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    Crítica | Yves Saint Laurent

    Yves Saint Laurent

    Luces y sombras de la moda

    crítica de Yves Saint Laurent | Jalil Lespert, 2014

    En los últimos años, parece una corriente extendida en Francia la de rodar biopics de ilustres diseñadores de moda. Si en 2009 ya coincidieron en cartel dos películas que nos contaron la vida de Coco Chanel, siendo la más exitosa la protagonizada por una Audrey Taotou que optó a premios como el César o el BAFTA, en este 2014 vuelven a coincidir dos títulos que tienen como protagonista a otro genio del buen vestir como fue Yves Saint Laurent. Presentada en el Festival de Cannes, Saint Laurent de Bertrand Bonello parte como la apuesta más ambiciosa de las dos, con un reparto más internacional y una puesta en escena de más relumbrón. Por su parte, Yves Saint Laurent de Jalil Lespert, la cinta que nos ocupa, se presenta como el típico biopic al uso, académico y correcto en todos sus aspectos técnicos y artísticos, pero con cierto tufillo a telefilme. Sin embargo, sí tiene algo de lo que puede presumir y que no tiene la superproducción de Bonello: la aprobación de Pierre Bergé, socio y amante del diseñador desde los comienzos de su carrera en 1958 hasta su muerte en 2008. De hecho, Bergé es el otro gran protagonista de ambas obras, mostrándose los altibajos de una relación laboral y sentimental tan longeva como tormentosa.

    Saint Laurent nació en el seno de una familia adinerada de Orán, por entonces colonia francesa de Argelia. Desde pequeño sufrió el acoso de sus compañeros de escuela por su homosexualidad, al mismo tiempo que empezó a hacer gala de un don natural para el diseño de moda desde temprana edad. Gracias a la recomendación del responsable de Vogue, consiguió entrar a trabajar en el taller del gran Christian Dior, de quien fue sucesor como diseñador jefe tras su muerte en 1957, convirtiéndose en el modisto más joven de la alta costura francesa. En 1960 fue sustituido por Marc Bohan en su cargo, por lo que demandó a la empresa y con el dinero que recibió fundó su propia casa de costura, con la que cosecharía grandes éxitos hasta su retirada en 2002. Todo ello, con la inestimable ayuda de Bergé, cofundador de la marca y única persona capaz de controlar los constantes cambios de estado de ánimo de Saint Laurent (fue maniaco depresivo diagnosticado), así como sus continuos escarceos con el alcohol, las drogas y las malas compañías. Todas estas vivencias son retratadas en la película de Lespert con cierto cariño y respeto hacia la figura de su homenajeado pero sin omitir los episodios más escabrosos y problemáticos que hicieron tambalear su relación con Bergé. Yves Saint Laurent se recrea lo suficiente en los lujosos desfiles de sus colecciones y en sus éxitos más sonados dentro de la moda –aquellas mujeres vestidas de esmoquin– como para resultar un recorrido, más o menos exhaustivo de la primera etapa del modisto. Pero lo más interesante de la historia se encuentra entre bambalinas, con la complicada personalidad de un genio que, a pesar de estar en lo más alto en el terreno profesional, tenía grandes dificultades para ser feliz. A pesar de que Bergé fue el hombre de su vida, Saint Laurent tuvo multitud de amantes durante el medio siglo que ambos compartieron, del mismo modo que pasaba largos periodos de tiempo sumergido en profundas depresiones de las que solo parecía salir en primavera y en otoño. El filme habla de un tipo de relación autodestructiva, donde la dependencia –emocional y laboral– entre los dos hombres era el único motivo que les mantenía unidos. En este sentido, recuerda mucho a Keep the Lights On (2012, Ira Sachs), otro relato de temática gay también basado en hechos reales.

    Yves Saint Laurent

    Brillantemente musicalizado, el filme de Lespert no defrauda en su notable reconstrucción de la época, mostrando en pantalla en todo su esplendor las décadas de los 50 y 60. En la segunda mitad de la película se hace especial hincapié en las coloristas y desmadradas fiestas, la revolución sexual que se abría paso y el abuso de las sustancias que terminaron de desestabilizar la ya de por sí frágil salud mental de Saint Laurent. Pierre Niney, actor de particularísimo físico, está muy bien en su personificación del diseñador, sin caer en la caricatura fácil en momento alguno, mientras que Guillaume Gallienne –responsable del éxito francés Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (2013)– le da una inmejorable réplica como el más centrado Bergé. La química entre ambos se convierte en lo mejor de una propuesta que, desde el punto de vista narrativo, adolece de un ritmo irregular y una incuestionable falta de intensidad. Muchas veces, la excesiva corrección suele ser el mayor enemigo de este tipo de películas, necesitadas de las suficientes luces y sombras para hacer que el dibujo de su personaje resulte atractivo para el espectador. En el caso de Yves Saint Laurent da la sensación de que sus responsables, en un intento de no polemizar demasiado, se han quedado en tierra de nadie, una posición tan cómoda como tibia que la convierten en el claro caballo perdedor en su competencia contra la versión que sobre el mismo personaje ha ofrecido Bonello. | ★★ |

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    Francia. 2014. Título original: Yves Saint Laurent. Director: Jalil Lespert. Guión: Jacques Fieschi, Jérémie Guez, Marie-Pierre Huster, Jalil Lespert. Productora: SND / Wy Productions. Fotografía: Thomas Hardmeier. Música: Ibrahim Maalouf. Montaje: François Gédigier. Intérpretes: Pierre Niney, Guillaume Gallienne, Charlotte Le Bon, Laura Smet, Marie de Villepin, Nikolai Kinski.

    Póster Yves Saint Laurent
    Feelmakers

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