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    Crítica | La plaga, de Neus Ballús

    La plaga, de Neus Ballús

    La ficticia realidad

    crítica de La plaga | de Neus Ballús, 2013

    Neus Ballús flirtea, más bien juega, en su primer largometraje titulado La plaga (2013) con aquel aforismo de Aristóteles –disculpen la pedantería–: «la única verdad es la realidad». Le da mil vueltas. Sin demasiadas florituras. Con afán fronterizo. Construye un híbrido tan “real” como la vida misma. Un mixto mucho más honesto que un falso documental –tan en boga en las últimas semanas–. Si bien es cierto que la ficción es la verdad dentro de la invención, no lo es menos que el documental se presta a la distorsión y a la manipulación –pese a su vocación testimonial–. Queda en evidencia con cuestiones como la elección del enfoque, lo que se calla y lo que se dice, las horas de grabación “censuradas” en el montaje, el punto de vista con el que se aborda. Son infinidad los elementos que terminan diluyendo los límites entre un documental como extracto de a realidad y una película de ficción como invención imaginaria. La directora catalana, conocedora de la subjetividad inherente a la percepción, decide que la realidad se represente a sí misma. Esto es que los protagonistas se encarnen a sí mismos. Un emigrante aficionado a la lucha grecorromana, un agricultor, una prostituta, una cuidadora de ancianos y una nonagenaria –de recuerdos añejos y pinceladas vetustas– se cruzan día a día. Siguiendo el hilo conductor de una plaga que simboliza la crisis. Esa maldita(s) crisis. No solo económica(s). También las crisis melancólicas. Las crisis de la edad. Las crisis familiares. Las crisis de pareja. Un retrato coral en las lindes. Entre el campo y la ciudad, entre la juventud y la vejez, entre el nativo y el emigrado, entre la realidad y la fábula.

    La plaga, de Neus Ballús

    En ese mar de contradicciones, en el que se mueve La plaga, la cinta gana enteros. Sale fortalecida de su planteamiento. No podemos obviar que su punto de vista también es su principal hándicap. La ausencia de naturalidad en determinadas fases del relato rompe el embrujo. La armonía reinante parece resquebrajarse por pequeñas conversaciones impostadas –como la del emigrante y la prostituta, bajo el sol calcinador–. Independientemente de la artificialidad puntual, la cineasta natural del Mollet del Vallès –lugar donde transcurre la acción–, captura la vida con añeja madurez. Especialmente con cuatro de los cinco personajes. Sobre todo la anciana –María–. Una longeva mujer que inspira ternura a raudales. Adalid de otra forma de belleza sustentada en las líneas de expresión que arrugan la frente y, a veces, también el alma. Con cada sofoco, con cada pasito, con cada mirada se le escapa la vida. Eso duele. Decrépita y encogida, a medida que avanza el metraje, se alza como la reina de la decadencia. Auspiciada por la lucidez de la memoria y por su cuidadora de origen filipino. Que la asiste con la indolencia y la crudeza que proporcionan las fachadas. La procesión va por dentro. Ambas forman una pareja exótica y extrañamente divertida. Al igual que el tándem formado por Iure y su jefe Raül Molist. El primero vestido con traje de grandullón inocente, el segundo con máscara de tío duro. Son personajes de la vida. Se ven, se hablan, se conocen. Parece que no hay esperanza para ellos. Con la derrota como imposición y la resignación como filosofía de vida. Hasta la purga, el punto de inflexión. Las lluvias torrenciales, como halo de esperanza, abrirán las posibilidades. Se amansa al sol. Se purga la plaga. Hay cosas que chirrían, especialmente la prostituta, pero en líneas generales el resultado es bastante bueno. No es de extrañar, por lo tanto, que los premios Gaudí se rindiesen al encanto de esta cinta. Neus Ballús se alzó con siete de los once premios a los que estaba nominada su película.

    La plaga es un ejemplo más del buen momento que vive el cine documental. No es casualidad que directores de renombre alternen el cine de ficción con el documental –véanse Oliver Stone o Scorsese–. Más abierto a la innovación –sin pretensiones–, menos encorsetado. A su vez el público está asimilando con fluidez la tendencia. Sobre todo gracias a la destrucción, en el imaginario colectivo, del concepto de documental como un binomio tedioso (TVE2 y animales) o como sinónimo de siesta. Filmes como el oscarizado Searching for Sugar Man (2012), la nominada The Act of Killing (2013), Bowling for Columbine (2002) o Inside Job (2010) han aguantado el envite a las mejores películas de ficción de su año. De hecho la cinta sobre Sixto Rodríguez superó los 170.000 espectadores y la dirigida por Michael Moore rondó el medio millón. En España la situación también es digna de consideración, si bien es cierto que las circunstancias económicas son otras. Neus Ballús presentó su primer largo haciéndose eco involuntario de la inercia. Sin mayor límite que lo infranqueable. Bajo una máxima reveladora: Toda frontera real es imprecisa. Toda frontera inventada es diáfana. | ★★★ |

    Andrés Tallón Castro
    redacción Madrid

    España, 2013, La plaga. Director: Neus Ballús. Guion: Neus Ballús, Pau Subirós. Productora: El Kinògraf / Televisió de Catalunya. Fotografía: Diego Dussuel. Música: David Crespo. Reparto: Rosemarie Abella, Maribel Martí, Raül Molist, María Ros, Iurie Timbur.

    Póster de La plaga, de Neus Ballús
    El fulgor efímero

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