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    Crítica | Black Mass. Estrictamente criminal

    Black Mass

    Crimen y castigo

    crítica de Black Mass. Estrictamente criminal (Black Mass, Scott Cooper, 2015).

    Jimmy “Whitey” Bulger probablemente sea uno de los delincuentes más populares de Estados Unidos. Nacido en 1929 de ascendencia irlandesa, llegó a alzarse al frente del llamado Winter Hill Gang en Boston, consolidándose en los años 70 y 80 en torno al tráfico de drogas, al apoyo al IRA y a otras actividades clandestinas. Y lo hizo en gran parte gracias al beneplácito del FBI, a cambio de información que permitiese la detención de la cúpula de la mafia italiana, rival en los negocios de Bulger. Éste se convirtió así en un confidente de las fuerzas del orden, en particular debitado por la intermediación y protección del agente John Connolly. Pero esta alianza no podía sino resquebrajarse ante el ansia de poder del tal “Whitey” y lo irregular de la operación acordada, de manera que en los años 90 la prensa se hizo eco de dicha colaboración y la justicia dejó de ignorar los crímenes de Bulger. Tras el arresto de sus asociados, él pudo huir y convertirse en fugitivo y hombre más buscado del FBI, hasta ser finalmente detenido en 2011, con 81 años ya cumplidos. Casi podría hablarse entonces de un raro caso de crimen sin castigo, por su retraso y su insuficiencia ante la oleada de asesinatos y extorsiones que marcaron la carrera de este personaje, con la complicidad de una sociedad corrupta que en la capital de Massachusetts adquiere en esta historia connotaciones nacionalistas que parecen legitimar incluso más la empresa de Bulger. Sin embargo, su castigo sí estaría presente a lo largo de su vida, típico exponente por lo demás del esquema del ascenso y la caída, y no resultaría tan distinto de la confinación entre rejas. Y es que no sería otro que el de su soledad. Desconfiado de sus amigos y temido por ellos, sin familia cercana fuera de un hermano senador y por tanto visiblemente ajeno a sus fechorías, el protagonista de esta historia no alcanzaría apenas ninguna realización personal entre sus prójimos.

    Con este aliento trágico o al menos retraído es como lo interpreta Johnny Depp en la adaptación que de este drama ha dirigido Scott Cooper tras las interesantes Out of the Furnace (2013) y Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009). Sus dos anteriores películas muestran que este joven cineasta sabe extraer interpretaciones impactantes de actores con experiencia, y permite que Depp recupere buena parte del crédito que había perdido estos últimos años. De hecho, puede que este año combine una nominación al Óscar por su papel aquí, y otra al Razzie por el de Mortdecai (David Koepp, 2015). El otro nombre propio e incluso coprotagonista de este relato, John Connolly, corre a cargo de Joel Edgerton, que está a la altura de Depp con una interpretación igual de intensa y trabajada. Además, el reparto cuenta con otras caras conocidas como la de Benedict Cumberbatch dando vida al hermano de Bulger, o la de Kevin Bacon al frente del FBI. En cualquier caso, empezar esta reseña refiriéndonos a los personajes y sus intérpretes no es casual, pues conviene adelantar que el enfoque de Cooper pretende ser más intimista de lo que acostumbra el cine de este género. No es una coincidencia que la película arranque con un prolongado primerísimo primer plano de uno de los secuaces del capo de Boston, al que ahora acusa tras conocerse sus implicaciones con la policía. A partir de ahí, el metraje va alternando ese espacio presente, en que varios antiguos conocidos testimonian ante un servidor del departamento de justicia sobre su relación con Bulger; y dicha relación, a la que asistimos en tres bloques de flashbacks en las citadas décadas de los 70 y 80. Pero salvo unas breves panorámicas de localización de la ciudad y el contexto, el tiempo apenas parece transcurrir en los decorados cerrados en que se sitúa la narración, rodados con una puesta en escena elegante, incluso refinada, que contrasta con la suciedad y turbiedad de los personajes que la pueblan, como también lo haría la memorable y casi épica música de Junkie XL.

    Black Mass

    «Estamos ante un producto con fuertes cualidades, que debería satisfacer a todo entusiasta del género, pero que no consigue escapar de cierta contradicción entre su planificación técnica y las exigencias de su historia».


    De hecho, durante los años que transcurren en pantalla estos individuos no parecen envejecer, inmunes a los cambios de su época. Pero, y con ello entramos ya en un elemento negativo, sus motivaciones y conflictos tampoco evolucionan demasiado. Black Mass apuesta como hemos dicho por una escala más reducida o al menos compacta de la habitual, lo cual debería permitirle a sus guionistas y director profundizar en sus componentes. Pero no se acierta a lograr un equilibrio entre una narrativa que recorre varias periodos y sucesos, con su inevitable estructura episódica; y la historia de unos pocos personajes ligados por vínculos estables de sangre y lealtad. En este sentido, por ejemplo, en varias ocasiones se nos informa de que Bulger y Connolly crecieron juntos desde jóvenes, en el mismo barrio, y por ello se ayudan mutuamente desde los dos lados de la legalidad. Pero son datos esporádicos que, si bien justifican inicialmente su peculiar relación, no aportan casi nada en cuanto a su caracterización ni están suficientemente explotados. Connolly hace contadas referencias a su pasado junto a Bulger, pero ello no sirve para dotar a su trato de un vínculo que vaya más allá de lo profesional. O de lo estrictamente criminal, como reza el subtítulo de la cinta en español. Echamos así en falta algo que nos permita conocer mejor sus cavilaciones y dejarnos absorber en mayor medida por ellas. Por poner otro ejemplo, también es significativo que las mujeres respectivas de los dos protagonistas desparezcan de repente en cuanto se adivina una crisis: en vez de ahondar en el drama introspectivo del matrimonio, resulta que las esposas se instrumentalizan en aras a una visión más general que, por el enfoque ceñido de la película, no se vislumbra con claridad. Es más, Cooper quiere alcanzar una atmósfera distintiva, como hemos dicho, y desarrollarla a lo largo de escenas medidas en que los planos respiran adecuadamente, como muestra la duración de éstos y sus contraplanos durante las conversaciones o acciones de los personajes. Pero esta notable intención artística tiene el efecto adverso de impedir que la narrativa progrese con satisfacción, al detenerse más bien en una sucesión de secuencias a veces inconexas cuyo resultado global sólo se nos aparece tarde y parcialmente. En definitiva, estamos ante un producto con fuertes cualidades, que debería satisfacer a todo entusiasta del género, pero que no consigue escapar de cierta contradicción entre su planificación técnica y las exigencias de su historia. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2015. Título original: Black Mass. Presentación: Festival de Venecia 2015. Dirección: Scott Cooper. Guion: Mark Mallouk & Jez Butterworth (basado en el libro de Dick Lehr & Gerard O’Neill). Productoras: Cross Creek Pictures / Le Grisbi Productions / Infinitum Nihil / Free State Pictures. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Junkie XL. Montaje: David Rosenbloom. Intérpretes: Johnny Depp, Joel Edgerton, Benedict Cumberbatch, Dakota Johnson, Kevin Bacon.

    Póster: Black Mass
    Tierra de Dios

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