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    Crítica | La juventud (Youth)

    La giovinezza

    Nessun dorma

    crítica a La juventud (La giovinezza / Youth, Paolo Sorrentino, 2015).

    Trepa, calculador, aprovechado, arribista, advenedizo, oportunista, pelota, lameculos… el hombre moderno dispone de un sinfín de sinónimos con los que etiquetar a una persona que, bajo su punto de vista, disfruta de un éxito inmerecido. No hay duda de que efectivamente existen cierto tipo de individuos cuya personalidad se adapta cual guante a la definición de todos esos adjetivos, sin embargo, hemos llegado a tal punto en la competitiva sociedad actual, que tendemos a una generalización y presunción de hipocresía hacia todo aquel que ha alcanzado unos determinados logros en la vida. Los métodos para llegar al éxito serán objeto de nuestra recelosa suspicacia dada la propia naturaleza envidiosa inherente que nos caracteriza, llevándonos a menospreciar el fin y los medios del prójimo con el único objetivo de justificar nuestra propia mediocridad y el duro hecho de que, probablemente, él es simplemente más apto que nosotros para una determinada tarea. Al final, todo se reduce al miedo y a la inseguridad. Los mayores complejos del hombre vienen de su enorme ego y se traducen en una sensación de inferioridad que lo lleva a cometer las acciones más irracionales. Si existe un término que defina perfectamente todo ese temor, es precisamente el que da título a la película que hoy nos ocupa: La juventud. La palabra juventud no comienza a tener sentido hasta que se ha finalizado la etapa a la que hace referencia. Los jóvenes no tienen consciencia de su lozanía al no conocer empíricamente otro estado de madurez con el que compararla. Es por ello por lo que son los adultos los que buscan aferrarse a un objeto, ideología o moda que les devuelva esa sensación —adulterada—, mientras tratan de evitar ser desplazados por otros que cuentan con más tiempo y energía. Paolo Sorrentino muestra esta disyuntiva de forma metafórica, desde la misma perspectiva que adoptara en su anterior trabajo, La gran belleza (La grande bellezza, 2013): la de todos aquellos que hace tiempo perdieron pero ansían recuperar, aunque sea por última vez, aquel arrogante sentimiento de superioridad que ni tan siquiera los sueños les vuelven a traer a la memoria.

    Una de las más preponderantes preguntas que surgen viendo La juventud es, ¿son belleza y juventud, para Sorrentino, dos términos interdependientes? La respuesta parece un claro sí, pero con ciertos matices, como por ejemplo que esa dependencia no parece seguir una lógica directamente proporcional. Lo importante para el director italiano es encontrar lo atractivo en aquello que escapa de los cánones estéticos convencionales, y lo juvenil en lo maduro; su objetivo radica en hallar la poesía oculta en las formas y los sonidos para la creación de un cine, ora indulgente, ora indolente, basado en la armonía de las relaciones entre los sujetos y el entorno. Para lograr dicho propósito, la película nos traslada paradójicamente a un balneario de los Alpes suizos. Y decimos paradójicamente porque éste parece uno de los últimos lugares donde alguien esperaría encontrar “juventud” propiamente dicha. Como podremos comprobar, la juventud tiene muchas caras, y todas ellas se manifestarán en aquellos que viven de —o por— sus logros pasados. Fred Ballinger, un antiguo director de orquesta, sería el vivo ejemplo de los que viven de las rentas de una fructífera juventud, sin embargo, no busca prolongar su legado al ser consciente de lo limitado de sus beneficios en comparación con el inmenso hastío que le produciría reconducir una sinfonía que dejó de tener sentido cuando entendió la vaguedad de su mensaje. Fred se dará cuenta, sólo al separarse de su obra, de la magnitud de su amor. Un terrible e inútil amor tardío sin valor y sin mayor utilidad que la de entregarse al autocompadecimiento. ¿De qué te sirve ahora, Fred? Mick Boyle, por el contrario, sigue inmerso en un talento que parece haberlo abandonado tiempo atrás. Boyle, un director de cine venido a menos, antepone su obra a cualquier otra faceta de su vida, por lo que trata de demostrarse que aún no ha dicho la última palabra, buscando la construcción de un nuevo trabajo que vuelva a aportarle, por fin, confianza y sentido a su vida. Juntos se dedican a espiar el juego de dos longevos amantes que se odian en público a diario para desearse en secreto en lugares inapropiados. La juventud de Mick y Fred no se aprecia en sus traviesas aventuras y pasatiempos voyerísticos con los que se entretienen añadiendo un poco de adrenalina a sus monótonas vidas, sino en su propia amistad, un sentimiento genuino y desinteresado consistente en una espontánea demostración de afecto y preocupación sin cuestionar en ningún momento las acciones del otro.

