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    Stanley Kubrick
    Stanley Kubrick

    El beso de Kubrick (en 16 planos)

    Notas de cine | II

    JESÚS ARMESTO |
    CINEASTA & ESCRITOR.

    Si quieres ser cineasta has de estudiar esta película. Si te has preguntado alguna vez qué es el cine, también. Progresiones de escala, composición de fondos, movimientos interiores al plano, movimientos de cámara, métrica del montaje, transfiguración de espacios, música…
    Barry Lyndon, 1975. Guion y dirección: Stanley Kubrick (Nueva York, 1928).


    Redmond Barry es un plebeyo irlandés marcado por un demérito propio que termina por sortear cuando perfecciona el arte del engaño como forma de vida. Con su cómplice, Chevalier de Balibari, destripan y timan a nobles ricos a lo largo de palacios de Centroeuropa, aprovechando que casi todos los hombres del lugar están matándose unos a otros en una de esas guerras de uniformes elegantes, casacas y redobles de tambor.

    Adentrémonos en esta famosa escena: Barry juega a las cartas con la adinerada aristócrata Lady Lyndon. 16 planos más tarde Barry se convertirá en Barry Lyndon, entrando a formar parte de la nobleza, y sin duda, de la historia del cine.

    Es difícil encontrar una película sin un beso. O sin su insinuación o deseo. Personalmente no conozco uno como este en el cine. Sin diálogo, sin amor, sin promesas, sin retórica, sin palabras. Sólo cine.

    El gran teatro del poder

    Barry proviene de la Irlanda rural, un territorio colonizado, empobrecido y sometido a la jerarquía del Imperio británico. Es un joven sin herencia, sin capital simbólico ni económico, cuya única riqueza es una ambición difusa y una capacidad dudosa y azarosa para adaptarse a las circunstancias, con el ridículo siempre acechante.

    Kubrick sitúa su ascenso dentro del entramado aristocrático centroeuropeo —una nobleza prusiana, rígida, militarizada, profundamente teatral— no como un proceso natural, sino como un ritual de engaño, incluso visto en plano general: como un ritual de decadencia. Un proceso de ascenso y caída donde Kubrick no dejará rehenes ni sutileza en los giros dramáticos del guion.

    Dieciséis planos

    Comienza mostrando un plano general de la escena: juego de cartas a la luz de las velas (filmado con lentes de 35mm Zeiss prestadas por la NASA para ampliar la sensibilidad). Por un momento, el esplendor de la corte: pelucas, sonrisas, atmósfera liviana, rictus relajados. Kubrick cambia de plano, también en general, para mostrar a Barry, a su colega y a un sirviente. La duración de este plano es sensiblemente más corta que el anterior. Y este elemento va a ser esencial.

    En el tercero vemos una progresión de escala sobre el plano medio de Lady Lyndon y su abogado. Como suele ocurrir en la vida de los humanos, aquí se inicia el beso: Lady Lyndon mira a Barry. El plano vuelve a alargarse.

    La mirada afecta a Barry, y en el cuarto plano pasamos a un primer plano de Barry que sin resistencia también la mira. El fondo detrás de Barry es neutro, anónimo, vacío. Como su procedencia. Sin embargo, en el quinto, un plano medio de Lady Lyndon y su abogado, apreciamos un fondo diferente formado por los cuerpos de la corte, con sus trajes, colores, en definitiva, su identidad: ella.

    Una nueva progresión de escala en el sexto -primer plano de Barry que no cesa de mirarla-, con contraplanos en el séptimo y octavo, para llegar a una nueva progresión de escala sobre ella que pasa a ser presentada en primer plano, en una composición con un valor de plano exacto al de Barry. Kubrick los acaba de igualar. ¿El inicio del amor?

    Décimo y undécimo son plano y contraplano de ambos alargando el juego de la mirada. En el plano duodécimo el plano se abre, pero no por una bajada de tensión, sino por un motivo narrativo que encontramos al final del plano: ella se levanta y deja la mesa. El decimotercero es para Barry en primer plano, por supuesto viéndola salir, afectado.


