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    Crítica | El gran museo

    El gran museo

    Un paseo Imperial

    crítica de El gran museo (Das große Museum, Johannes Holzhausen, Austria, 2014).

    Holzhausen es un asentado documentalista austríaco cuya filmografía gira alrededor de la Historia y el Arte, y cuyas cintas precedentes son de práctica imposibilidad de localizar y, por supuesto, inéditas en España. Con el habitual retraso llega ahora este documental sobre el Kunsthistorisches Museum de Viena y su proceso de rehabilitación previo a la gran reinauguración el 1 de marzo de 2013 con la ampliación del espacio para las colecciones mediante la renovación del edificio conocido como el Gabinete de las Artes. El citado retraso no modifica la importancia de la película y su interés, ya que estamos hablando de temas atemporales, permanentes, del necesario cuidado de un legado propio y adquirido que recoge la evolución, no sólo artística, sino cultural, social y económica de nuestro mundo; porque el Kunsthistorisches es uno de esos museos capitales, uno de tantos, en los que la inspiración de recoger grandes colecciones procedentes de todos los países, culturas y épocas almacenó en sus fondos obras legítimamente conseguidas y otras no tanto. 

    El gran museo puede contar con un hándicap para el espectador: la reciente exhibición de otras dos películas sobresalientes sobre el tema museístico, una incluso ambientada en el mismo enclave de este documental, como son Museum hours de Jem Cohen y la excelsa National Gallery de Frederick Wiseman, ese fresco monumental que cubre todas las actividades de un museo como el del título y que, en casi tres horas, repasa y presenta la realidad de este, tanto la visible, como la oculta detrás de puertas y muros. Pero Holzhausen nos muestra otro prisma muy diferente. Compartiendo puntos de contacto evidentes con la obra de Wiseman, su desarrollo se va separando porque pretende una cosa muy distinta a la del documentalista norteamericano: si Wiseman aborda la disección exhaustiva y minuciosa, Holzhausen rehúye el lado visible del museo y se centra en el aspecto organizativo, restaurador, escénico y ornamental enfocado a un momento determinado, la reinauguración como un centro renovado y ampliado. Nada que ver, `pues, con el tratamiento de Cohen, para el que el museo es un espacio propicio para el encuentro y la intimidad, para conocerse a través del diálogo con las obras de arte, ni con la visión global de Wiseman.

    Holzhausen se enfrenta entonces al reto de hacer más atractiva una propuesta que abarca menos y de menor ambición. No aspira un retrato absoluto, más bien a esbozar el trabajo hacia una meta temporal en la que, inevitablemente, el día a día ha de estar presente. El documental huye del turista y del visitante; no vemos la interacción del público con la obra de arte, ni la obra como tal, sino como elemento de colección, cuidado y restauración. Se centra en los trabajadores, en los técnicos, en los directivos, y cuanto más cerca está el momento, en la invisible, pero notoria presencia del político dispuesto a lucir medallas y exhibirse con el trabajo de otros. A los recortes presupuestarios hay que combatirlos con ingenio, pero siempre restringiendo gastos, obligados a aplicar conceptos de rentabilidad que están reñidos con la cultura, que es rentable por sí misma y no por su difusión o su taquillaje. La obsesión por recaudar más u obtener beneficios no parece desenfocar la perspectiva del equipo directivo del museo intentando ofrecer más y en mejor estado que sus competidores. Acudir a subastas para completar colecciones con elementos que saben que les faltan pero a los que no pueden acceder por la aparición de competidores privados que disponen de más fondos que una institución pública refleja, con una sola escena, la frustración de ver cómo la pieza codiciada se pierde una vez más por falta de dinero.

    Holzhausen mezcla con buen tono dos procesos de restauración, el del propio edificio del Gabinete, que tras la reforma va a pasar a llamarse Gabinete Imperial porque los estudios de mercadotecnia han detectado que todo lo que en Viena suena a Imperial obtiene un mayor número de visitas; y el de las propias obras de arte que decorarán el nuevo espacio, composiciones para cuya selección se han tenido que sacrificar cientos de creaciones que quedarán en los inmensos sótanos y almacenes del museo a la espera de un tiempo mejor. Holzhausen, en sus últimos cuatro minutos, sabe centrar la mirada en lo realmente importante, una vez que los políticos e invitados acaban con los canapés y bebidas, ignorantes de lo que tienen sobre sus cabezas, el director nos pasea por tres espacios del museo previa apertura del objetivo hacia una cúpula imponente. Contemplamos sus maravillas como nunca antes en la película: el almacén de escultura clásica con las obras descartadas; una galería pictórica de tamaño idéntico, y por centenares; miradas congeladas que nos escrutan desde el pasado, para centrarse, finalmente, en una de las atracciones clave del museo: La torre de Babel de Brueghel el viejo. Un largo plano ascendente y de detalle sobre el cuadro que, sorpresivamente, desaparece porque el cuadro es transportado a otra sala, como queriéndonos espetar que no debemos olvidar nunca que en un museo lo importante no es el espacio donde se exhibe la colección, sino su contenido. Esa pared minutos antes contenía una auténtica maravilla de la Historia del Arte; desaparecido el cuadro pasa a ser un anodino muro de color gris, despojado de toda importancia. Justo en ese instante, el director nos recuerda dónde está el verdadero valor del ciclópeo edificio. | ★★★ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / Valladolid


    Ficha técnica
    Austria, 2014, Das große Museum. Director: Johannes Holzhausen. Guión: Johannes Holzhausen, Constantin Wulff. Fotografía: Attila Boa, Joerg Burger. Productora: Navigator Film / ORF Film/Fernseh-Abkommen. Presentación oficial: Berlinale 2013. Premios: Nominada como mejor documental a los premios del cine austríaco. Duración: 94 min.

    El fulgor efímero

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