    La giovinezza

    Sorrentino no deja pasar la oportunidad para añadir una serie de elementos paródico-cáusticos que contrasten con el poético relato y la reflexiva sucesión de acontecimientos, como un Hitler anacrónico o toda una deidad, otrora Dios indiscutible del fútbol e ídolo de masas, ahora convertido en una monstruosa y aberrante versión de sí mismo, condenado a una letárgica existencia sumergido en agua para paliar el extenuante efecto que la fuerza gravitatoria ejerce sobre su descomunal cuerpo, al tiempo que arrastra una botella de oxígeno en sus manos y un retrato, tan distorsionado como hinchado está su propio físico, de Karl Marx sobre su espalda. Una vez más, la juventud de este ser no estará compuesta únicamente por sus recuerdos, sino que llegará de forma espontánea y sorprendente cada vez que se cruce en su camino un objeto esférico, recobrando una agilidad pasmosa y reconciliándose con sus divinas habilidades físico-técnicas. Y de nuevo llegamos a la disyuntiva inicial; ¿Es la juventud una amenaza para el adulto? Al no poder responder a esa pregunta sin incurrir en ambigüedades de tipo existencialista, el director nos ofrece una respuesta individualizada para cada personaje y, por lo tanto, un escaparate lleno de posibles modelos con los que sentirnos identificados en este bello tríptico de la condición humana, semejante al Jardín de las delicias del Bosco, y dividido de tal manera que aparece representado de principio a fin —de izquierda a derecha—: el paradisíaco entorno inicial que, poco a poco, a medida que el espectador comienza a mirar más en profundidad, se verá mancillado por el comportamiento concupiscente y errático de sus habitantes, lo que los llevará directamente a un final derrotista y ajustado a las pretensiones individuales de cada protagonista.

    La giovinezza

    «¿Es la juventud una amenaza para el adulto? Al no poder responder a esa pregunta sin incurrir en ambigüedades de tipo existencialista, el director nos ofrece una respuesta individualizada para cada personaje y, por lo tanto, un escaparate lleno de posibles modelos con los que sentirnos identificados en este bello tríptico de la condición humana».


    En ese momento llegará la prueba de fuego. Una serie de elementos convergerán en el último tercio de metraje como un recordatorio de esa juventud pasada —ahora sí nos referimos a la explícita, y no a la metafórica—, que pondrá a prueba a todos los integrantes del sublime relato. Reminiscencia que vendrá en forma de niño zurdo, de una antigua musa del cine, de una melodía ineludible, del cuerpo desnudo de una joven apolínea o, simplemente, de un observador actor que insiste en juzgar silencioso el comportamiento de los grandes artistas que pasean por el balneario alpino. Un inmenso Paul Dano representando el reflejo de juventud del resto de personajes, en tanto que manifiesta la frustración por un éxito que llegó de una forma inadecuada o un futuro que se presenta muy incierto. Sin embargo, demostrará tener una altísima percepción autoconsciente de sus limitaciones, y una (aún más sorprendente) voluntad para corregir sus errores, que despierta en sus octogenarios compañeros una inexorable melancolía al actuar como un lacerante recuerdo de los errores que no fueron capaces de enmendar por culpa de esa arrogante juventud que creían imperecedera. Pese a ello, y camuflando el gran dramatismo narrativo con un incesante humor y la recurrente puesta en escena deslumbrante de una coherencia audiovisual inmaculada, el director dejará una ventana abierta al optimismo; la salvación llegará de la completa aceptación de los errores pasados, el sincero arrepentimiento y la capacidad de poder pasar página conociendo esas lacras para afrontar, ahora con total convicción y discernimiento, su particular aria final. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 68ª edición del Festival de Cannes


    Anexo | Crítica de Emilio Luna desde la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary: «Existen pocos directores como Paolo Sorrentino que mimen tanto a sus protagonistas. No obstante, son una extensión de sí mismo, de ese gran ego que jamás provoca la indiferencia. Si en La gran belleza (La grande bellezza, 2013) delineaba a los fantasmas de la inspiración y todos los caminos perdidos, de uno de éstos nace La juventud (La giovinezza, 2015), hermoso afluente del discurso de ese Jeep Gambardella a quien convirtió en un icono del cine moderno Toni Servilio. La diferencia entre el señor Gambardella y Fred Ballinger, el motor del noveno largometraje del cineasta napolitano, yace, primero, en la empatía de éste, la humildad –forzada o no— de un genio; segundo, en su pasado, mientras el de Gambardella era hueco, en Ballinger resulta tan robusto como desolador. La taciturna mirada atrás del compositor británico compone las dudas de su futuro. Una incertidumbre que comparte con su mejor amigo, Mick, un cineasta venido a menos que esperar coronar, por fin, su trayectoria con una exitosa película. Ambos, ven el minutero como un problema, a la irreversibilidad como una losa. La huida del Estro es un efecto secundario, crear es sólo el eco de los sentimientos. Sorrentino presenta una serie de caracteres memorables –encarnados por unos soberbios Michael Caine, Harvey Keitel y Paul Dano—, desamparados por la indefinición existencial, sin un mapa estelar que les guíe en ese desierto del destierro conceptivo y vital. Ahí, en la duda, la lírica de La juventud lleva al espectador a una travesía impensable: a la emoción. El realizador italiano subraya que la vida es una tragedia, pero también que es nuestro deber vivirla».

    Ficha técnica
    Italia. 2015. Título original: Youth - La giovinezza. Director: Paolo Sorrentino. Guion: Paolo Sorrentino. Fotografía: Luca Bigazzi. Música: David Lang. Duración: 118 minutos. Productora: Coproducción Italia-Suiza-Francia-Reino Unido; Indigo Film / Medusa Film / C-Films / Bis Films / Pathé / Number 9 Films. Montaje: Cristiano Travaglioli. Diseño de producción: Ludovica Ferrario. Diseño de vestuario: Carlo Poggioli. Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Tom Lipinski, Poppy Corby-Tuech, Emilia Jones, Mark Kozelek, Rebecca Calder, Anabel Kutay, Ian Keir Attard. Presentación oficial: Festival Internacional de Cannes 2015.

    Póster: La giovinezza
    El fulgor efímero

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