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    Crítica | Una segunda oportunidad

    Una segunda oportunidad

    La teoría del caos

    crítica de Una segunda oportunidad (En chance til, Susanne Bier, 2014).

    En los últimos tiempos, la realizadora danesa Susanne Bier, una de las máximas exponentes del controvertido movimiento Dogma 95, ha ido dejando atrás, cada vez más, aquellas estrictas directrices que buscaban un mayor naturalismo en el cine hasta el punto de hacer gala de una mayor comercialidad en los más recientes proyectos que ha abordado. Sus historias, profundamente emocionales y cargadas de conflictos morales, parecieron dulcificarse y perder gran parte de su característica intensidad después de ese merecido Óscar a la mejor película de habla no inglesa obtenido gracias a En un mundo mejor (2010). Amor es todo lo que necesitas (2012), una agradable comedia agridulce —con tema de enfermedades de fondo, eso sí— con Pierce Brosnan de cabeza de cartel, y el drama ambientado durante la Gran Depresión Serena (2014), intento de explotar la química demostrada por Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en otras películas, dejaron en sus seguidores un regusto más bien amargo. Películas bien hechas, correctas en todos sus apartados artísticos, sí, pero, a la hora de la verdad, fallidas y carentes de emoción o profundidad. Por ello, es normal que la llegada de Una segunda oportunidad (2014) despierte serias suspicacias sobre con qué Bier nos vamos a encontrar: si con la autora personal de antaño o, en cambio, con la eficiente artesana en que se estaba convirtiendo. La respuesta está en un bien equilibrado término medio.

    Con un punto de partida que se posiciona claramente dentro de las coordenadas del cine policíaco, Una segunda oportunidad realiza en su impactante inicio una rápida presentación de sus personajes. Éstos, como si de una partida de ajedrez se tratara, son colocados sobre el tablero, cada uno con una personalidad, a priori, bien definida. Por un lado, la valerosa pareja de policías —el más joven, felizmente casado y reciente padre de un niño, dotado de un desarrollado sentido de la justicia; desastrado, con problemas con la bebida y más de vuelta de todo, el veterano—. En el lado opuesto, la pareja marginal —él violento y enganchado a las drogas; ella sumisa, maltratada y, supuestamente, ejerciendo la prostitución para costear las dosis diarias— en cuya casa deben intervenir los agentes para detener una palea que sus vecinos han denunciado telefónicamente, encontrándose ante el desolador panorama de un bebé recién nacido sucio y desatendido en el interior de un armario. Dos realidades bien diferentes y contrapuestas, que representan el orden y el caos, respectivamente. Y es aquí donde el guionista se agarra para realizar una inteligente reflexión sobre hasta qué punto los buenos son tan buenos y los malos tan odiosos. “En la vida, no solo existen el blanco y el negro, sino que la mayoría de las veces existe una amplia gama de tonalidades grises” es lo que Bier parece querer plantearnos en esta película y lo hace a raíz de una decisión desesperada y ejercida con la mejor de las intenciones por uno de sus personajes, la cual supone el detonante de una serie de acontecimientos y situaciones concatenadas que hacen que el espectador se plantee numerosos dilemas morales y se de cuenta de que prejuzgar a las personas sin conocer sus circunstancias es, como mínimo, un acto de temeridad.

    Una segunda oportunidad

    Nikolaj Coster-Waldau entrega una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha en la piel de un hombre bueno superado por una situación que escapa de sus manos y trae consecuencias nefastas a todas las personas que le rodean.


    El filme, en su búsqueda del realismo social más descarnado, no escatima en momentos extremos en donde sus personajes se enfrentan a situaciones límite de violencia física o ataques de ira y de histeria —la primera mitad es, en este aspecto, algo excesiva y crispada—, acentuándose su crudeza al involucrar en esas escenas la figura de un niño de tan corta edad. También hay que reconocer que, pese a partir de una idea argumental valiente y abierta a numerosos debates sobre lo que es ético o no, la historia se va enredando de tal manera, en un efecto bola de nieve que afecta a todos los implicados, que hace que la credibilidad de la misma penda de un hilo en más de una ocasión, sobre todo cuando el guion fuerza la máquina de la casualidad y los azares del destino más de lo que sería aconsejable en este tipo de producto. Este sería el mayor problema al que se enfrenta la película, quedando rápidamente solventado gracias al tono sobrio y elegante que se va adueñando del relato en su segundo acto y a una casi total ausencia de concesiones al sentimentalismo —conseguida desde el momento en que los personajes van destapando unos matices insospechados que les humaniza, para bien y para mal— , redimiéndolo de ser el dramón exagerado y maniqueo en que podría haberse convertido en otras manos más inexpertas que las de Bier.

    Cuenta para ello con la ayuda inestimable de cinco actores en estado de gracia, encabezados por un magnífico Nikolaj Coster-Waldau —mundialmente popular por ser Jaime Lannister en Juego de Tronos—, quien entrega una de sus mejores actuaciones hasta la fecha en la piel de un hombre bueno superado por una situación que escapa de sus manos y trae consecuencias nefastas a todas las personas que le rodean. Sobre los hombros del excelente Ulrich Thomsen recae el personaje, a la hora de la verdad, más centrado, el del compañero del policía que actúa con el aplomo que le otorga el presenciar los hechos desde fuera. Nikolaj Lie Kass desempeña el rol que se podría prestar con facilidad a la sobreactuación y al arquetipo, el del drogadicto agresivo que representa un desecho de la sociedad a quien a nadie le importaría si fuese a dar con sus huesos en la cárcel; mientras que en los papeles femeninos recae la mayor carga emocional, los trabajos de Maria Bonnevie y Lykke May Andersen muy certeros a la hora de presentar unas personalidades quebradizas y a un paso de la locura. Las historias paralelas se van sucediendo a lo largo del metraje y sus criaturas, con sus correspondientes tormentos y dramas personales se van entrecruzando con aparente naturalidad, creando un notable fresco que habla de todos los temas que siempre han preocupado a la cineasta en su etapa más comprometida (el sentimiento de culpa, las complicadas relaciones de pareja, la redención, la fina línea que separa el bien del mal). Una segunda oportunidad recupera buena parte de la esencia de la mejor Bier, removiendo conciencias e indignando con lo que vemos en pantalla, haciéndonos partícipes de un relato tremendamente duro, pero a la vez, cargado de humanidad. Es una pena que, en su tramo final la cinta da unos cuantos pasos atrás, decantándose por una resolución en donde una convencional emotividad le gana la partida a la incorrección política de sus tramos más acertados. Con todo, estamos ante el trabajo con más enjundia de la cineasta desde su Óscar, que presenta evidentes signos de recuperación artística. | ★★★ |


    José Antonio Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Dinamarca. 2014. Título original: En chance til. Directora: Susanne Bier. Guión: Anders Thomas Jensen. Productor: Sisse Graum Jørgensen. Productora: Zentropa Entertainments. Fotografía: Michael Snyman. Música: Johan Söderqvist. Montaje: Pernille Bech Christensen. Reparto: Nikolaj Coster-Waldau, Ulrich Thomsen, Maria Bonnevie, Nikolaj Lie Kaas, Lykke May Andersen.

    Póster: Una segunda oportunidad
    Feelmakers

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