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    Crítica | Kingsman. Servicio secreto

    Kingsman

    Mitigación pandémica

    crítica a Kingsman. Servicio secreto (Kingsman. The Secret Service, Matthew Vaughn, 2015) / ★★★

    El cine de espías se fundamenta en una serie de relatos y testimonios facilitados por los propios agentes, en su mayoría retirados, de los diferentes servicios secretos surgidos tras la primera Guerra Mundial: FBI, CIA o la todopoderosa NSA. El difícil acceso a este tipo de información, dado el carácter restrictivo que caracteriza a los protocolos de seguridad nacional, ha convertido el género de espionaje en una fábrica de historias de carácter fantasioso y enrevesado que juega a dibujar el planteamiento más sorprendente y sofisticado de la figura de sus agentes ultra-inteligentes. El paradigma de este portentoso personaje es, por supuesto, James Bond. El agente 007, creado por el novelista Ian Fleming, es un espía que representa el ideal popular de hombre elegante y resolutivo capaz de escapar de cualquier aprieto y cumplir satisfactoriamente la sempiterna misión de proteger a su país. Posiblemente, también sea la representación que más se aleja del verdadero espía que, no olvidemos, se trata de un despiadado asesino. El glamour que rodea a James Bond, unido a las escenas de acción, su condición de seductor y unos efectos especiales que han crecido exponencialmente con el paso de los años, hacen que la saga ofrezca una visión frívola y espectacularizada de la Guerra Fría —Agente 007 contra el doctor No (Dr. No, Terence Young, 1962)—. No obstante, ni el género de espías ni su hijo predilecto, el agente Bond, se quedaron en aquel período tan delicado. Existen tres momentos puntuales de la historia que son decisivos en la representación audiovisual y ficticia del espionaje: la mencionada Guerra Fría, con un enemigo monopolizadoramente soviético; las dos Guerras Mundiales, donde se reparten equitativamente el protagonismo del bando hostil japoneses y alemanes, y en menor escala los italianos; y el 11 de septiembre, donde nuevamente se concentran los esfuerzos defensivos en un único y diabólico contrincante: el terrorismo islamista. Kingsman. Servicio secreto, cambia de registro y de enemigo para ofrecer una divertida e ingeniosa visión del espionaje mediante una historia de innegable factura británica que, aunque resulte inevitablemente conocida, se atreve a pisotear algunos de los dogmas clásicos del género.

    Matthew Vaughn arremete contra un discurso tan legitimado como es el ecologista, convirtiendo a ese temible y despiadado enemigo en un payaso eco-terrorista mediático al que, sin ningún tipo de pudor, se atreve a presentar como el único afroamericano protagonista entre el multitudinario elenco caucásico. Esta irreverencia, políticamente incorrecta, supone la primera de las apuestas satíricas de un director que protesta de esta forma contra la pluralización y generalización del odio racial. No obstante salvará los platos con un cambio de tornas en la resolución definitiva, que aclarará su propósito inicial, completamente alejado de un mensaje racista. El guion se basa libremente en el cómic The Secret Service, publicado por Icon Comics y creado por el escritor Mark Millar y por el dibujante Dave Gibbons. Vaughn parece mezclar tres factores que le habían dado buenos resultados anteriormente en su filmografía: en primer lugar, el género de agentes secretos a los que se les asigna una delicada misión, con el que comenzó su carrera como director en Layer Cake (2004). Con ella presumía de su afiliación a la firma Guy Ritchie, de quien heredaría el estilo de rodar vertiginoso y con quien ya había colaborado anteriormente en las sensacionales Lock and Stock (1998) y Snatch (2000), así como también en ese desastroso lapsus pseudo-romántico producto de una distracción amorosa llamada Madonna, Barridos por la marea (Swept Away, 2002). Casualmente, Layer Cake sería la lanzadera definitiva del último James Bond: Daniel Craig, quien lograría posteriormente interpretar al héroe británico en una de las adaptaciones más fidedignas, crudas, y reales de la novela original de Fleming, en la que también participó Mads Mikkelsen dando vida a uno de los malvados más siniestros del legado 007, nos referimos a Casino Royale (2006). El segundo de esos factores es la adaptación de un cómic a la gran pantalla, que ya había llevado a cabo tanto en X-Men: First Class, (2011), como en Kick-Ass (2010) —también basada en un cómic de Millar—. Sin embargo, esta parodia del género de espionaje se ve muy comprometida por el (mal)uso de un recurso, el tercero, que jugó a su favor en la mencionada Kick-Ass, pero que ahora resulta más irritante de la cuenta: el adolescente. El mayor problema de Kingsman es que otorga demasiado protagonismo a la figura del adolescente descarriado, un personaje absolutamente manido cuya participación como elemento dramático, pese a ser una gran estrategia comercial como reclamo del público joven mayoritario, resta la mayor parte de la chispa que podría haberse logrado de hacer esa intervención pre-púber mucho más anecdótica y secundaria.

