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    Acercamiento a la Jauja de Lisandro Alonso

    Jauja, de Lisandro Alonso

    Jauja, Lisandro Alonso (Argentina, 2014)
    texto por Víctor Blanes Picó (Barcelona)

    ¿Queda alguien que haya visto Jauja y haya podido resistir el impulso de escribir sobre ella, aunque solo sean un par de líneas, un tuit a lo sumo? Hace unos días que tuve ocasión de verla y sus imágenes todavía golpean persistentes en mi cabeza. Su luminosidad ha invadido todos los recovecos de mi memoria visual. La nueva película de Lisandro Alonso se entiende como un lucha de fuerzas antagónicas cuyo sutil enfrentamiento explosiona y se expande hasta límites inesperados, puede que hasta para sus creadores. Así, en Jauja no encontramos personajes, tramas o imágenes que transiten de un punto a otro formando un arco de evolución. Aquí el punto de partida es simplemente una premisa que se propaga y conquista ideas que van mucho más allá de lo que gran parte del cine actual nos tiene acostumbrados.

    Lo abstracto frente a lo mundano

    Jauja era aquel País de Cucaña del que hablaban los aventureros medievales. Un lugar de excesos, vagancia y culto al hedonismo que todos buscaban; la tierra prometida a la que todos ansiaban. El capitán Dinesen también va en busca de un lugar lejano, de la conquista de lo desconocido. Junto con su hija, se embarca en la búsqueda de un desierto casi en el fin del mundo, amenazados por la implacable leyenda del coronel Zuluaga. Todo se complica cuando la hija del capitán desaparece con uno de los locales. Dinesen cambiará así su objetivo y cabalgará para encontrarla. Desde el mismo título de la película, desarrollado al inicio del film con un pequeño inserto en intensas letras rojas, hasta el devenir argumental de la historia identificamos una suerte de voluntad de querer poner los pies en la tierra. El anhelo de descubrir ciudades imaginarias o desiertos lejanos se enfrenta a la dura realidad del sentimiento más básico de un padre. Pero la nueva búsqueda que emprende el capitán le conducirá a esos lares desconocidos, ásperos y casi lunares donde el mismo camino le llevará a abstraerse del mundo que le rodea. En definitiva, su intento de mundanidad le catapulta a los recovecos más desconocidos del significado de la existencia. Lisandro Alonso, a través del misterioso personaje de Ghita Nørby con el que se topa el protagonista en la cueva, nos conducirá a preguntarnos qué es lo que mueve a los hombres, qué es aquello que los hace avanzar. Alonso coloca así a Dinesen en el centro del ring para recibir golpes de realidad y contemplación. La confrontación de la acción fútil de su protagonista contra la abstracción poética de sus pensamientos plasmados en imágenes tiene como resultado una construcción filosófica del ser humano en el cine que coloca a Alonso a la altura de directores como Tarkovski o Bergman. En realidad, Jauja puede que sea lo más parecido a un western en manos de Bergman.

    Jauja

    Jauja

    Jauja

    Lo humano frente a lo inabarcable

    Pero la comparación con los directores ruso y sueco va mucho más allá del campo temático. Alonso apuesta por un composición pictórica del plano entendida como un cuadro de 4:3 con las esquinas redondeadas donde los humanos mantienen conversaciones en apariencia poco trascendentes en medio de un vasto horizonte. La imagen que abre la película es buena muestra de ello. Dinesen, de espaldas, y su hija Ingeborg, de frente, sentados sobre una roca en medio de la nada hablan sobre los deseos de ella de volver a Dinamarca y tener un perro que la siga a todas partes. La fuerza de la luz, el juego evolutivo de la paleta de colores de la Patagonia (del verde intenso de la hierba y el azul cristalino del cielo y el agua que vemos al inicio del film hasta el negro carbón del paisaje volcánico y la cueva del desenlace) y el aspecto de daguerrotipo que le aporta la construcción del marco a la imagen crean el lienzo perfecto para el desarrollo poético-filosófico del que hablábamos anteriormente. No cabe duda de que su potencia visual viene determinada por la excelente labor de Timo Salminen, director de fotografía de cabecera de Kaurismäki.

