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    Crítica | Elena, de Andrei Zvyagintsev

    Elena, de Andrei Zvyagintsev

    Hasta en las mejores familias

    crítica a Elena (2011), dirigida por Andrei Zvyagintsev. | ★★★★ |
    | CICLO ANDREI ZVYAGINTSEV |

    Elena es una historia oscura que comienza y acaba de manera visualmente circular, a través de una imagen casi idéntica, de simbolismo premonitorio y anodina cotidianidad. Un plano sostenido apuntando hacia la ventana blanca de una vivienda lujosa y moderna, mientras una rama más cercana al objetivo de la cámara se zarandea, y el invierno del comienzo del filme precede al del final. ¿Qué cosas habrán sucedido tras el cristal entre uno y otro, se preguntarán? Pues la autopsia emocional e intimista de una familia corriente, simple, vulgar, con sus guerras y sus redenciones. Con este simple encuadre estático, donde un cuervo ejerce de metáfora sutil, arranca Andrei Zvyagintsev un intenso drama familiar abocado al thriller, que sin emitir juicios y desde una objetividad gélida e implacable, desentierra un buen puñado de reflexiones morales, posturas vitales antagónicas y toneladas de pesimismo crónico. El director ruso, considerado uno de los mejores creadores cinematográficos de su país desde su debut en 2002 con El regreso, con el que logró hacerse con el León de oro en Venecia, nos sitúa mediante este largometraje en torno a la vida y a las duras decisiones de Elena, una madre entre la espada y la pared, guiada por el instinto de supervivencia y el amor ciego y desmedido hacia su hijo alcohólico. Gracias a este relato de alta tensión fue premiado con el Premio Especial del Jurado en la sección Un certain regard del Festival de Cannes en 2011, año en que se estrenó esta obra. 

    Nos enfrentamos a un ritmo de cocción lenta determinado por la estructura de la propia trama y acentuado por la escueta y minimalista banda sonora de Philip Glass, una repetitiva instrumental de cuerda a modo de pulso cardíaco que preludia el fatalismo inminente. Elena es una mujer humilde de edad madura y origen proletario, casada en segundas nupcias con Vladimir, un hombre millonario, de talante egocéntrico y espíritu autoritario. La dicotomía evidente entre ambas clases sociales es la primera confrontación visible en la historia, con un trasfondo subyacente extrapolable al contexto político y a la crítica de unas supersticiones e imperativos religiosos que siguen coexistiendo en esa Rusia a veces rancia y violenta que un siglo después de su revolución, no ha sido capaz de alcanzar de pleno la modernidad. Por eso, el argumento alcanza a su vez una doble vertiente: la intimista y personal, encargada de poner sobre la mesa el cúmulo de reproches, intereses y conflictos en el seno de una familia abordada como institución decrépita, donde los miembros se comportan como cuervos de depauperada moral o alimañas despiadadas, y, por otro lado, una ácida sátira social, que dibuja la Rusia consumista y hedonista del libre mercado que hincha el bolsillo de los ricos y vapulea al pobre hasta el precipicio sin misericordia.

    Elena, de Andrei Zvyagintsev

    El compendio de personajes estrangulará nuestra empatía y generará nuestro desprecio por su egolatría, sus equivocaciones, su falta de sensibilidad y su avidez de lujo, pero nos permitirá replantearnos los valores devaluados de la vida moderna y la incomunicación de una nueva generación desengañada y triste, absorbida con desgana por las luces del televisor. En primer lugar, como eje vertebrador entre los diferentes protagonistas, tenemos a Elena, sobriamente interpretada por Nazehda Markina, cuya relación conyugal en nada se asemeja a un matrimonio al uso, sino a una desangelada sumisión, como si él se tratase de un jefe, un patrón o un señor feudal, y ella una simple criada doméstica. Todo ello implícitamente ligado a la obtención de dinero para el hijo y los nietos de Elena, razón por la cual ella calla y otorga en silencio. Su modesta pensión apenas alcanza para la supervivencia de su primogénito y sus allegados. Pero ahora su nieto adolescente se debate entre el ejército o la universidad, opción que requeriría una importante ayuda financiera. Así pues, el complejo personaje de Elena se trata de una madre ciega de afecto, de rabiosa inteligencia, movimientos calculados, y un pie puesto en cada uno de ambos mundos antagónicos: es beneficiaria de la riqueza de su marido, pero testigo de la austera vida de Sergéi, tosco, parado y holgazán, residente en un suburbio y demasiado amigo de la botella de vino. La secuencia inicial de la película dispone con elegancia el rol que desempeñan las dos piezas del matrimonio, que si bien se conocieron en el pasado como enfermera y paciente, continúan desempeñando exactamente los mismos papeles en el contexto hogareño. Tras sufrir el patriarca un infarto en la actualidad, el detonante del conflicto lo constituye la redacción del testamento, que el terco e inquebrantable Vladimir quiere redirigir hacia su hija Katja, una joven snob y rebelde que detesta a su padre y cuestiona con insolencia todas sus ideas. Mientras que Vladimir reniega socorrer a esa facción de la familia que no considera suya, Elena maquina la treta para que el caudal de dinero se desvíe hacia sus seres más queridos, y así se va construyendo un cuento negro y tensional sobre la supervivencia, la lucha de poderes y sobre todo, el egoísmo como motivación más primitiva de los individuos contemporáneos.

    Elena, de Andrei Zvyagintsev

    A lo largo de esta historia, Andrei Zvyagintsev hace gala de un lenguaje cinematográfico fluido, meticuloso y lleno de simbolismos, enfatizando mediante extensos planos secuencia la diferencia abismal de ambientes, el contraste agudo entre el lujoso piso de Vladimir y el angosto y opresivo apartamento de Sergéi situado en un barrio obrero de las afueras de Moscú. De esa desigualdad irreconciliable entre clases sociales parten la rabia y el amor incondicional y desmedido de Elena por su hijo, la postura paternal irresponsable y absurda de su marido, el narcisisimo y la inconsciencia de Katja y la apatía y el salvajismo violento de la familia de Sergéi. Todo ello enlazando silencios crudos y violentos, diálogos que anticipan el fatalismo, e imágenes que concentran una inusitada violencia, como si la envidia y la codicia fuesen dos enfermedades que progresivamente van pudriendo a los protagonistas de esta fábula, desangrando las penurias de sus protagonistas a través de la nieve y los espacios claustrofóbicos. El aura de tragedia inexorable y la oscuridad densa al más puro estilo de la tradición literaria rusa se pueden percibir claramente en cada secuencia, y al final nos quedaremos hundidos en el sofá, con el cuerpo más pesado, la cabeza revuelta y la sensación de haber presenciado una gran obra cinematográfica. Nos preguntaremos también si cada familia es una cruenta bandada de cuervos completamente ajena, con tal de salvarse, al hambre y a las emociones del resto.  | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    Rusia, 2011, Elena. Director: Andrei Zvyagintsev. Guión: Oleg Negin. Productora: Non-Stop Production. Música: Philip Glass. Fotografía: Mikhail Krichman. Reparto: Nadezhda Markina, Elena Lyadova, Aleksey Rozin, Andrey Smirnov, Evgeniya Konushkina, Igor Ogurtsov. Presentación oficial: 2011: Festival de Cannes: Premio Especial del Jurado (sección "Una cierta mirada"), 2011: Festival de Sevilla: Mejor actriz (Nadehhda Markina) (ex-aequo).


    Póster: Elena, de Andrei Zvyagintsev
    El fulgor efímero

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