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    Crítica | Timbuktu

    Timbuktu

    Terrorismo paradójico

    crítica a Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014) / ★★★★

    A veces una película viene precedida por sucesos o acontecimientos sociales que la hacen crecer en relevancia por su oportuna conexión con los mismos. Y pocos hechos están motivando más debates, propiciando más imprentas e impulsando más reuniones en las últimas semanas que los relativos a lucha contra el yihadismo. Aún tenemos grabadas en la memoria las imágenes de la matanza del semanario Charlie Hebdo, ocurrida hace un mes en París, y con demasiada trágica frecuencia nos llegan noticias de periodistas, misioneros o soldados secuestrados y ejecutados por el Estado Islámico. Pero lo cierto es que estos datos son sólo la punta del iceberg de una violencia irracional a la que tienen que enfrentarse día a día muchas personas de las que poco o nada sabemos. Y es que un gran número de sus víctimas se encuentran en África, continente a veces olvidado por nuestros telediarios y nuestra conciencia colectiva, del que a menudo sólo nos acordamos cuando sus habitantes se entrometen directamente en nuestros intereses o traspasan nuestras fronteras. Pocos motivos hay para acusarlos cuando sí se nos hace partícipes de las penurias que deben sufrir en su tierra, para lo cual el cine más comprometido desempeña una función capital. Pues bien, estas observaciones son las que convierten a Timbuktu, presentada con éxito el año pasado en el festival de Cannes y recién nominada al Óscar a mejor película extranjera, en un visionado de suma importancia. Pero es que además, por un lado, cuenta con muchas otras virtudes que lo hacen recomendable; y, por otro, curiosamente se aleja del contenido al que podríamos estar más acostumbrados tanto por sus predecesoras fílmicas como por sus presuntas intenciones sociológicas o antropológicas.

    En este sentido, la historia coral que nos narra incluye entre otros el protagonismo de un ganadero, Kidane, que vive apaciblemente con su mujer y su hija en medio del desierto, cerca de la ciudad malí de Timbuctú. Con la llegada de emisarios de la yihad y la huida de muchos de sus vecinos, su esposa le pregunta un día por qué no se trasladan ellos a su vez. Pero el marido responde que no tendrían adonde ir y que prefiere quedarse en un lugar que les asegura comida y hogar, esperando que pronto vuelva también la seguridad. No estamos por tanto ante el retrato del emigrante desesperado, sino del ciudadano que, ante los horrores que progresivamente se van acumulando a su alrededor, contempla con la serenidad que le proporciona una religión bien entendida el paisaje del que por naturaleza no puede desprenderse. No es tan descabellado este estoicismo teniendo en cuenta la belleza de la localización, un desierto, sí, pero no exento de ríos y verdura. La fotografía de Sofiane El Fani, más conocido por su trabajo a las órdenes de Abdellatif Kechiche, capta este ambiente exótico con una luminosidad que en ocasiones roza la saturación, acentuando el efecto vidrioso de la luz refractada en el aire caliente en unos planos realmente mágicos. Un admirable ejemplo es un sostenido plano general del río en que se enfrentan Kidane y un pescador, colocando la belleza literalmente en medio de la violencia, el oasis entre la sangre. Y el espejismo resultante tiene, además de un sentido visual, uno narrativo, ya que efectivamente los ciudadanos de este paraje tienen que colocar una lente ante sus ojos para no caer en la provocación y aguantar el tipo ante el acoso de sus ocupantes.

    Timbuktu

    Timbuktu

    Timbuktu

    Éstos forman una población políglota y multiétnica, sólo unidos por una ideología que se empeñan en hacer cumplir cuando ni siquiera ellos respetan sus mandamientos. Y es que cuando tales reglas incluyen prohibiciones tan carentes de lógica como no tocar un instrumento o no jugar al fútbol, su contravención es inevitable. El primer ejemplo contrasta con la banda sonora ocasional que, combinando con acierto acordes occidentales y tropicales, otorga igualmente una asombrosa ternura al desamparo. Y el segundo ejemplo da pie a otra de las escenas más impresionantes de la película, como es la de unos críos practicando este deporte con un balón inexistente. La metáfora es, de nuevo, meridiana, en la medida en que la resistencia a la persecución puede ser más eficaz si es imaginaria antes que física. Pero, al mismo tiempo, con ello se subraya la incoherencia de la situación, y se hace sin caer nunca en la caricatura. En definitiva, el experimentado Sissako le imprime a este drama un tono único, combinando el fanatismo más absurdo con la sensibilidad más honesta. Los actos más cruentos transcurren por elipsis, y de hecho la barbaridad no es tan salvaje como podría pensarse. En cierto modo la duda y la contención humanizan a sus responsables, que parecen más impulsados por el contexto que por su propia inmoralidad. Un ejemplo revelador al respecto es el de un joven seguidor que debe manifestar su reconversión mientras el líder lo graba con una cámara, escena que también mezcla de forma sorprendente lo cómico y lo trágico, y de paso anuncia un comentario subyacente relativo a la manipulación audiovisual. Por todo ello, el cineasta no toma partido por un bando u otro, sino que más bien condena las circunstancias que llevan a estos hombres, y bien podrían ser cualesquiera otros, a actuar de esta manera, rompiendo familias y dejando a niños huérfanos por su camino. | |

    Ignacio Navarro Mejía
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Francia & Mauritania, 2014. Presentación: Festival de Cannes 2014. Director: Abderrahmane Sissako. Guión: Abderrahmane Sissako & Kessen Tall. Productora: Les Films du Worso / Dune Vision. Fotografía: Sofiane El Fani .Música: Amin Bouhafa. Montaje: Nadia Ben Rachid. Reparto: Ibrahim Ahmed, Abel Jafri, Toulou Kiki, Layla Walet Mohamed, Mehdi A.G. Mohamed.


    Póster: Timbuktu
    Feelmakers

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