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    Uruguay
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    El camino de vuelta

    crítica ★★ de Migas de pan (Manane Rodríguez, España, 2016).

    El cine, como todo artefacto humano, fue inventado a partir de una necesidad: la transmisión de conocimientos, la exhibición de paisajes emocionales o entornos inexplorados. Tales cuestiones hasta entonces pertenecían al territorio de la literatura, la pintura o la escultura. La construcción del cinematógrafo constituyó un punto de inflexión, desde luego; pero el proceso continuó siento el mismo, una consecuencia natural del desarrollo técnico de lo plástico, en confluencia con los instrumentos propios de las Artes Escénicas y la Música. En cualquier caso, las posibilidades divulgativas del lenguaje audiovisual, aun aparentemente renovadoras, cubren también funciones básicas casi atemporales. Conviene no olvidar que una historia narrada en la pantalla puede compartir más de un rasgo con la escultura en los templos católicos del periodo Románico. Es quizás la accesibilidad lo que la diferencie en mayor medida de las demás herramientas artísticas. La recepción es rápida y la inmersión, enorme —sobre todo en la sala oscurecida. Es quizás por esto que asuntos tan serios como la Memoria Histórica han fluido a través del celuloide: la necesidad de enfrentar el conflicto. Y en este proceso casi psicoanalítico existen precedentes imprescindibles que han respondido a una recuperación crítica de aquellos eventos en la categoría de lo infame —propaganda nazi aparte. Si el género documental es, por excelencia, el medio más afín (recuérdese, sobre todo, la monumental Shoah, de Claude Lanzmann), la ficción también ha prodigado sus esfuerzos en este tipo de inquietudes. Los estragos de la Violencia de Estado a lo largo y ancho del mundo son, a menudo, material básico utilizado en la producción cinematográfica. Y allá de los hechos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial, el más popular, existen otros sucesos históricos con los que rendir cuentas. La directora Manane Rodríguez (Uruguay, 1954) ha decidido plantar cara a uno de los más sanguinarios y ominosos de la historia latinoamericana reciente, como parte de un proceso cultural que viene desarrollándose entre los creadores de las distintas disciplinas a lo largo de los últimos compases del siglo pasado y los primeros del siglo presente.

    Migas de pan (2016) parece estar más cerca del bajorrelieve Románico de lo que pudiese parecer. Comparte con éste el afán de contar una historia con intención de remover la conciencia de su receptor. La dictadura uruguaya deja aún hoy en día un rastro de sangre difícil de limpiar, y, como dice la cita popular atribuida tanto a Confucio como a Napoleón —en una larga lista—, “Quien no conoce su Historia está condenado a repetirla”. Es por este motivo que los guionistas, Xavier Bermúdez junto a la propia Rodríguez, recurren a la evocación de un pasado tormentoso. Liliana, protagonista del filme, regresa a Montevideo tras muchos años de ausencia, para asistir al matrimonio de su único hijo. El ligero desprecio en la comunión de la misa y la conversación posterior entre el grupo de antiguos amigos ofrece ya algunas pistas al espectador sobre los posibles acontecimientos a los que se pudo haber visto enfrentada. Los primeros minutos del metraje se dedican a construir esta serie de incógnitas, a plantar la sospecha. Sin previo aviso y de manera tal vez precipitada, el registro del largometraje cambia contundentemente y presenta a una Liliana décadas más joven, en medio de aquel horror que el espectador apenas había tenido tiempo de tocar con las puntas de los dedos. La detención, tortura, prisión y/o asesinato de los disidentes políticos de los regímenes latinoamericanos son hechos profusamente conocidos por el espectador local y, en menor medida, por el público generalista con un mínimo de formación educativa. No resulta sorpresivo ya mencionar cómo la histeria anticomunista estadounidense impulsó a los agentes de la CIA a formar y asesorar a las fuerzas estatales latinoamericanas en el medieval oficio de la extracción de información a la fuerza —otro elemento en común con el Románico—, por supuesto. Lo que sí puede sorprender sea la parte más gráfica del asunto. Por consiguiente, a partir del momento en que la joven protagonista es capturada por el ejército, la cámara de Diego Romero no desvía el enfoque ante las atrocidades que sufren ella y los desafortunados compañeros que tuvieron la (mala) suerte de ir a parar al Cuartel de Artillería y el penal de Punta Rieles.

    por Luis Enrique Forero Varela
    diciembre 03, 2016

    Crítica | Migas de pan

    por Luis Enrique Forero Varela | diciembre 03, 2016
    Anina

    crítica de Anina | Alfredo Soderguit, Uruguay, 2013.
    Competencia oficial (Sección Generation) en Festival de Berlín 2013
    Selección por Uruguay para los Premios Oscar
    Mejor Película y Mejor Dirección (Sección Colombia 100%) en Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI).

    Alfredo Soderguit, que dedicó gran parte de su vida a ilustrar libros infantiles, cuenta que un día se encontró con el libro infantil Anina Yatay Salas (2003), del escritor uruguayo Sergio López Suárez. Quedó tan encantado por la historia mientras realizaba las ilustraciones que, instintivamente, pensó en llevarla a la pantalla grande. Y fue así como inició un largo proceso de trabajo creativo y de producción que duró aproximadamente ocho años; en los que trabajó arduamente en la que sería su ópera prima y la primera película animada de Uruguay. El resultado, inmejorable, ya que fue seleccionada para participar en el prestigioso Festival de Berlín (Sección Generation), donde tuvo una cálida y positiva acogida, y fue elegida como representante uruguaya en la próxima edición de los Oscar. Su debut en una plaza, además, de esa importancia como la Berlinale vino con una gran anécdota. Cuenta el director que en la primera exhibición contaban con un público mayoritariamente infantil y como el filme no contaba con subtítulos había un narrador que se encargaba de traducir al alemán por encima del sonido original. A pesar de ese inconveniente, el largometraje divirtió a todo el público, contagiándose los adultos de la experiencia de los más jóvenes. Un entusiasmo que se volvió a repetir en el FICCI (Festival Internacional de Cine de Cartagena), donde también tuve la oportunidad de verla con muchos niños en sala. Decir que con esta ilustre compañía Anina se convierte en toda una experiencia que rememora momentos de nuestra añorada infancia.

    Ambientada en Uruguay, cuenta la historia de Anina, una niña con un nombre bastante particular Anina Yatay Salas. Un nombre y apellidos que nace como homenaje de su propio padre a su afición: los palíndromos. Pero esa elección tan particular le pasará factura a Anina que tiene problemas en el colegio debido a las bromas pesadas de sus compañeros; algo que repercutirán en su autoestima y relación con su progenitor. Un día Anina tiene una pelea en la escuela con una de sus compañeras, llamada Yisel, por lo que ambas son llevadas a la dirección de la escuela, en donde la directora les dará un reto para cumplir en una semana: Les entrega a cada una dos sobres negros y sellados, los cuales deben cuidar y llevar consigo durante los sietes días, sin abrir. A partir de ahí, cada una intentará cumplir con su respectivo castigo enfrentándose a distintos obstáculos y se conocerán un poco más de cada una de ellas pero, sobre todo, de sí mismas.

    por Anónimo
    noviembre 20, 2013

    Crítica | Anina

    por Anónimo | noviembre 20, 2013

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