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    Crítica | Caza al asesino

    Caza al asesino

    Perro viejo no ladra

    crítica a Caza al asesino (The Gunman, Pierre Morel, 2015)

    Si algo nos enseñó Venganza, es que los modismos paterno-filiales a veces se cumplen. No importa a qué nivel, si en la realidad o en la ficción. Para el caso es igual. Quizá no lo entiendan aún, pero hay amores tanto más duraderos cuanto mayor es la indiferencia, nótese la relación de un padre con su hijo adolescente. Ni siquiera se conocen, y sin embargo no paran de discutir porque uno dice sí y el otro no, y ahí surge un gran partido de tenis a cinco sets con el sol cayendo a machete y la boca desbordante de tabasco. Y si encima le añadimos un divorcio más o menos exprés, pero con subtrama de muchos episodios, ya es el acabose. Mientras dos intercambian golpes liftados y voleas en slow motion, el público traga saliva y un tercero corta de pronto la jugada para gritar out! Es entonces cuando aparece el ojo de halcón o, en su defecto, Bryan Mills (Liam Neeson). O sea, el padre de la chica adolescente con un karaoke bajo el brazo. El tal Mills había hecho carrera torciendo cuellos y presagiando malas intenciones en los demás. Viajaba mucho; nunca estaba en casa. Incumplió su contrato. Jugó al póquer. Ganó. Perdió. Se mantenía en forma. Era implacable. Y así le fue: su mujer le dijo "no soy yo, eres tú" y se casó con otro menos pragmático, cuya relación con la muerte a domicilio consistía en esquivarla respetuosamente, haciéndose el nuevo y apostando a las carreras en el hipódromo. Ése era el triunfo relativo de Venganza: yuxtaponer lo cotidiano a lo bestial. O al revés.

    El padre chungo se entera de que su hija ha sido secuestrada por una red mafiosa de trata de blancas, y atraviesa el charco —Nueva York-París— en lo que dura una elipsis de manual. Con lo puesto, sin hacer maleta e, intuimos, presentándose en el aeropuerto como un Willy Fog al que le deben ocho mil millas de vuelo. Y allí aterriza, en París, a la busca y captura de malhechores con acento caucásico. Y tras el rastro, como si fueran migas de pan, de su niña recién graduada. Rápidamente se desata el infierno y empiezan a llover cristales rotos en tanto Liam Neeson le dice por teléfono a uno de los secuestradores: "Si suelta a mi hija, todo quedará zanjado, no le buscaré ni le perseguiré; pero si no lo hace le buscaré, le encontraré y le mataré". Cómo prometerles seguridad a tus hijos, sin resultar inverosímil y risible, después de ver/escuchar a Bryan Mills en Venganza, del realizador francés Pierre Morel. Un profesional al que le debemos más por lo que no dice con sus películas —ya sea en calidad de cinematógrafo, técnico de steady, productor o director— que por lo aparentemente superficial de sus incursiones en un subgénero, lindante al geriaction (acción geriátrica), en el que sólo cabe esprintar hacia el vacío. Y después, si acaso, la redención en caída libre mientras el abuelo se cose una herida de bala. Cosquillas para tipos como Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Van Damme, el siempre elegante Liam Neeson y, sí, el mismísimo Sean Penn. Ese actor magnético, de arruga melancólica y piel de saurio; el por dos veces oscarizado y nada pródigo Sean Penn, quien a la vejez viruelas decide liarse a los tiros en África, pasando por Londres y Barcelona. Para ello ha tenido que seguir la dieta Mario Casas o, si lo prefieren, Chris 'Capitán América' Evans: mucho pollo con arroz, varias horas al día en la bancada reina del gym, y también, a tenor del tamaño de sus músculos y sus venas... Más pollo y más arroz. Son ciclos. La vida. Al coguionista Penn su agente le envió las correcciones de Caza al asesino, adaptación muy infiel de la novela homónima publicada por Jean-Patrick Manchette en 1981, y cuando hubo leído la última línea se le iluminó el rostro. Debió de advertir un buen filón —artístico, pues los veinte millones de euros con los que contaba Pierre Morel no darían en modo alguno para mucha ostentación formal— en aquel proyecto llamado a reventar las taquillas europeas. Incluso tal vez las americanas.

    Caza al asesino

    «La película se convierte muy pronto en un disparate plagado de incongruencias, fallos de producción (la bandera de Madrid en la Monumental de Barcelona, Javier Bardem o Félix contestando en inglés a preguntas formuladas en castellano C1), imágenes simbolistas que producen vergüenza ajena y reproducen, casi de cabo a rabo, el cliché ibérico de los toros y las sevillanas y los sanfermines en cuyo éxtasis montan los guiris que se pasean por el norte como Eli Wallach por el cementerio de El bueno, el feo y el malo...»