    Sin embargo, si hay algo que sobresale de la puesta en escena de Jauja es su enfrentamiento entre el humano y el paisaje. La referencia a Ford aquí es indiscutible. Si antes indicábamos que un western bergmaniano se parecería irremediablemente a Jauja, también podemos afirmar que no podríamos entenderla sin un clásico como Centauros del desierto. Podemos ver similitudes en el argumento (Dinesen busca a su hija en la Patagonia y Ethan Edwards busca a su sobrina en el sur norteamericano), pero sobre todo destaca el dibujo que hacen ambas de la silueta solitaria del ser humano frente a un entorno inabarcable. El hombre es un pobre juguete (un soldadito de madera) abrumado por la profundidad de campo. Jauja encuentra su lugar narrativo entre el lejano horizonte y el rostro humano en primer termino; transcurre dentro del breve espacio de tiempo en el que un jinete cabalga tranquilamente desde lo alto de una lejana colina y pasea de manera elegante frente a nuestros ojos. La elección de un montaje pausado junto con la composición plástica de la imagen dotan a la película del filtro necesario para digerir y saborear toda la carga de mensajes que encierra.

    Me parece bastante sano y muy positivo que Jauja haya provocado tantas discusiones, tantas preguntas. He viajado con la película a muchos países, participando en coloquios con públicos diversos, y en cada ocasión sentí un gran interés por lo que habíamos creado con Lisandro Alonso. Creo que esta historia marca un antes y un después para su cine, siendo la más ambiciosa de las cinco películas que ha hecho, trabajando por primera vez con actores profesionales, con un fotógrafo europeo como Timo Salminen, colaborando con un escritor, Fabián Casas, y construyendo un cuento para el cine con un hilo narrativo más fuerte de lo que tiene acostumbrado seguir en sus trabajos anteriores. También utiliza música ajena a la banda sonora por primera vez, y, en general, ha rodado secuencias más complejas con respecto al número de tomas, planos y contraplanos utilizados. El desenlace de la película me gusta. Tiene más de una posible lectura, y me parece muy bien que el espectador pueda “completar” la historia a su manera. Los grandes artistas provocan preguntas, pero no dan respuestas. Entrevista a Viggo Mortensen.

    Lo metafísico frente al tiempo

    Y por si todo esto nos pareciera poco, Alonso se guarda un as debajo de la manga. Hacer cine es arriesgarse, y no hay cine sin riesgo. El final de Jauja es un salto mortal con doble tirabuzón del pensamiento. Una carambola fílmica que proyecta la película hacia confines imprevisibles. Cuando el capitán Dinesen encuentra a la vieja que habita en la intensa oscuridad de una cueva junto a un perro herido, todo empieza tambalearse. Con una simple conversación en la que ella comete pequeños errores, como confundir el tiempo futuro con el presente o la tercera con la primera persona, el director argentino nos ahoga en un mar de preguntas sin respuesta. ¿Es acaso esta vieja mujer la hija del capitán? ¿Estamos ante un diálogo desprovisto de toda lógica temporal? ¿O quizás todo ha sido un sueño de la niña que despierta pocos minutos después en un castillo danés en la actualidad? Una niña que, por cierto, tiene un perro herido que la sigue a todas partes mientras ella busca a su hermano. Una niña que, además, con sus juegos nos devolverá a la Patagonia del siglo XIX… ¿cerrando así el círculo o puede que dejándolo más abierto aun si cabe?

    Demasiadas preguntas. Pero, ¿son necesarias las respuestas? La sutileza inteligible de Alonso le permite soltarse de cualquier atadura y evita ponerle puertas al campo patagónico para que su discurso consiga expandirse y alcanzar tantos significados como le queramos dar. Por eso sería injusto intentar encontrar respuestas a aquello que no podemos abarcar, como el tiempo. Y es justamente el tiempo, el elemento último de dispersión y divertimento de Jauja, el que nos dirá si la atemporalidad que parece alcanzar la cinta perdurará con el paso de los años. Pero, puestos a arriesgarnos, creo que va a ser muy difícil equivocarnos si afirmamos con rotundidad que Lisandro Alonso acaba de filmar una película infinita.

    El fulgor efímero

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