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    Crítica en serie | Black Mirror: White Christmas

    Black Mirror: White Christmas

    Las trampas de la mente

    crítica a Black Mirror: White Christmas (2014-).

    Especial de Navidad | Channel 4 | Reino Unido, 2014. Director: Carl Tibbetts. Guión: Charlie Brooker. Reparto: Jon Hamm, Rafe Spall, Oona Chaplin, Janet Montgomery, Rasmus Hardiker, Natalia Tena, Dan Li, Gráinne Keenan. Fotografía: George Steel. Música: Jon Opstad.

    La noticia de que Charlie Brooker había decidido escribir, por primera vez desde su estreno en 2011, un especial de Navidad para Black mirror se supo el pasado verano, y fue sin duda una de las mayores alegrías del momento. Casi dos años después de la segunda temporada, la antología de terror tecnológico por excelencia regresa a nuestras pantallas con el relato más largo hasta la fecha y aquel de narrativas más condensadas. Hasta cuatro historias tienen lugar de forma interconectada a lo largo de estos estupendos 74 minutos de metraje, y es mérito del guionista que cada una de las tramas fluya con independencia y sin trompicones de ritmo. Si las seis historias contadas hasta la fecha en Black mirror acreditaban a Brooker como un maestro del relato portátil, White Christmas lo lanza a otra dimensión. Tiene menos de media hora para contar cada una de estas parábolas sobre los avances tecnológicos, y lo logra sacar adelante con nota. Todo es entendible sin ser obvio, y los múltiples giros de guión están muy bien dosificados. El mejor ejemplo de esto se da en la primera de las historias, la relación entre Harry y Jennifer en una fiesta de empresa y una lección de narraciones cruzadas y capacidad de desasosegar con un cambio sutil de tono.

    Con la dirección de Carl Tibbetts, responsable del mejor capítulo de la serie hasta el momento, White bear (2.2), el creador empieza su narración lanzando al espectador a lo desconocido. Un hombre se despierta en una cabaña sitiada por la nieve y sus haces de luz blanco y se dirige hacia la cocina, donde otro hombre cocina un almuerzo navideño. Sus gestos, palabras y actitudes nos informan de que están atrapados en el lugar desde hace un lustro, y que el primero no habla mucho con el segundo. Son Potter y Matt (espléndidos Rafe Spall y Jon Hamm), y por la insistencia del segundo, vamos a saber cómo acabaron en esa especie de sitio de castigo. Y lo que sigue es lo que ha hecho de Black mirror una de las series más especiales de los últimos años: la descripción de un futuro cercano donde la tecnología está integrada en la sociedad hasta límites malsanos. En este caso, todos los protagonistas tienen puestas de manera permanente unas lentillas Zed, que permite no solo alterar la vista sino bloquear a la gente en la vida real. Este bloqueo, crucial en la historia, impide a la gente a la que se le impone hablar y escuchar a la persona que lo ha impuesto, además de verlos como una silueta indeterminada. También está presente la perversión de la función de las lentillas con una conexión externa que permite compartir la visión, que es a lo que se dedica Matt, o también la posibilidad de hacer una copia de uno mismo en forma de inteligencia artificial, ya sea para ayudar a controlar tu vida o con fines más oscuros. La descripción de estos procedimientos y lo realistas que parecen son el fuerte de la serie, cuyos responsables han sido siempre capaces de crear una atmósfera inquietante y limpia. Como la narración está capitaneada por el personaje de Hamm, que curiosamente declaró su admiración por la serie en una mesa redonda para The Hollywood Reporter hace unos meses, gran parte de la peripecia tiene un tono de sorna, porque Matt es un personaje cínico que está de vuelta de todo.

    Black Mirror: White Christmas

    La naturaleza de la serie –cada entrega es una historia nueva e independiente de la anterior– crea siempre unas expectativas sobre cada nuevo capítulo que seguramente sean algo desproporcionadas, habida cuenta que muchos solo esperan lo nuevo para regodearse en apuntar lo malo que es. White Christmas es un capítulo especial de Black mirror, y como tal hay que apreciarlo en su carácter novedoso, con una sólida arquitectura narrativa y ante todo verlo como un entretenimiento altamente inteligente. Y como siempre pasa con Brooker también, el asunto tiene moraleja, y los protagonistas pagan por sus infracciones con los avances que les han sido dados. En un momento televisivo como el actual, donde la audiencia se ha acostumbrado a que haya crimen pero no tanto castigo, y esto funciona como fantasía ideal para muchos, existen guionistas que condenan pero de manera ambigua, dejando en manos de cada uno el decidir si la pena es proporcionada. Lo que deja claro, una vez más, esta nueva entrega de Black mirror es que la serie funciona como cuento aleccionador y completamente creíble de lo que somos capaces de hacer las personas en nuestro afán por integrar la tecnología en nuestra vida, todo en pos de facilitarnos la existencia. Si algunos podrían discutir que esto no tiene nada malo, un vistazo al comportamiento humano revela que lo que cuenta Brooker pasaría tarde o temprano. El creador nos felicita las Navidades con una advertencia, un cuento envenenado que acaba tratando sobre los recovecos de la memoria y la negación de un suceso traumático. Y trata todos estos temas sin que nada chirríe y tenga pleno sentido. | |

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla


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