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    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    La vulgar pestilencia de Stephen Daldry

    Trash

    Lo encontrarán regalándole, tahúr, una sonrisa de Gioconda a su hijo Tim. Asegura que es posible viajar en el tiempo, que él mismo ha viajado unas cuantas veces y por ello no le gustaría marcharse de este mundo (sufre una enfermedad irreversible) sin confiarle a su chaval ese extraño don común a todos los varones de su familia y que ha de empezar a usar Tim con inteligencia y buen juicio, pues no hay mayor responsabilidad que poder moverse a través de las diferentes épocas ya vividas. Rebobinar para modificar, más o menos tangiblemente, los tropiezos y así repetir el chiste que salió con hipo en 2003. Viajar veinte minutos al pasado y pulsar al fin la tecla adecuada, que podría a su vez deconstruir la realidad presente. Porque dice el padre, ese mod con la elegancia en el bolsillo llamado Bill Nighy (Love Actually, Radio encubierta), que es posible viajar en el tiempo y esta conversación ya la hemos mantenido con anterioridad, y sí, fue un desastre. Así y todo, conviene reivindicar la sacarina de Una cuestión de tiempo, en cuyo guión Richard Curtis —prócer de la comedia romántica con satén y verbo yuppie— se abandonaba a un realismo mágico sin imposturas, donde hombre y mujer apenas sobrevivían no ya a la rutina devoradora de chascarrillos mil veces contados, sino el uno al otro. Y aun a riesgo de que apareciese Mary (Rachel McAdams) portando una de sus características muecas Kinder; Curtis se imponía en parte gracias a esos dos nostálgicos, Tom & Dad, jugando al ping-pong mientras dibujaban mentalmente puntos mejores, el smash final antes de huir quién sabe hasta qué set. O en qué superficie. Quizá un cuarto de escobas desde donde viajar al instante en que quisimos ser Nijinsky: bailarines de ballet en un pueblo minero en huelga, con la turba al rojo vivo y soltando hostias como quien liquida el último trago de pitarra. A merced de un padre estricto, muy varonil, de nudillos rasposos y que para nada quiere que su Billy crezca entre tutús como uno de esos truchas del Bolshói. Quiere verle boxear. Que baile, sí, pero sobre la lona. Cabeza fría y jab eléctrico al mentón e invitar al adversario a dormir la de Pacquiao contra Juan Manuel Márquez o, si ustedes son veteranos, la de Sonny Liston vs. Ali en el St. Dominic's Hall de Maine. Un hombre el tal Jackie, en fin, muy padre: triste por las circunstancias y por la puta vida, que te cose a gorrazos con una facilidad pasmosa.

    Billy Elliot descubrió al gran público a un director, Stephen Daldry, aparentemente estimable cuando enfrenta sentimientos tan íntimos como la orfandad y la ulterior búsqueda, la depresión y la locura, el coraje que exige la diferencia en tiempos convulsos, transgredir la ortodoxia y aún sentirse rey rodeado por estetas que prestigian la línea sobre cualquier otra cuestión mundana, el amor furtivo entre amantes imposibles; situaciones todas ellas para especialistas del tono dramático. Si bien Daldry no es inocente de haber insertado el dedo en el ojo del espectador más frágil, que se regala una lágrima al tiempo que echa pestes de todo lo habido a su alrededor. Ese anuncio de la tragedia que en el particular mundo de Virginia Woolf —protagonista de Las horas—, se presume lógico y deviene reloj cuya arena, silbando finamente, no sólo no se acaba nunca sino que sigue mezclándose con más y más arena, y abajo con Las olas de la propia Virginia, quien una vez escribió: "Con qué satisfacción cierro las ventanas y me niego a recibir otras presencias". Ya ven que el tiempo todo lo relaciona y todo está relacionado con el tiempo, cuya letra última ofrece la posibilidad de colarse por un túnel que, esta vez, conecta a Stephen Daldry con Richard Curtis; director y guionista de Trash - Ladrones de esperanza. Premio del Público en el Festival de Roma 2014 aun con algunas de las ideas más torpes y clasistas —porque sí, porque todo vale y los buenos son muy buenos y los malos muy malotes— que se han visto en el cine reciente. Así, como un jarro de agua helada, me cae el nuevo filme de este demagogo de parvulario en que se ha convertido Stephen Daldry (no he leído la novela de Andy Mulligan).

    Trash

    Estamos en Brasil. En un vertedero. Sol y piernas curtidas y tufos terribles taladrando la pituitaria. La mejor ola surge del último camión. Si la surfeas desde arriba, estás jodido. Y si no, también. Hay montañas de basura y de cuando en cuando la mugre es sepultada por un alud de mugre aún más consistente. Algunos muchos trabajan buscando objetos de un cierto valor entre esa costra impenetrable de plástico, vidrio, cáscara de fruta, papel mojado, aceite y toda clase de utensilios sin nombre, ya rotos u oxidados y con virus en la madera y el metal. Algunos muchos son niños obligados a trabajar porque no tienen más remedio: o rascan unos reales de la mierda para sobrevivir, o se mueren en sus chabolas. Y digo chabolas porque los protagonistas de esta película no viven en favelas, aunque las visitarán durante su esprint, sino en los camastros chabolistas que dispone una ONG en ese barrio marginal de Brasil, a varios kilómetros de la playa en donde, arguyen, se puede vivir a cuerpo de chulo pescando y abriendo chiringuito. Uno de los chavales vive en las alcantarillas; es un apestado porque tiene una enfermedad cutánea. Verdaderamente esto no es relevante, pero el canijo esconde entre sus pertenencias una pantalla con el juego Donkey Kong. Y funciona. Y eso sí es noticia. Allí se erige un cura al que da vida Martin Sheen con alicatado de religioso bonachón que llora siestas de cocodrilo y es más protestante que su tocayo Martín Lutero; y junto a él una profesora yanqui (Rooney Mara) que sonríe tímidamente y realiza unos clips que ya quisieran muchos graduados en Audiovisuales. ¿El problema? Un político corrupto, un pasma torturador y un fiambre a la hora del vermú. ¿La solución? Para Curtis y Daldry, confeccionar una especie de Ciudad de Dios Teletubbie con muchos millones de por medio, a espuertas, como en Slumdog Millionaire pero más realista que reality, y sazonar el discurso con un toque de Robin Hood (sí, tú, populista/chavista/bolivariano/proetarra/antisistema... ¡Satánico!) que sale en la foto arrojando billetes desde el cénit de un estercolero.

    Trash - Ladrones de esperanza cuenta una historia kitsch, zafia e inverosímil sobre tres niños que, sin medios ni influencia, luchan contra Goliat porque "es lo correcto" y los pobres son siempre legales y sus contrarios unos estólidos sin aristas. De ahí que ni siquiera su aseada factura visual (el uso de la música, subrayando insistentemente acciones supuestamente ¿redentoras?, es cuestión aparte) me ayude a empatizar con los tres outsiders. Daldry, que es un reputado director teatral y conoce los mecanismos de la psique, incurre aquí en el fallo peor: banalizar la problemática brasileña con vagos apuntes de sociología cavernaria. Tal es el desconocimiento con que envuelve esta aventura dickensiana; quién sabe si la cristalización de una condescendiente metáfora sobre huerfanitos soñados en Jauja.


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid



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