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    Gemma Bovery

    Revisitando el bovarismo

    crítica a Gemma Bovary (Anne Fontaine, 2014).

    Posy Simmonds utilizó los ingredientes de la sempiterna Madame Bovary para su novela gráfica Gemma Bovery. Ahora Anne Fontaine lleva a la gran pantalla una película homónima basada en el cómic. En clave de humor, la directora francesa, le quita la naftalina a un clásico de la literatura universal para acercarlo al gran público, con sus virtudes y sus defectos. Protagonizada por una abrasadora Gemma Arterton y por un reconocible Fabrice Luchini –Martin–, Gemma Bovery (2014) es una comedia rodada con cierta chispa, una pizca de gracia y la necesaria ligereza como para embelesar al espectador pero sin reducir la obra de Flaubert a lo meramente superficial. Con ese planteamiento la cinta queda liberada de cualquier ambición pretenciosa y podemos enfrentarnos a ella sin prejuicios. Es verdad que en los últimos tiempos ha habido algunas comedias francesas que han tenido un gran éxito en su país de origen —Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (2013) o Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (2013)— que no se ha visto correspondido dentro de nuestras fronteras. Las razones se esconden detrás de variables de índole socio-cultural, cada país tienes unas coordenadas humorísticas específicas. Sin ánimo de teorizar, hay claves que responden a un humor universal y otro que tiene que ver con las identidades y las particularidades geo-culturales. No es de extrañar, por lo tanto, que sea uno de los géneros menos exportables. Abundan, afortunadamente, las excepciones. Gemma Bovery, me temo, no será una de ellas aunque por su amabilidad y la universalidad de los personajes en los que se inspira bien podría estar equivocado.

    La vida de Martin –un exprofesor apasionado de Gustave Flaubert que decidió retomar la panadería de su padre en un pueblecito de Normandía, agotado del trajín parisino– cambió el día que sus nuevos vecinos llegaron al pueblo. Los británicos Gemma y Charles Bovery no solo compartían cierto parecido en sus nombres con los protagonistas de la novela decimonónica, sino también en su conducta. Gemma, ociosa en la aldea normanda, sin obligaciones que atender termina por desquiciarse con su bucólica existencia y se abandona a un laberinto de pasiones y amantes. Martin teme que la británica sufra el mismo trágico final de la heroína literaria. El canal por el que nos llega la historia, a través de flashbacks, es el diario de Gemma y los recuerdos de Martin. El panadero es el personaje más interesante; nos remite al profesor de literatura interpretado por el propio Luchini en En la casa (2012), con el que guarda alguna concordancia. Ambos ven como una historia crece ante sus ojos, al amparo de un voyerismo literario perturbador, haciendo gala del atributo más genuino del personaje de Flaubert, la capacidad de evadirse de una realidad ingrata. Por ello lo considero el protagonista más flaubertiano de la película. Gemma tiene lo evidente, pero Martin tiene lo complejo. Aunque ambos responden muy bien a ese estado existencial que Jules Gaultier bautizó como bovarismo, lo hacen con un patetismo que no arranca carcajadas pero sí sonrisas. Parece evidente que los dos viven en un estado de desencanto por la discordancia entre su vida anodina y sus aspiraciones.

    Gemma Bovery

    «Gracias a su puesta en escena, el cóctel explosivo de amantes, los coqueteos aristocráticos, las mentiras, las comilonas franco-británicas y la obsesiva mirada de Martin —parodiada con un ingenioso gag precréditos— la película se ve con agrado y se paladea con satisfacción».


    Martin y Gemma, citados en el párrafo anterior, son los protagonistas. Sin embargo el rol del resto del reparto es el de comparsa con galones. Gemma Bovery no responde a la etiqueta de comedia coral pero luce un abanico de personajes relativamente amplio (algunos tan esquemáticos como caricaturescos, véanse la ricachona francesa britanizada a base de bótox o el exnovio sin escrúpulos). Unos cuya presencia es meramente testimonial, pero otros como el amante imberbe y su madre (más graciosa fuera de campo), el matrimonio adinerado, la esposa e incluso el hijo de Martin que tienen una importancia capital a la hora de configurar la personalidad del filme. Esta fauna de gente tan extravagante como normal es la que rodea a Gemma en su pequeña cárcel rural. Donde de lo idílico de los primeros días pasa a una ansiada vuelta a Londres, incentivada por su convecina y por los viajes de su marido. En ese punto de hastío le da la mano a su alter ego flaubertiana, que anhelaba la vida que no tenía. ¡Hasta el gorro de las baguetes, los paseos del chucho, los ratones, las caminatas campestres y las deudas! O eso parece decirnos su desidia, hasta que el amor llama a su puerta, para regocijo de Martin.

    Gracias a su puesta en escena, el cóctel explosivo de amantes, los coqueteos aristocráticos, las mentiras, las comilonas franco-británicas y la obsesiva mirada de Martin —parodiada con un ingenioso gag precréditos— la película se ve con agrado y se paladea con satisfacción. Pero su tramposo desenlace, caprichosamente absurdo y lejos del buen gusto reinante durante casi todo el desarrollo; deja un sabor de boca agridulce. A raíz del mismo cobran relevancia escenas sin gracia; gags fallidos ligeramente chirriantes, que habían desfilado sin pena ni gloria por la pantalla (como la escena de la picadura de una avispa). Es, quizá, en su desesperada búsqueda de la carcajada, tomando derroteros estúpidos, cuando Gemma Bovery desentona y pierde aire. Fatigada cual fondista que se empeña en hacer sprints a destiempo. Y viceversa, cuando gravita por órbitas más dramáticas, salpicadas con humor, coge visos de obra con más recorrido. Simplificando, se puede decir que Gemma Bovery es más de lo mismo pero con un toque diferente, más evocadora y más divertida en las segundas lecturas y las insinuaciones que en sus trazos a brocha gorda. Abundan temas más manoseados que el pomo de una puerta: desavenencias matrimoniales, desengaños amorosos, infidelidades o enredos de sociedad; acaso oxigenados por escenarios y diálogos sugestivos, más propios de La comedia sexual de una noche de verano (1982) que de sus coetáneas. Resumiendo: imperfecta como muchas, sensual como pocas. Una oportunidad de revisitar o acercarse a un clásico presentando en un dispositivo y un tono distintos a los existentes siglo y medio atrás. Eso sí, salvando la extraordinaria distancia. | |


    Andrés Tallón Castro
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia, 2014. Título original: Gemma Bovery. Directora: Anne Fountain. Guion: Pascal Bonitzer, Anne Fontaine (Novela: Posy Simmonds). Productora: Albertine Productions. Presentación oficial: Festival de Toronto. Música: Bruno Coulais. Fotografía: Christophe Beaucarne. Reparto: Gemma Arterton, Fabrice Luchini, Jason Flemyng, Isabelle Candelier, Mel Raido, Pip Torrens, Elsa Zylberstein, Edith Scob, Niels Schneider, Kacey Mottet Klein, Pascale Arbillot. Duración: 99 minutos.

    Gemma Bovery
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