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    El agente especial Harry Hart es el líder de un grupo de espías que trabajan para una organización secreta británica dirigida por Arthur. De entrada nos encontramos con una evidente caricaturización, no sólo del género de espionaje, sino también de esos caballeros del Rey Arturo, cuyos miembros, entre los que se encuentran Merlín y Lancelot, se reúnen —virtualmente— en torno a una mesa mucho más parecida a la descrita por Monty Python en Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (The Holy Grail, 1975), que a la relatada en la tradicional leyenda literaria medieval. Como protagonista encontramos a un Colin Firth sorprendentemente correcto. Parece que alejarse del género dramático le ha sentado bien a un actor cuya sola apariencia lo predestina a lo paródico, notándose demasiado oxidado cuando intenta aportar seriedad a un registro muy limitado. Sin embargo, el papel de snob inglés le viene como anillo al dedo. Hart es un espía que representa perfectamente la tradición del gentleman inglés establecida por la propia saga de Bond, caracterizado por su elegancia diplomática y por la utilización de una serie de dispositivos defensivos de última tecnología que bien nos recuerdan a los artilugios delirantes usados por el Inspector Gadget. El film arranca con una espectacular escena, en la que una operación delicada contra terroristas ocasiona la muerte de uno de los agentes Kingsman, quien sacrifica su vida por salvar al resto del equipo. Como recompensa, la agencia ofrece a la familia del fallecido una especie de “Green Pass” que permite recurrir a sus servicios para cualquier tipo de problema. Así es como Hart, años más tarde, se reencontrará con Eggsy, el hijo de su compañero caído, a quien decide poner en el proceso de selección de la exclusiva compañía secreta. La trama alternará, desde este momento, las pruebas de ingreso de los adolescentes, y la aparición del nuevo villano que amenaza al planeta: Valentine, un excéntrico millonario preocupado por el calentamiento global y el impacto que la superpoblación tiene en él, por lo que se esforzará en reducir ese exceso mediante un plan diabólico.

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    Uno de los factores que más diferencia a esta película de otros ejemplos del cine disparatado de espías, como podría ser Austin Powers (1997), o de productos exclusivamente dirigidos a adolescentes, es el uso de la violencia explosiva y la música adrenalínica. Las escenas de acción quedan marcadas por coreografías grotescas llenas de sangre y una brutalidad fuera de lo normal en este tipo de cine. Existen varios momentos puntuales en los que el constante humor absurdo se ve interrumpido por una explicitud y crueldad extraordinarias, un recurso que, lejos de resultar discordante, aporta a la cinta una cruenta exclusividad muy efectiva. Así, la batalla campal que se origina en la iglesia como sátira hacia el fundamentalismo católico, deja de manifiesto la gran ironía a la que ha recurrido el director en la construcción de una historia que repite, una vez más, viejos esquemas del género que nos conocíamos de memoria, pero al mismo tiempo sabe cómo manejar los tiempos y los diferentes recursos del cine-videoclip para que, tanto las formas como el contenido, queden en nuestra retina como algo más que “otra película de espías”. | |

    Alberto Sáez Villarino
    Redacción Dublín (Irlanda)


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2015. Título original: Kingsman. The Secret Service. Director: Matthew Vaughn. Guion: Matthew Vaughn, Jane Goldman (Cómic: Mark Millar, Dave Gibbons). Duración: 129 minutos. Montaje: Eddie Hamilton y Jon Harris. Música: Henry Jackman, Matthew Margeson. Fotografía: George Richmond. Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation / Marv Films / TSG Entertainment. Intérpretes: Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson, Mark Hamill, Mark Strong, Michael Caine, Sofia Boutella, Jack Davenport, Sophie Cookson, Tom Prior, Neve Gachev, Alisha Heng.


    Póster: Kingsman
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    3 comentarios:

    1. Hola a todos los que conformais "El antepenúltimo mohicano".
      Tengo una pregunta acerca del concurso: si no tienes cuenta en Twitter, ¿valdría solo compartiéndolo en Facebook?

      Un saludo,
      Juan Jesús

      ResponderEliminar
    2. Compartiendo en facebook es suficiente Juan Jesús.

      ResponderEliminar

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