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    Sitges 2023
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    || Críticas | Sitges 2023 | ★★★☆☆
    Cuando acecha la maldad
    Demián Rugna
    El héroe tozudo


    Carles M. Agenjo
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Argentina, 2023. Título original: Cuando acecha la maldad. Dirección: Demián Rugna. Guion: Demián Rugna. Compañías productoras: Shudder, La Puerta Roja, Aramos Cine, Machaco Films. Fotografía: Mariano Suárez. Música: Pablo Fuu. Producción: Emily Gotto, Fernando Díaz, Roxana Ramos, Samuel Zimmerman. Reparto: Ezequiel Rodríguez, Luis Ziembrowski, Federico Liss, Demián Salomón, Silvina Sabater, Emilio Vodanovich, Desirée Salgueiro, Virginia Garófalo, Marcelo Michinaux, Paula Rubinsztein. Duración: 93 minutos.

    Una niña juega con un dogo de Burdeos en el comedor de su casa. Abruptamente, es atacada por el perro, que le destroza la cabeza. Acto seguido, la niña aparece caminando por el pasillo sin ningún rasguño. Como si nada hubiera ocurrido. La escena, una de las más espeluznantes de Cuando acecha la maldad, podría quedarse en mera atrocidad si no fuera porque su director y guionista, Demián Rugna, sabe cómo darle la vuelta. Todas y todos sabemos perfectamente lo que acabamos de ver. Esta niña ya no puede pertenecer al orden de lo normal. Ha ingresado en los dominios de la otredad sin billete de vuelta. Pero el hecho de verla ilesa tras su muerte, abrazando a su familia con una inquietante sonrisa, permite tomarle la temperatura a este contundente relato de género. No se trata de celebrar lo macabro, que también, sino de amplificar el recuerdo que deja en la retina. No es lo mismo quedarse en el estallido que dilatar su onda expansiva. Ahí radica la gran virtud de Rugna en su quinta película en solitario. Aunque logre forjar imágenes de perturbadora fuerza, es capaz de negarlas inmediatamente después. Mejor aún, de potenciar la intriga que circula en su interior. Como si la muerte cobrase una dimensión ilógica, insólita, perversa. Como si lo satánico se infiltrara en la puesta en escena para restaurar a los personajes que acaba de fulminar. Es entonces cuando los fallos de rácord, lejos de ser un descuido, se convierten en recurso cómplice para generar tensión y el cine reivindica sus trampas para hacer del horror un acto de fe.

    La primera parte es vigorosa. En pocos minutos, Rugna saca músculo, arrastrándonos a un microcosmos donde las fuerzas del averno transforman una pequeña comunidad argentina en un pozo de histeria colectiva. Como la Frances McDormand de Fargo (1996), el alcalde (Luis Ziembrowski) se pregunta, incrédulo, por qué la maldad se ha instalado en un pueblo donde (casi) nunca ocurre nada extraordinario. Lejos de invocar el humor negro marca Coen, Rugna apuesta por una violencia seca que descarna la realidad en cuestión de segundos. Toda esa crudeza inmisericorde encuentra un testimonio privilegiado en Pedro (Ezequiel Rodríguez), un cazador que vive con su hermano Jimi (Demián Salomón) en una zona rural tras divorciarse de su mujer (Virginia Garófalo), instalada en un pueblo cercano con sus dos hijos (Emilio Vodanovich y Marcelo Michinaux). Los problemas se desatan con el descubrimiento de un signo. Primero, los restos de un cuerpo desmembrado en el bosque, posible víctima de animales salvajes. Después, la apariencia mórbida y purulenta de un joven embichado –así lo llaman los autóctonos– en el dormitorio de una casa de campo. Lleva más de un año así –cuenta su madre– y las autoridades lo han ignorado por completo. Aquí empieza una posible lectura política. La denuncia de un mundo olvidado por el centralismo que se pronuncia en las ciudades y descuida los pueblos. El estado y las fuerzas del orden parecen un dios en fuera de campo, silencioso frente a una miseria que no importa. Pero Rugna nunca desarrolla esta idea. Prefiere encerrarse en su propia fiesta y celebrarla a lo grande. Por esto, llegan antes los ecos de Bryan Bertino en The dark and the wicked (2020) y su catábasis progresiva en un entorno amenazado por el demonio, que la eterna mala leche de La matanza de Texas (1974).

    Desafortunadamente, no todo está a la misma altura. La segunda parte se empeña en cargar la violencia de sentido. Como si fuera necesario ampliar el mapa y dotar la narración de un trasfondo mitológico. Por esto, el héroe protagonista, en su huida constante a ninguna parte, visita una médium (Silvina Sabater) que Rugna desaprovecha –en contraste con la estupenda dupla de expertos en lo paranormal, versión porteña de los Warren, que aparecía en Aterrados (2017), su anterior película– y se adentra en una noche de niñas y escuelas, secretos y engaños, aulas y sótanos. En este sentido, Rugna se desvía del firme recorrido trazado hasta el momento y la trama deriva en revisión repentina de El pueblo de los malditos (1960). No es éste el camino a seguir si lo que se quiere es mantener altos los niveles de estrés tan logrados al inicio. Los aciertos llegan antes disparando la rabia y la locura de forma frenética que buscando sus raíces en medio de la oscuridad. En cualquier caso, la ansiedad no pierde fuelle. Rugna es un pregonero con cuernos de cabra. En su nueva propuesta –por cierto, recomendadísima por Stephen King– se alimenta de los códigos y dinámicas del cine de zombis, con personajes que mueren y reaparecen en un descenso vertiginoso a las tinieblas de la tragedia sin olvidarse de un humor esquemático pero sutil. No por casualidad, las mujeres aconsejan y alertan sobre lo que no hay que hacer en este cuento de protervia inexorable y los hombres son testarudos y no escuchan hasta que el apocalipsis les explota en los morros. ¡Qué feliz ironía, pues, la de un héroe obcecado y errático que solo tiene que permanecer quieto para vencer al mal!


