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    Los 39 escalones, de John Buchan (1915)

    Los 39 escalones

    Espías en el páramo

    crítica a Los 39 escalones (The 39 Steps, 1915), de John Buchan | Editorial Planeta.

    “- Perdone- dijo-, esta noche estoy un poco nervioso. Verá, da la casualidad de que en este momento estoy muerto.” (p. 10)

    Si uno enreda un rato por internet buscando información acerca de John Buchan, y creedme que yo he perdido poco tiempo con esto, enseguida se descubren cosas curiosas sobre él, o al menos que a mí se me antojan tales. Porque confieso que me sorprendió saber que este autor que no ocultaba su condición de escritor de novelas baratas de acción y espionaje resulta que fue un reputado político y diplomático. Carreras hoy que apestan a más no poder, pero que a principios del siglo XX quizá no tanto. Incluso puede que fueran hasta honrosas. Así, Buchan llegó a ser gobernador de Canadá, miembro del parlamento escocés (su tierra natal) y administrador colonial en Sudáfrica. Como no he leído otras obras suyas, sólo me limitaré a decir que estas actividades tienen su reflejo en la que quizá sea su novela más conocida, Los 39 escalones (The Thirty-Nine Steps, 1915), debido sobre todo a la apasionante adaptación cinematográfica que de ella realizara el director Alfred Hitchcock en 1935. Hay espías corriendo de un lado a otro, políticos que no se enteran de nada, relaciones diplomáticas entre países que quieren evitar una guerra y otros que quieren iniciarla, muertos que hablan, gente disfrazándose más que Mortadelo, casualidades sin cuento y, en fin, un puro descacharre que en algunos momentos se torna dislate, pero que nunca deja de resultar entretenido. Eso sí, el primer capítulo es sensacional. Lástima que pronto pierda fuelle.

    Este brillante episodio inicial está plagado de frases ingeniosas y muestra un planteamiento de la trama que se desarrollará después que no puede ser mejor. Imposibles complots con la acción y la diversión bien conjuntadas, en armoniosa relación, servidas por el punto de vista en primera persona del narrador, Richard Hannay (personaje que aparecería en seis novelas posteriores de Buchan, protagonizando cuatro de ellas), que derrocha todo su optimismo y su buen humor con un ingenio digno de admiración. Y de regalo, el muerto que habla del que incluyo una cita al principio. Hay más y sin parar en este trepidante comienzo. Hannay lleva tres meses en Londres y se muere de aburrimiento: “Di media corona a un mendigo porque le vi bostezar; sufría del mismo mal que yo.” (p. 9) Acaba de llegar de Sudáfrica donde estaba acostumbrado a una vida de acción y la City lo hunde en la monotonía y el hastío. Cuando se plante ante él la posibilidad de sentir el peligro, no lo rechazará: una manera perfecta de hacer creíble la delirante premisa inicial. Su carácter vital y optimista le lleva a aceptar la aventura con alegría y un sentido del humor admirables pues pronto dejará de aburrirse.

    Los 39 escalones
    Los 39 escalones (The 39 Steps), de Alfred Hitchcock. 1935.

    Buchan también se sirve de la personalidad de su protagonista para eludir explicaciones engorrosas. En cuanto sabemos lo fundamental, los personajes que desenvuelven la trama pueden seguir hablando cuanto quieran, que como Hannay se aburre deja enseguida de escuchar, por lo que nunca llegamos a conocer de verdad todos los detalles: los que no nos importan, ésa es la verdad. Si el narrador deja de escuchar, el lector deja de saber. Y todo porque a Hannay no le interesa la alta política, como llega a afirmar, lo cual nos deja sólo con la parte emocionante: por qué debe huir, su gran escapada y la persecución implacable a la que lo someten tanto los espías alemanes como la propia policía inglesa. Del resto, basta con saber que estamos ante una intriga internacional con anarquistas, judíos y alemanes deseando provocar la guerra dando así inicio a un desastre mundial del cual sacar provecho. No sólo se aburre Hannay cuando, en muy pocas y breves ocasiones, Buchan va más allá con las explicaciones: el lector también se aburre. Así que nada, a correr y a pasar de una aventura a otra con velocidad de crucero.

    Ya he comentado que la novela va perdiendo intensidad según vamos viendo su final, pero también que nunca deja de entretener. Sobre todo porque jamás pierde el sentido del humor. Aunque la persecución por los páramos que ocupa el grueso de la novela tiene buenos momentos, la repetición del esquema narrativo de encontrar a unos y otros personajes que le ayudan o no en su camino se agota enseguida. Pero claro, cuando uno empieza medio a aburrirse llega el jefe de los espías y nuestro gran Hannay reflexiona de modo tal que uno no tiene sino por fuerza que entrar de nuevo en la trama. Hannay dice del perverso jefe de los conspiradores que “Tal vez hubiese sobornado a la policía local. Con toda probabilidad tenía cartas de varios ministros diciendo que debían darle toda clase de facilidades para conspirar contra Gran Bretaña. Así es como hacemos la política en la madre patria.” (p. 90) ¡No me digáis que no está genial!

    Los 39 escalones
    Los 39 escalones (The 39 Steps), de Alfred Hitchcock. 1935.

    Hay momentos en los cuales la novela toma una deriva claramente folletinesca, como cuando los malos encierran a Hannay en una bodega… ¡repleta de explosivos! Ya podéis imaginar lo que tarda en escapar. Estos detalles quizá molesten a un amante de la intriga bien elaborada. Pero justo una intriga cerrada es lo que a Buchan no le interesa, prefiriendo en todo momento la acción a la reflexión. Cuando reflexiona lo hace a través de los mordaces comentarios de Hannay, lo cual lleva a que uno olvide lo inverosímil de la sucesión de encuentros y casualidades que se amontonan en su huida. La ambientación desarrollada justo antes de que se desate la Primera Guerra Mundial juega también a su favor: impregna de peligro cada detalle de la acción pues no se trata tan sólo de que Hannay debe salvarse a sí mismo, sino que debe evitar a toda costa que estalle el conflicto. Ya era tarde en la realidad, por desgracia. A nadie debe sorprender pues que Buchan conceda la victoria a su personaje aunque en definitiva su esfuerzo no sirva para nada. Lo excelente radica en que nos lo hace ver en un solitario párrafo.

    “Después me agencié un cadáver; en Londres siempre puedes conseguir un fiambre si sabes dónde buscarlo.” (pp. 16-17) Sirva esta sentencia de Richard Hannay como colofón: una novela con frases así sólo puede conseguir nuestra admiración, por mucho que al final acaben siendo menos de las prometidas.

    José Luis Forte
    redacción Cáceres


    Los 39 escalones
    The 39 Steps
    de John Buchan (1915)
    editorial | Planeta
    ISBN | 84-320-8639-8
    nº de páginas | 155
    encuadernación | rústica
    colección | Best-Sellers Serie Negra, 29
    ★★★★

    El fulgor efímero

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