Una razón para vivir
crítica de Antes de ti (Me Before You, Thea Sharrock, Estados Unidos, 2016).
No hay temporada que en las carteleras de los cines no se cuele ese título romántico que sacie la necesidad del público más sensible de alternar sonrisas con lágrimas a través de historias de amor expuestas a todo tipo de adversidades, ya sean diferencias de clases sociales, oposiciones familiares o, en los casos más dramáticos, contratiempos relacionados con la salud. La literatura romántica se ha convertido, sobre todo en los últimos años, en una fuente inagotable de la que los guionistas de Hollywood se han surtido para diseñar, en cadena, toda una serie de vehículos diseñados para el exclusivo lucimiento de sus atractivas y jóvenes parejas protagonistas. En este aspecto, Nicholas Sparks ha sido el autor más fructífero, alcanzando la gloria con la versión cinematográfica de The Notebook, conocida como El diario de Noa (Nick Cassavetes, 2004), todo un éxito de público y (en menor medida) crítica, protagonizado por Ryan Gosling y Rachel McAdams. Muchas otras de sus obras también llegaron a la gran pantalla, con mayor o menor fortuna, repitiendo los mismos esquemas hasta la saciedad, y compitiendo contra otros fenómenos literarios convertidos en triunfos de taquilla como han sido Bajo la misma estrella (Josh Boone, 2014), sobre la novela de John Green; o Cincuenta sombras de Grey (Sam Taylor-Johnson, 2015), la descafeinada traslación de la obra de E.L. James. Pues bien, 2016 ya tiene su representante oficial del género: Antes de ti, basado en el libro de Jojo Moyes Yo antes de ti, publicado en 2012, y del que llegaron a venderse más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo.
Thea Sarrock, realizadora británica que cosechó muchas alabanzas con su biopic histórico para la BBC The Hollow Crown: Henry V (2012), protagonizado por Tom Hiddleston, ha sido la encargada de poner en imágenes la historia de Will Traynor, joven heredero de una acaudalada familia al que un desafortunado accidente de moto dejó postrado en una silla de ruedas. Guapo, carismático, deportista, con éxito entre las féminas y triunfador en lo profesional como banquero, Will se ha convertido en un ser malhumorado y triste, una triste sombra de lo que fue. Cuando su familia contrata a Louisa Clark, una chica alegre y vitalista, sin ninguna experiencia como cuidadora, para que le acompañe, su mundo gris comienza a teñirse, de forma inesperada, de color y sonrisas. Como se puede intuir, la película no es un prodigio de originalidad, sino, más bien, todo lo contrario. La fórmula, mil veces, vista de contraponer a dos personajes de caracteres del todo opuestos que, por supuesto, acaban atrayéndose, ha sido explotada hasta la saciedad en multitud de productos de igual corte sentimental. Sin ir más lejos, en un clásico del género como Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), un ejecutivo encontraba en una prostituta de vulgares modales un aliciente para su aburrida vida, o, en Cincuenta sombras de Grey, el atormentado millonario Christian comenzaba a arrancar la coraza de su corazón y a saltarse unas (auto)impuestas normas que le prohibían relacionarse con las mujeres de otro modo que no sea a través del sadomasoquismo, una vez que se cruza en su camino la estudiante Anastasia y cae rendido ante su candidez. Una vez más, la historia de Moyes se edifica sobre ese planteamiento de chica humilde que entra en el mundo de lujos y comodidades (pero emocionalmente vacío) del chico rico para cambiarle todos los esquemas y hacerle valorar los pequeños placeres de la vida, con el añadido de unos temas tan espinosos como la paraplejía del protagonista masculino y, ante todo, la eutanasia. Por supuesto, estos ingredientes lacrimógenos están insertados en el filme de manera calculada para que el espectador se emocione en los momentos puntuales en los que se rompe el tono edulcorado e idílico del relato –llega un punto en el que se pierde la cuenta del número de canciones melosas que acompañan a sus imágenes, así como los lugares comunes en los que incurre, tales como la escena del concierto o la de la carrera de caballos en la hípica, tan deudoras ambas de Pretty Woman; la tempestad durante la escapada romántica, que recuerda a una de las escenas cumbres de Noches de Tormenta (George C. Wolfe, 2008), una de las adaptaciones más adultas del universo Sparks–.