    En sólo tres planos Kubrick cambiará todo.

    El decimocuarto corta al exterior por primera vez liberando la opresión de los interiores precedentes y realiza una panorámica de acompañamiento a Lady Lyncon caminando hacia el patio. Es el primer movimiento en la escena que se había mantenido deliberadamente estática hasta el momento. El decimoquinto es uno de esos planos geniales del gran fotógrafo que era Kubrick. Un plano medio de Lady Lyndon con un pasillo trasero debidamente iluminado por el que –en multiescala inolvidable– atravesará Barry que viene en su búsqueda. Este plano, como ya esperábamos, es también larguísimo.

    Por último, el plano 16. Como marcan los antiguos cánones del cinematógrafo, el movimiento de la cámara siempre implica transformación. Y Kubrick eleva este sentido: Travelling de acompañamiento lateral a Barry hasta el encuentro con Lady Lyndon, a los que filma, por primera vez en el film, en un plano medio compartido -de ambos-. Y el beso. Al corte, una elipsis legendaria que nos introduce sin titubeos: Barry se ha convertido en Barry Lyndon. Sin texto, sin diálogo, sin retórica. 16 planos.

    Barry Lyndon, como decíamos, se convertirá en un personaje inolvidable por deméritos propios. Acompañado por una pereza moral profundamente decadente, Kubrick dibuja desde los límites del absurdo un hombre confundido que sortea la supervivencia, con una identidad que se erigirá y caerá como una torre de Babel.

    El cine de Kubrick siempre ha estado fascinado por los mecanismos que regulan el poder: la guerra, la tecnología, la sexualidad, la violencia, la organización social. También el reverso de lo anterior: el absurdo, la decadencia. En Barry Lyndon, ese poder se ejerce mediante una teatralización de la vida conducida hasta la reducción al absurdo.

    No hay frases directas que expliquen el cambio. El cineasta confía, como Bresson, en la potencia pura del cinematógrafo. Barry se convierte en aristócrata cuando la cámara empieza a tratarlo como tal.

    Este es uno de sus retratos más desesperanzados del ser humano. Si en otras películas el mal adopta formas espectaculares, en Barry Lyndon el lado oscuro se manifiesta como la insignificancia. La pequeñez moral de un individuo que accede al poder sin comprenderlo, sin cuestionarlo, sin merecerlo. Un poder que no transforma, sino que vacía.

    La crítica es feroz, aunque envuelta en una belleza casi obscena. Kubrick desnuda la aristocracia como un teatro perpetuo: una performance social basada en el protocolo, la apariencia y la exclusión. La injusticia de clase no se presenta como un conflicto explícito, sino como una estructura naturalizada. La pobreza, la guerra y la muerte quedan fuera de campo mientras la aristocracia se contempla a sí misma. Y Barry, quizás como haríamos todos nosotros, acepta las reglas del juego sin resistencia.

    Todo culmina en un beso. Un gesto mínimo, íntimo, aparentemente romántico. Pero más que un beso, se nos presenta un certificado de pertenencia, un nuevo gesto de supervivencia, ahora inspirada en el salto social.

    Kubrick entendía Barry Lyndon como una película donde el significado debía surgir del encuadre y del tiempo, no del diálogo. Quería hacer una película que fuesen cuadros en movimiento, donde el cine salvara al cine. Fue un fracaso comercial. Una obra maestra. ♦

    por Jesús Armesto
    enero 25, 2026

    Notas de cine (II) | El beso de Kubrick (en 16 planos)

    por Jesús Armesto | enero 25, 2026
    Senderos de gloria (1957)

