'Transmentir' el caos
crítica de Jota Erre, de William Gaddis, 2013
Editorial Sexto Piso
Algún día, muchos eones después, una silueta desgarbada barrerá con indiferencia todas las calles habidas y por reconstruir. Momentos encapsulados que escapan a vista entre nubes de polvo y reflejos especulares, sin más refugio que una biblioteca donde aún se conservan dos libros, dos mil páginas para resumir lo que algunos definen filosóficamente como "condición humana". Los títulos, Moby Dick y Jota Erre, se diferencian en casi todo pero coinciden en lo más esencial: su talento a la hora de revelar los triunfos y las miserias que alimentaron al hombre durante su brutal existencia. Así, la figura sin rostro leerá con avidez la epopeya escrita por Melville y luego, iniciará el también monstruoso aunque explícitamente caótico —"¿Dinero...?" (...) "Papel, sí" (...) "Papel moneda" (...) "Bast, ¿está dando un curso de lectura rápida, Bast? (...) "La mayoría de los alumnos que completan el curso de Dinámicas de Lectura pueden leer entre mil quinientas y tres mil palabras por minuto, Bast, esto hay que oírlo. Tom, rápido, dele un libro"— artefacto de William Gaddis, cuya verbosidad allá por la página número uno te lanza una batería de obuses cargados de endorfinas más o menos malévolas que, muy lentamente a una velocidad apenas imperceptible, colmarán tu adormecido cerebro. Sin más y sumando palabras sin fin, como un rifle de saliva o, mejor, de tinta imposible de secar; ya que el autor parece inmerso (por seguir con la analogía bélica, ejem) en una batalla contra sí mismo, quizá un bucle sináptico que lo excita y lo incita a seguir excavando hacia el absurdo porque sólo en éste reside la verdadera cordura o el más certero análisis sobre el capitalismo que llegó-violó-venció, para pudrirse eternamente bajo una segunda piel todavía más hedionda. Así, Gaddis se mancha como sólo lo hacen los grandes maestros suicidas, con un ejercicio de estilo que aun dinamitando ya entonces, en 1975 (año de su publicación), la frontera que separaba la ortodoxia de una vanguardia tipo Joyce, William S. Burroughs o Kurt Vonnegut, logró también por épocas haciéndose el cadáver literario (su tardía traducción al español, eso sí, ha contribuido sobremanera a consagrar su estatus de outsider) no sucumbir a la marginalidad de que sería objeto inmediatamente a razón de su arquitectura —y a pesar de su National Book Award—. O, si se quiere, por la etiqueta que discrimina entre "autores de culto leídos" y "autores de culo repelidos".