La naturaleza del hombre
crítica a Mandarinas (Mandariinid, Zaza Urushadze, 2014) | ★★★★ |
La coproducción estonia-georgiana Mandariinid (Tangerines, 2014) fue una de las cintas nominadas en la categoría de Mejor Película de Habla no Inglesa en este 2015, amén de serlo también para los Globos de Oro. La historia se desarrolla en los albores de los noventa, durante la guerra de Abjasia, que enfrentaba a Georgia con la región separatista que da nombre al conflicto. A pesar del peligro, un hombre estonio, Ivo (Lembit Ulfsak), resuelve quedarse en el pueblo en el que vive para ayudar a su amigo Margus (Elmo Nüganen) con la cosecha de mandarinas. No queda casi nadie, todos han vuelto a la república báltica. Un día frente a su casa, después de una escaramuza militar, dos soldados resultarán heridos e Ivo decide brindarles sus cuidados. Uno checheno —mercenario contratado por las fuerzas abjasias— y el otro georgiano. Ambos tendrán que compartir techo e Ivo buscará la manera de que no se maten entre ellos y de que no pongan en peligro su propia vida por haberles salvado. Con esta historia Zaza Urushadze consiguió la primera nominación al Oscar para el cine estonio. Con un relato lineal en lo argumental y lo narrativo, raso, sin artimaña alguna; apelando a eso que a veces parece olvidarse en el séptimo arte: contar una historia. Un humilde alegato antibelicista, palpable desde el primer minuto, pero que quizá se entienda mejor como una fábula sobre la bondad del ser humano en contraposición con su naturaleza violenta. O posiblemente, tan solo una parábola sobre la naturaleza del ser humano, para que cada uno determine de qué pie cojea nuestra especie.
Desde nuestra atalaya en el Cáucaso observamos, al son de una suave melodía folclórica punteada con lirismo (banda sonora a cargo de Niaz Diasamidze), la estupidez de la guerra. En una aldea prácticamente abandonada, en apenas hora y media, el realizador estonio expone, tirando de términos estadísticos, sus conclusiones generales para todos los enfrentamientos a partir del estudio de una muestra. Un par de casas, un par de amigos, un par de heridos, un par de bombas y unas cuantas aves de paso configuran las variables de un microcosmos que detalla una barbarie universal. Para muchos historiadores, humanistas e investigadores la civilización occidental tiene su acto fundacional en la Guerra de Troya, la guerra misma es considerada como algo inherente al ser humano. Un rasgo más que nos distingue de los animales. “El ser humano es el único primate que se dedica a matar a sus congéneres de forma sistemática, a gran escala y con entusiasmo” decía el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger en uno de sus escritos. No hay evidencia científica alguna que reconozca que somos violentos, parece exponer Urushadze. Es en esa afirmación final del director cuando cobran importancia la paleta de grises, apagados hasta entonces por el maniqueísmo de los tonos blancos y negros. Cualquiera puede “convenir” que el hombre es malo relacionando acontecimientos trágicos a lo largo de su historia. Pero el interrogante que proyecta Mandariinid es otro: si el hombre es malo por la evidencia de sus conductas (violaciones, homicidios…) ¿Cómo interpretar los axiomas contrarios que suponen los actos de indulgencia, caridad, amor y conciliación? Esa incógnita está supeditada en el filme a la evolución de los personajes (en especial la de ambos heridos) y al juicio que emita el espectador una vez los créditos se superpongan al plano general final.