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    Crítica | La isla mínima

    La isla mínima

    Misterio en las marismas

    crítica de La isla mínima | dirigida por Alberto Rodríguez, 2014

    El cine español está de enhorabuena. Las películas de género (policíaco) facturadas en nuestro país están alcanzando unas cotas de solidez narrativa y visual que callan muchas bocas que, durante años, han cuestionado la capacidad de nuestros cineastas para entregar productos de cine negro que puedan competir de tú a tú con las producciones extranjeras. En los últimos años hemos tenido admirables ejemplos como La caja 507 (Enrique Urbizu, 2002), La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2006) o Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), que sirvieron para derribar tan estúpidos prejuicios. Este 2014, dos impactantes thrillers compiten por ser el título español del año: la muy taquillera (y estupenda) El niño de Daniel Monzón y La isla mínima, salto de gigante para su interesante director, el sevillano Alberto Rodríguez, tras obras tan estimulantes como 7 vírgenes (2005) o Grupo 7 (2012) –claro precedente estilístico del filme que nos ocupa–, que inauguró de manera triunfal la Sección Oficial del último Festival de San Sebastián y que acabó conquistando los premios a la mejor interpretación masculina y mejor fotografía.

    La historia de La isla mínima se enclava en un pueblo sevillano a orillas del Guadalquivir durante la recién instaurada democracia de 1980, cuando aún eran evidentes ciertos vestigios de los oscuros tiempos que vivió el país durante la dictadura. A este lugar llega, desde Madrid, una pareja de policías de homicidios convocada para investigar el caso de dos chicas adolescentes que desaparecieron sin dejar rastro durante la feria del pueblo. Algunos testigos las vieron por última vez subiendo a un coche en medio de la oscuridad de la noche. Juan, el más veterano de los detectives, es un tipo impulsivo, acostumbrado a ejercer la violencia sobre los sospechosos con tal de lograr información. Aficionado al alcohol y las prostitutas, su carácter primario contrasta con la contención y formas políticamente correctas del más joven, Pedro, que no verá con buenos ojos los métodos pocos ortodoxos de su compañero para resolver el misterio. A medida que ambos hombres se sumergen en la investigación, irán descubriendo una fauna de personajes que, bajo su aspecto de gente anodina, esconden numerosos secretos e intereses.

    La isla mínima

    Los ambientes enrarecidos y asfixiantes de las solitarias marismas en donde sucede gran parte de la acción, son un punto a favor con el que juega Rodríguez para dotar de una extraordinaria atmósfera a su obra. El tono costumbrista del que se empapa la investigación, con esos testigos y sospechosos, habitantes de un pueblo que pasa por serios problemas para subsistir y del que los jóvenes buscan cualquier vía de escape para poner tierra de por medio, convierte a la cinta en un efectivo retrato socio-político de toda una época (la Transición, en este caso), algo que ha estado presente, en mayor o menor medida, en los anteriores trabajos de su realizador. Visualmente, La isla mínima es un sobresaliente ejercicio de estilo en donde los escenarios naturales, exaltados por una monumental fotografía de Álex Catalán –espectaculares planos cenitales del paisaje, casi pinturas en movimiento– funcionan como un personaje más de la trama. Mucho se ha comparado a la película con la popular serie True Detective y lo cierto es que los dos agentes interpretados por Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo tienen mucho de la psicología de los encarnados por Woody Harrelson y Matthew McConaughey en el thriller de HBO, del mismo modo que el río Guadalquivir de La isla mínima se presenta tan tenebrosa como los pantanos de Luisiana. Rodríguez le imprime un ritmo pausado a la narración que, sin embargo, agarra al espectador desde los llamativos títulos de crédito iniciales para no soltarlo hasta su ambiguo y, por una vez, perfecto desenlace, que se atreve a dejar la puerta abierta a diferentes y espeluznantes interpretaciones. Un guión redondo, que cuida al milímetro cada pequeño detalle y dosifica con sabiduría las pistas a lo largo del metraje, sin descuidar las escenas de acción –hay un par de ellas impecablemente rodadas: una persecución a pie entre los arrozales y otra en coche a través de las nocturnas marismas–, solo necesitaba de los actores adecuados para hacer que el milagro tomara forma y La isla mínima se convirtiera en una gran obra para el recuerdo. Sin duda, el reto ha sido solventado con matrícula de honor.

    La isla mínima

    Raúl Arévalo, uno de nuestros actores jóvenes más versátiles, vuelve a estar genial en su hierática caracterización del idealista Pedro, mientras que Javier Gutiérrez se convierte en un claro favorito para ganar el Goya al mejor actor –cuenta con el ilustre precedente del Santos Trinidad de José Coronado en No habrá paz para los malvados (2011, Enrique Urbizu)– por su gigantesca actuación en la piel de Juan, sin duda, el personaje más fascinante, por sus múltiples aristas, de la función. Poco se puede decir a estas alturas de la probada eficacia de Antonio de la Torre que, en el rol de padre de las chicas desaparecidas, consigue robarse sus contadas escenas. Del mismo modo, la revelación de la cinta se llama Nerea Barros. Su enorme belleza, empañada por una mirada cargada de tristeza y hastío, le sirven para situarla como una de nuestras actrices a tener en cuenta en años venideros. Un puñado de rostros poco conocidos por el gran público se mete con inusitada verosimilitud en la piel del amplio espectro de secundarios que enriquece hasta extremos inimaginables la historia. Como reclamo involuntario, destaca la presencia de Jesús Castro, catapultado al estrellato y convertido en todo un sex symbol patrio por su protagonista en El niño. De todos modos, un título como La isla mínima no necesita de este tipo de publicidades gratuitas para hacerse un hueco en la cartelera. Se basta de su inmensa maestría y calidad para erigirse como la oferta que todo aficionado al buen cine debe tener en cuenta. | ★★ |

    Jose Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria


    España. 2014, La isla mínima. Director: Alberto Rodríguez. Guión: Alberto Rodríguez, Rafael Cobos. Productora: Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte Films. Fotografía: Alex Catalán. Música: Julio de la Rosa. Montaje: José Manuel García Moyano. Intérpretes: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros, Antonio de la Torre, Jesús Castro, Jesús Carroza, Manolo Solo, Cecilia Villanueva, Salvador Reina.


    El fulgor efímero

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