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    Crítica | Phoenix

    Phoenix

    Cuando el Führer robó mi cara

    crítica a Phoenix (Christian Petzold, 2014).

    «Ya no soy la de la foto», suspira una mujer ojerosa en el interior de un coche, con el pasado borrado y el futuro trémulo, la mirada angustiada posada en una vieja instantánea y un tatuaje de Auschwitz, como la más solemne de las cicatrices, oculta bajo su vestido. Lejos de tratarse de una frase hecha, sus palabras remiten a una realidad desgraciada, extraña, y como la de las tragedias griegas, inexorable. Nos transportamos hacia el Berlín Oeste de 1945, donde Nelly —Nina Hoss— es la protagonista del nuevo drama de Christian Petzold, un juego de espejos e identidades que revelan el sufrimiento inyectado por el III Reich en la vida de los más desfavorecidos por el régimen. Un ejercicio cinematográfico con voluntad de estilo y buen pulso narrativo que adereza su hilo principal —de origen descabellado pero desarrollo naturalista y creíble— con dosis proporcionadas de suspense e intimismo. Trazando el contexto histórico del inmediato post nazismo con una suma reducida de elementos para describir el entorno cotidiano que sacude a los protagonistas, Phoenix —título simbólico que roza la metonimia— nos zambulle en una fábula sobre el perdón, la culpa y la dignidad humanas. El foco y el acento de la historia están puestos en la excelente interpretación de Nina Hoss, actriz fetiche del director teutón.

    Imagina ver tu rostro reflejado y no reconocer la angulosidad de tus facciones, la imperfección de tus rasgos, la curva de tu nariz o tus gestos expresivos más genuinos e incondicionales. En el caso de Nelly, el horror de ver su cara recién estrenada en los espejos no es otro que la prolongación de un calvario personal cuyas raíces crecen mucho más allá del propio holocausto para envenenarlo todo. Esta cantante de ascendencia judía regresa a la urbe con la cara envuelta en vendas para someterse a una operación facial, tras sobrevivir a una serie de torturas en Auschwitz. Las heridas y vejaciones han sido las responsables de dejarla tan irreconocible y desfigurada que, paradójicamente, le permiten eludir un control militar de la Gestapo. Con la ayuda de una amiga cuyo objetivo es enviarla a Palestina a encontrar un espacio de refugio para la comunidad judía, Nelly —reconvertida en Esther— sólo tiene por meta reencontrarse con el amor de su vida y el acompañante al piano de su música: su marido Johnny, interpretado por Ronald Zehrfeld.

    Phoenix

    El punto de partida de todos los conflictos originados en el filme, e incluso de la metáfora política y humana que de él se desprende se trata de la doble identidad de la protagonista: su pasado añorado como artista, el recuerdo imborrable del campo de concentración que escuece como un estigma y un presente en el que empezar completamente de cero se le antoja una premisa complicada, especialmente si tenemos en cuenta que Johnny —sobre el que oscilan rumores de traición— propone a la susodicha Esther que se haga pasar por su propia esposa por un asunto familiar. Así, los dilemas morales y el espejismo de un amor romántico tóxico y persistente ciegan al personaje principal de este denso drama que se atreve a coquetear con el thriller sociopolítico y los guiños a las películas de espionaje. Phoenix declina responder las dudas hasta el clímax final y prefiere lanzar al aire un puñado de preguntas difíciles de responder: ¿Hasta qué punto merece la pena arrastrar una mentira que lo envuelve todo? ¿Lo que desacertadamente bautizamos como amor verdadero implica pasar por alto el dolor infligido por la otra persona? ¿El fin justifica los medios? ¿En qué nos convertimos tras superar el umbral máximo de dolor que puede atravesar nuestro cuerpo? ¿Cómo nos transforma el sufrimiento y en qué nos convertimos tras su paso?

    Desde luego, el poder adictivo —a pesar de los tiempos muertos y de cierto estatismo en algunos momentos de la trama—, recae en el sufrido y complejo papel de Nina Hoss, cuyo nuevo rostro es el reflejo de un alma desgastada por el horror de la degeneración nazi, la duda sobre la posible culpabilidad de su marido en torno a su ingreso en Auschwitz, la confusión que le infunden sus circunstancias y el deseo frustrado de recuperar su matrimonio y su vida anterior, dónde la música y el amor eran suficientes para mantener sus anhelos y sueños intactos. Su desesperación por abrazarse al pasado es especialmente notable en la primera ocasión que vuelve a ver a Johnny, en las inmediaciones del entorno decadente y lúgubre del Phoenix, un local donde los acordeones de jazz, los bailes en estado de ebriedad y la penumbra rojiza intentan apaciguar la consternación y la brutalidad que imperan en el Berlín post nazi, una ciudad rota, sombría y atrapada en las ruinas, devastada por las bombas, rota de miedo y supurante de rabia. Es en el clima opresivo, en los diálogos cargados de punzantes significados y en la evolución conductual de Nelly donde Christian Petzold deslumbra y nos llena el corazón de piedras y el estómago de pólvora, jugando hábilmente con la identidad como si de un trampantojo se tratase. Pueden hacerse muchas lecturas acerca de este filme de incómodo regusto: a nivel filosófico, moral, político y personal, desde las calles berlinesas pobladas de zombis nostálgicos y muertos en vida, al interior de la casa donde la protagonista, en un disparatado alarde por reconquistar a ese hombre que ya no la reconoce como esposa, intenta reproducir sus propios gestos del pasado haciéndose pasar por otra. Rizando el rizo y haciendo justicia a su rotundo título, Phoenix es tan austera, cruel, cínica y visceral como la época histórica en la que se sumerge su argumento. Esboza un paradójico relato personal de la dependencia amorosa y el perdón incondicional, como una especie de Síndrome de Estocolmo superviviente a la traición, a la crueldad de la historia colectiva y la miseria personal. Y su magnífico final pone los pelos de punta a cualquiera. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    Redacción Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    Alemania, 2014, Phoenix. Dirección: Christian Petzold. Guión: Christian Petzold, Harun Farocki (Novela: Hubert Monteilhet). Música: Stefan Will. Fotografía: Hans Fromm. Productoras: Schramm Film Koerner & Weber / Bayerischer Rundfunk (BR) / Tempus / Arte / Westdeutscher Rundfunk (WDR) Montaje: Bettina Böhler. Reparto: Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Uwe Preuss, Nina Kunzendorf, Michael Maertens, Uwe Preuss, Imogen Kogge, Eva Bay, Kirsten Block, Megan Gay, Valerie Koch. Presentación oficial: 2014: Festival de San Sebastián: Premio FIPRESCI.


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