    Senderos de gloria

    Paths of Glory, 1957. Dirigida por Stanley Kubrick

    En tiempos de la revolución francesa, el general Henri de la Rochejaquelein pronunció su mítica arenga “Si avanzo, seguidme. Si retrocedo, matadme. Si muero, vengadme”, adaptada y popularizada por Ernesto “Che” Guevara dos siglos después en el contexto de la revolución cubana. El mensaje era igual de claro en ambos casos: en la lucha por la bandera, no hay opción para la retirada. El coronel Dax, un intachable líder militar al frente de la división 701 del régimen de infantería francés durante la primera guerra mundial, tenía una postura mucho más pragmática al respecto, rechazaba la sinrazón de un sistema obsoleto basado en la utilización conductista de refuerzos positivos y negativos sin más base científica que el dogmático patriotismo, el cual definía, citando al Dr. Johnson, como “El último refugio de los cobardes”, y añadía, de forma brillante, que cualquier ataque debe estar premeditadamente estudiado si se buscan resultados satisfactorios: “No soy ningún toro, así que no me ponga la bandera francesa para que embista”. De esta manera comienza Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957), una sátira antibelicista, como se han hecho pocas, que enfrenta directamente al absurdo chovinismo, mostrado con gran poder pero con mayores limitaciones intelectuales, y a la sensatez (siempre dentro de la estructura militar) que defiende que cualquier uso de la violencia debe estar debidamente razonado y argumentado, sobre todo si es dentro del mismo bando. Stanley Kubrick muestra la postura de un hombre a punto de perder la fe en la humanidad, un hombre que luchó hasta la extenuación contra la podredumbre de un sistema sin moral, el mismo sistema que había jurado defender con su vida.

    Kubrick llegó a ser tachado como el profeta de la ultra-violencia, condenado por la supuesta glorificación que su cine hacía sobre las crueldades más extremas, aunque absuelto finalmente por la historia y la justa exégesis de su obra. Con La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), el director trató de denunciar la violenta condición humana por medio de un enajenado, un psicópata que disfrutaba haciendo el mal sin buscar mayor recompensa que la de saciar sus instintos y deseos “artísticos”, al contrario que el resto de sus secuaces, igual de degenerados pero movidos por un interés lucrativo que “justificaba” sus acciones. Por este motivo la sociedad se cebaría posteriormente con Alex (el psicópata en cuestión), por el rencor y la incomprensión, convirtiéndolo así en la propia víctima del relato. Kubrick, maestro de la simbología y la metáfora espaciotemporal, planteó con su filmografía el estudio de la creación de nuevas formas de existencia, o de la existencia misma, pero no de su comprensión, la cual ve completamente imposible dada nuestra naturaleza desconfiada. La evolución del mono al hombre, el planteamiento absoluto y consciente de la funcionalidad actual de esa evolución, y, por último, la secuencia lógica y probable a la que aspira la raza humana (2001: Una odisea en el espacio, 1968). Pasado, presente y futuro convergen por medio de una visión espacial de la sociedad. Senderos de gloria es, en cierta manera, el inicio de esa tesis antropológico-violenta que supone el comienzo de una trilogía antimilitarista, el episodio más sobrio de este tríptico que completaría la hilarante ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, 1964), de una gravedad inexorable —sobre todo teniendo en cuenta la proximidad de los nefastos resultados del Proyecto Manhattan en 1945—, pero abordada desde la comicidad de unos diálogos constantemente contradictorios —Caballeros, no pueden pelear aquí, están en la sala de guerra— ejecutados por uno de los más grandes cómicos que ha dado el séptimo arte, Peter Sellers; y La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, 1987), que mezcla ambas, seriedad y comicidad, gracias a su división en dos partes yuxtapuestas —formación militar y ejecución de campo—.

    La trama está presentada desde un punto de vista múltiple, mediante un uso ejemplar de la concesión y una concepción narrativa tan original como vanguardista, el director nos hace pensar —del mismo modo que consiguió engañar a los censores— que su objetivo era el de honorar a sus valientes combatientes. Sin embargo pronto nos damos cuenta del perspectivismo epistemológico al que recurre para segmentar la trama en tres episodios con tres puntos de vista diferentes, todos destinados a desmontar y caricaturizar la ley marcial.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 02, 2014

    Cine Club | Senderos de gloria (1957)

    por Alberto Sáez Villarino | julio 02, 2014

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