    Convencieron a Javier Bardem y a Idris Elba, dos monstruos chatos que embuten la pantalla como pocos, en su proceso de casting. Y durante un minuto Bardem es exigido al máximo por Jasmine Trinca, cuya presencia agita el cóctel sin generar adhesión: es muy guapa, eso sí, y trabaja como médico cooperante en África. ¿Qué más quiere usted? ¿Que la película sea buena? Pues, mal que le pese al lector manchettiano, va a ser imposible. Porque Caza al asesino es una libérrima versión del clásico néo-polar filtrada a producto estólido en el que la verosimilitud huye por el sumidero. Adiós al hacha prosaico que hizo de Manchette un escritor no tanto marginal como al margen de todo lo anunciado a bombo y platillo. Aquí, el mercenario Martin Terrier es un hombre enamorado al que sus jefes le encargan abatir a distancia y/o disparar a quemarropa a objetivos clave de la política, sujetos que bien podrían obstaculizar el expolio de esos diamantes de sangre escondidos en las entrañas del continente más rico —por recursos naturales— y a la vez más pobre —por su corrupción sistémica— del mundo. África cobija lo peor y lo mejor, la violencia y la esperanza, aúna los intereses más oscuros y la caridad altruista de personas que se juegan el pellejo por ayudar a otras que sobreviven a la intemperie. Todo eso lo intuimos, lo observamos de refilón cuando Terrier huye forzosamente sin decirle adiós a su chica. La película se convierte muy pronto en un disparate plagado de incongruencias, fallos de producción (la bandera de Madrid en la Monumental de Barcelona, Javier Bardem o Félix contestando en inglés a preguntas formuladas en castellano C1), imágenes simbolistas que producen vergüenza ajena y reproducen, casi de cabo a rabo, el cliché ibérico de los toros y las sevillanas y los sanfermines en cuyo éxtasis montan los guiris que se pasean por el norte como Eli Wallach por el cementerio de El bueno, el feo y el malo, pegando saltitos y mirando en derredor a ver si localizan la tumba de Arch Stanton.

    Ni tan solo Sean Penn, o ese muñeco vigoréxico con guacharreras en que lo han convertido, me ayuda a interesarme mínimamente por un hombre que son muchos pero en ningún momento el Martin Terrier original. Con todo, a Bardem le quedará el recuerdo de haber trabajado junto a su amigo Sean, al que conoció en el rodaje de Antes que anochezca, allá por el año 2000. Y qué no decir de Idris Elba. Probablemente no olvidará nunca este título: aparece en dos secuencias, y mal maquillado. Quizás en una maniobra disuasoria para sacar pecho, igual que una madre presentaría a su retoño con carrera, Golf GTI, piso y novia bilingüe. Sin darse cuenta de que en realidad no está aportando nada a la conversación, ni al mundo, sino más bien haciendo el primo. | ★★ |

    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2015. Título original: The Gunman. Director: Pierre Morel. Guión: Don MacPherson, Pete Travis, Sean Penn (Novela: Jean-Patrick Manchette). Fotografía: Flavio Martínez Labiano. Música: Marco Beltrami. Reparto: Sean Penn, Idris Elba, Javier Bardem, Ray Winstone, Mark Rylance, Jasmine Trinca, Peter Franzén, Mark Schardan, Rachel Lascar, Melina Matthews, Daniel Westwood, Deborah Rosan, Jorge Leon Martinez, David Blakeley.


    La novela


    Refiere Carlos Zanón en su prólogo a Caza al asesino, reeditado por Anagrama, que los "postulados situacionistas de la extrema izquierda" y el hardboiled de luminarias como Dashiell Hammett y Jim Thompson, entre otros autores, condujeron inexorablemente a Manchette a este dispositivo literario de culto. Su última novela, aparecida en 1981. Una novela estoica pero maleable, a semejanza de un pulp a retorcer no sin ternura. Con los ojos desorbitados mientras lees sin interrupción ni marcapáginas, por puro vicio. De vez en cuando el escritor hilvana frases secas, impredecibles, y tú las encajas a lo Antonio Margarito, sonriendo por no llorar. Imaginando ya tu cara de whopper doble bañado en kétchup. No obstante, la prosa de Manchette es limpia, contundente: no deja rastro. Y en última instancia hay que imaginar el perfume de las habitaciones en que Terrier —despreciado por su anhelada Anne Freux, a la que prometió ir a buscar diez primaveras más tarde, tras recorrer medio mundo— enmudece para terminar ladrando en sueños, donde "acaba por adoptar la posición de cuerpo a tierra".

    Póster: Caza al asesino
    El fulgor efímero

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