tan habitualmente cuidados en el cine de su autor y que aquí carecen de esa brillantez por la que fue comparado con Scorsese. Por ello, hablar de Joy es hacerlo de su filme más impersonal y flojo hasta la fecha, que tiene la suerte (que, a este paso, no durará para siempre) de tener a una protagonista con la comprobada capacidad para, con su simple presencia, salvar los muebles y, al igual que esa Joy Mangano que interpreta, vender al gran público cualquier empresa que se proponga, por muy descabellada que sea. | ★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Joy. Director: David O. Russell. Guion: David O. Russell, Annie Mumolo. Productoras: 20th Century Fox / Annapurna Pictures / Davis Entertainment. Premios: Globos de Oro (nominada a mejor película y actriz de comedia); Critics Choice Awards (nominada a mejor comedia, actriz y actriz de comedia). Productores: John Davis, Megan Ellison, Jonathan Gordon, Ken Mok, David O. Russell. Fotografía: Linus Sandgren. Música: David Campbell, West Dylan Thordson. Montaje: Alan Baumgarten, Jay Cassidy, Tom Cross, Christopher Tellefsen. Dirección artística: Peter Rogness. Vestuario: Michael Wilkinson. Reparto: Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Bradley Cooper, Édgar Ramírez, Isabella Rossellini, Diane Ladd, Virginia Madsen, Dascha Polanco, Elisabeth Röhm.

    Póster: Joy
    Feelmakers

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