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    Crítica | Techo y comida

    Techo y comida

    La voz del olvidado

    crítica de Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, España, 2015).

    Casi cinco millones y medio de ciudadanos desempleados, de los cuales más de la mitad no cobran ningún tipo de subsidio y se encuentran en serio riesgo de pobreza. Estos son los alarmantes últimos datos que reflejan la situación del paro en España, un tema que, más cerca o más lejos, nos toca a todos. El cine español de este 2015 parece mostrarse especialmente concienciado a la hora de plasmar en pantalla el drama de estas personas, dándoles voz en su función de reflejo certero de la realidad social de nuestros días. Si hace unos meses, el actor Daniel Guzmán nos sorprendía muy favorablemente con A cambio de nada, su ópera prima como director, ahora le llega el turno al gaditano Juan Miguel del Castillo presentarnos su debut en el largometraje con Techo y comida, una modesta producción que llega a las carteleras avalada por su triunfal paso por el último Festival de Málaga, donde fue distinguida con el Premio del público y el Premio ASECAN Ópera Prima, mientras que su protagonista femenina, Natalia de Molina, fue coronada como la mejor actriz del certamen. Una estupenda carta de presentación, sin duda, para una película que representa la otra cara de la moneda de nuestra industria, diametralmente opuesta al entretenimiento comercial y liviano de esos Ocho apellidos catalanes (Emilio Martínez Lázaro, 2015) que, tocando temas políticos desde una óptica tan superficial, tiene un desproporcionado tirón popular entre el gran público.

    Techo y comida son dos necesidades básicas que cualquier ciudadano debería tener cubiertas para poder llevar una vida digna pero, por desgracia, las continuas noticias de nuevos desahucios dejan constancia de que la realidad es muy diferente. Una realidad que conoce muy bien Rocío, el personaje central del filme, una joven madre soltera que, ante la falta de oportunidades laborales y de familiares que puedan tenderle una mano, se enfrenta, día tras día, a un futuro cada vez más incierto. Los meses sin pagar el alquiler se acumulan y el único rayo de luz en el horizonte se presenta en forma de eternas promesas de ayudas institucionales que nunca llegan o de trabajos para los que “ya la llamarán”. Mientras tanto, repartir propaganda mal pagada por las calles de Jerez de la Frontera o rescatar objetos de las basuras para venderlos en el top manta son su única (e insuficiente) fuente de ingresos, llegando al extremo de sufrir en sus propias carnes y, lo que es más dramático, en las de su hijo de ocho años, los achaques de una mala alimentación. Y es algo tan común como una hamburguesa con patatas fritas se ha llegado a convertir para Rocío en un lujo difícil de llevar a su mesa. Techo y comida ofrece una realista y detallada crónica del vía crucis de esta mujer perseguida por la negra sombra del desahucio. El guion no hace ningún tipo de concesión a la esperanza. Aquí no hay lugar para un príncipe azul que rescate a nuestra heroína del umbral de la pobreza, o golpes de suerte que alivien su dolor. Tan solo el personaje de la vecina caritativa encarnada por la luminosa Mariana Cordero, supone un leve paño caliente en algunos momentos, pero, por lo general, el panorama es tremendamente desolador, a la vez que muy reconocible.

    Techo y comida

    «El director, gracias a la extraordinaria química que nace entre sus dos protagonistas, no solo logra que la relación de madre e hijo sea de lo más auténtica, sino que consigue que sus escenas en común emocionen sin necesidad de forzar la maquinaria de la lágrima fácil ni el uso de una música melodramática que subraye el drama».


    Natalia de Molina, aquel bello rostro de refrescante naturalidad que mereció el Goya a la mejor actriz revelación de 2013 por Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba, da un paso de gigante en su carrera dando vida a Rocío, un primer gran papel dramático que la jienense sabe exprimir al máximo para dejar de ser una feliz promesa y consolidarse como una intérprete de primer orden. Tanto en su faceta más vulnerable (esas noches en las que la ansiedad provocada por las deudas no la dejan dormir) como en la más luchadora, de Molina está a la altura. Una interpretación a corazón abierto y que desprende autenticidad en cada mirada vidriosa, cada línea de guion que recita y en ese temblor que se apodera de su frágil cuerpo ante una entrevista de trabajo o la incertidumbre sobre si quien toca a su puerta traerá más problemas a su ya atribulada existencia. El pequeño Jaime López la acompaña con gran acierto, encarnando a ese hijo que, además de su precaria situación económica, tiene que soportar el estigma de ser un niño sin padre, víctima de los crueles compañeros de colegio que le prodigan insultos como “bastardo”. El director, gracias a la extraordinaria química que nace entre sus dos protagonistas, no solo logra que la relación de madre e hijo sea de lo más auténtica, sino que consigue que sus escenas en común emocionen sin necesidad de forzar la maquinaria de la lágrima fácil ni el uso de una música melodramática que subraye el drama. Únicamente lo hace limitándose a mostrar, en toda su crudeza, una desesperante realidad anclada dentro de un paisaje tan cercano en su cotidianidad como lo es esa vendedora de lotería cotilla y alcahueta que con tanta gracia construye Montse Torrent. Techo y comida es una obra triste y desesperanzada, que no da tregua ni a su protagonista, a la que avasalla con constantes tribulaciones y penurias, ni al espectador, que asiste impotente y noqueado al descenso a los infiernos de Rocío. Es una cinta fruto de los tiempos que corren, que no tiene ninguna compasión con los papeles que desempeñan abogados, bancos e instituciones en la historia, presentándoles como personas que, a fuerza de vivir con estos asuntos cada día, terminan exentos de cualquier atisbo de compasión hacia los padecimientos de esta madre que, inevitablemente, acabará sin un techo bajo el que vivir con su hijo. Sin aspavientos ni florituras en su (bastante austera) realización, pero cargado de mensaje y honestidad, Juan Miguel del Castillo ha filmado la que es una de las películas españolas más sinceras y necesarias del año, tan incómoda y dolorosa como un puñetazo en el estómago. | ★★★★ |


    José Antonio Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    España. 2015. Título original: Techo y comida. Director: Juan Miguel del Castillo. Guión: Juan Miguel del Castillo. Productores: Germán García, Alfred Santapau. Productora: Diversa Audiovisual. Fotografía: Manuel Montero, Rodrigo Rezende. Música: Miguel Carabante, Daniel Quiñones. Montaje: Juan Miguel del Castillo. Dirección artística: Paco Cárdenas, Amanda Román. Reparto: Natalia de Molina, Mariana Cordero, Jaime López, Mercedes Hoyos, Gaspar Campuzano, Natalia Roig, Montse Torrent.

    Póster: Techo y comida
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