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    Crítica | Hipócrates

    Hipócrates

    El compromiso de curar

    crítica a Hipócrates (Hippocrate, Thomas Lilti, 2014)

    Las primeras imágenes de Hipócrates tocan una fibra que, para un espectador español, resulta especialmente sensible. Benjamin, el médico residente protagonista, camina por la zona reservada a profesionales del nuevo hospital donde va a comenzar a trabajar. Los planos van dejando ver las paredes desconchadas, los pasillos lúgubres y las batas blancas llenas de manchas como un claro adelanto de los derroteros que va a tomar el segundo largometraje del director Thomas Lilti: la auscultación y diagnóstico de una sanidad pública francesa que, como ya deja entrever desde estas primeras imágenes, no anda pletórica de salud. Los dichosos recortes se manifiestan durante todo el metraje en forma de trabajadores sobrepasados y desmotivados, aparatos rotos, jefes con demasiado interés en ir quitándose pacientes de su zona, y directivos completamente ajenos al día a día del trato con los enfermos. Un panorama francés, pero demasiado familiar por estos lares. Hablamos de una obra que se muestra más preocupada por su valor sociológico y sus posibles aportaciones a un debate público que por construirse un universo propio. O dicho de otro modo: Hipócrates resulta inseparable de la realidad social en la que se inscribe, en su condición de “película-discurso” y la doble implicación que ello conlleva. Por una parte su valor testimonial, y por otra sus aportaciones edificantes. No es que estemos ante ese tipo de cine cercano a los códigos del documental, ya que sus elementos de ficción narrativa están muy a la vista, pero sí a un cine susceptible de ser leído en cierta clave política.

    De modo que Hipócrates, ante la realidad que testimonia, toma una opción estética muy clara. Marca el ritmo mediante el encaje de escenas a través de planos-detalle de elementos cotidianos del hospital (camillas o montones de informes médicos) y se filtra bajo una fotografía caracterizada por el uso de una intensa luz artificial, sin sombras, y unos blancos y brillos muy marcados. Lo que denota un estilo naturalista, punteado por el recurso continuo a primeros planos de los rostros de sus personajes. Esto le añade a su matiz realista un tono de fuerte intimidad, de cercanía a las tribulaciones de médicos y enfermos (realzada por la continua presencia del hospital, de cuyo interior apenas sale la cámara en todo el metraje). Planos muy llamativos como el detalle de las manos venosas y desgastadas de una enferma terminal rematan la postura ética del filme, su mirada sincera y realista a una sanidad que entiende corrompida. Lilti se permite incluso algunas menciones a la serie House dentro del espacio fílmico, revelándola como la antítesis de Hipócrates (de hecho, al igual que el personaje de Hugh Laurie, sus protagonistas son especialistas en Medicina Interna). Aquí no se trata de convertir los asuntos de médicos en un divertimento. Sino de crear tanto un testimonio valioso como una conciencia social y crítica ante una realidad muy reconocible.

    Hipócrates

    «Una obra de pretendida sencillez y fácil digestión, que aún evitando el recurso a artificios argumentales típicos del drama hospitalario convencional (si bien el uso que hace de la música desvirtúa un poco esta naturalidad) consigue que su discurso involucre al que mira desde el otro lado de la pantalla».


    Porque más allá de recoger esa preocupación social hacia el tema de la sanidad (una inquietud bastante extendida, si tenemos en cuenta el millón aproximado de espectadores que le película ha reunido en Francia), la cinta trata de articular todo un discurso sobre el buen ejercicio de la medicina recurriendo a una clásica estructura de aprendizaje. Conducida por un Benjamin que en los primeros compases se muestra pasivo, incluso algo alelado en su gesto, distante con los pacientes, acomodaticio (la particularidad de que su padre sea jefe en el mismo hospital es bastante expresiva) y con un punto de engreimiento muy típico del médico novato. Se trata, además, de una percepción que va derivando hacia uno de los mayores peligros en los que puede caer una historia: la antipatía del espectador hacia su protagonista. Conviene tener paciencia, puesto que no se trata de un defecto de guión: Hipócrates arranca siguiendo los pasos de este médico no demasiado destacado y lejano a una actitud mínimamente heroica, pero termina encontrando su luz de guía en el personaje de Reda Kateb, cuya interpretación aporta un estimable fulgor de humanismo rousseauniano. Y que además de suponer un modelo de médico ejemplarizante, sirve de punto de giro a la trayectoria de Benjamin y al propio discurrir de la trama.

    Hipócrates, en fin, se apoya en su realismo comprometido y su planteamiento intimista para crear un ritmo ameno, que engancha con facilidad y logra despertar una actitud abierta a su estilo didáctico. Porque, insistimos, más allá de un reflejo de los problemas de la sanidad pública, se erige como tratado de la buena praxis médica, remitiendo al famoso juramento redactado por Hipócrates, el médico griego del que toma prestado su título. Tiene, además, el acierto de enfatizar en la defensa de la dignidad de los pacientes y la evitación de su dolor, algo muy perceptible en la subtrama que elabora en torno a la anciana terminal. Por tanto, estamos ante una obra de pretendida sencillez y fácil digestión, que aún evitando el recurso a artificios argumentales típicos del drama hospitalario convencional (si bien el uso que hace de la música desvirtúa un poco esta naturalidad) consigue que su discurso involucre al que mira desde el otro lado de la pantalla. Su visionado, eso sí, se siente con igual ligereza que el impacto que deja más allá de los títulos de crédito. Hipócrates, en su condición de película pedagógica y ligada a una realidad social, parece limitarse al mero retrato formalista y la reflexión de utilidad cívica. No es, ni probablemente pretenda serlo, una obra mayor. | ★★★ |

    Miguel Muñoz Garnica
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Francia, 2014. Hippocrate. Director: Thomas Lilti. Guion: Pierre Chosson, Baya Kasmi, Julien Lilti, Thomas Lilti. Productores: Emmanuel Barraux, Agnès Vallée. Productora: 31 Juin Films. Presentación oficial: Festival de Cannes 2014 (Semana de la Crítica). Fotografía: Nicolas Gaurin. Música: Jérôme Bensoussan, Nicolas Weil. Vestuario: Cyril Fontaine. Montaje: Christel Dewynter. Dirección artística: Camille Guillon. Reparto: Vincent Lacoste, Reda Kateb, Félix Moati, Jacques Gamblin, Marianne Denicourt, Carole Franck, Philippe Rebbot.


    Póster: Hipócrates
    El fulgor efímero

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