    por Carles M. Agenjo
    enero 19, 2024

    Crítica | Cuando acecha la maldad

    por Carles M. Agenjo | enero 19, 2024
    || Festivales
    Sitges 2023
    Palmarés
    Cuadro de honor de la 56ª edición


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    fechas
    | Del 5 al 15 de octubre de 2023. |

    Cuando Alexandra Heller-Nicholas anunció el premio a Mejor película, a más de un fan se le dibujó una sonrisa. La portavoz, compañera de jurado de los productores Jérôme Paillard y David C. Fein, el escritor Kim Newman y una indispuesta Ana Torrent, cumplía así el deseo de buena parte del sector incondicional de Sitges. Cuando acecha la maldad de Demián Rugna, primera propuesta argentina en ganar el festival, ha devuelto al cine de género el lugar que le corresponde. Especialmente, después de un 2022 donde la acción hiperbólica y el slapstick triunfaron en un palmarés dominado por la finesa Sisu de Jalmari Helander. Esta vez, ha sido el festín satánico y la histeria en plural quienes se han llevado el gato al agua. Rugna debutó en la sección oficial de 2017 con la estupenda Aterrados. Ahora, se impone con una propuesta vigorosa de terror rural más cercana a la catábasis de plató de Late night with the devil, dirigida por los australianos Cameron y Colin Cairnes y ganadora a Mejor guion, que a la apariencia videoclipera de un drama materno como Omen, ópera prima del rapero congolés Baloji que se ha llevado un más que discutible premio a Mejor dirección. Por otra parte, el de Baloji no ha sido el único debut ganador. Robert Morgan, veterano director de cortos de animación tan exquisitos como The separation (2003) y Bobby Yeah (2011), competía este año con Stopmotion, su primer largometraje, y se ha repartido el Premio Especial del Jurado con la monstruosa Vermin: La plaga de Sébastien Vanicek. Por su parte, Karim Leklou ha sido el Mejor actor por su entregada interpretación en otro debut, Vincent debe morir de Stéphan Castang; y la nueva promesa del terror independiente, Kate Lyn Sheil (She dies tomorrow), Mejor actriz por The Seeding, un inconfeso y poco inspirado remake de La mujer de la arena (1964).

    No obstante, el palmarés de este año presenta una ausencia alarmante. Es una lástima que la angustiante Les chambres rouges, puro thriller judicial dirigido por el quebequés Pascal Plante y protagonizado por una enigmática Juliette Gariépy, no se haya llevado ningún premio. En cualquier caso, la sensación que da el certamen es la de volver a sus esencias, a las tinieblas del alma, a la victoria de Possessor de Brandon Cronenberg, como si la edición de este año le enmendara la plana a la anterior. Como si el palmarés de 2022, democrático para algunos e inoportuno para otros, encontrara su deliciosa revancha en el triunfo de Rugna y los hermanos Cairnes, dos propuestas que parecen diseñadas para el disfrute de adeptos y que encuentran su perfecto contrapunto en el Premio del Público a la Mejor Película. Contra todo pronóstico, Robot Dreams de Pablo Berger ha sido en su despliegue onírico y vitalista la opción más votada de la competición oficial de un Sitges a medio camino entre lo dramático y lo macabro, el humor y el horror, la amistad y su desaparición. Un Sitges, en definitiva, a caballo entre los horizontes de la luz y los dominios de una oscuridad a la que nos tiene acostumbrados desde hace décadas.

    • Premio al Mejor Largometraje: Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna (Argentina).
    • Premio Especial del Jurado: Stopmotion de Robert Morgan (Gran Bretaña) ex aequo Vermin: La plaga de Sébastien Vanicek (Francia).
    • Premio a la mejor Dirección: Baloji por Omen (Bélgica).
    • Premio a la Mejor Interpretación Femenina: Kate Lyn Sheil por The Seeding (Estados Unidos) y mención especial para Zafreen Zairizal por Tiger Stripes (Malasia).
    • Premio al Mejor Interpretación Masculina: Karim Leklou por Vincent debe morir (Francia).
    • Premio al Mejor Guion: Cameron Cairnes y Colin Cairnes por Late night with the devil (Australia).
    • Premio a la Mejor Fotografía: Martin Roux por La Morsure (Francia).
    • Premio a la Mejor Música: Markus Binder por Club Zero (Austria).
    • Premio a los Mejores VFX: Frédéric Lainé, Jean-Christophe Spadaccini, Pascal Molina, Cyrille Bonjean-Jean, Bruno Sommier y Jean-Louis Autret por El reino animal (Francia).
    • Mención Especial del Jurado: Moscas (España) de Aritz Moreno y Riddle of Fire (Estados Unidos) de Weston Razooli.
    • Premio de la Crítica José Luis Guarner al Mejor Largometraje SOFC: La teoría universal (Alemania) de Timm Kröger.
    • Mejor Largometraje Noves Visions: Moon Garden (Estados Unidos) de Ryan Steven Harris.
    • Mejor Película Blood Window: Cuando acecha la maldad de Demián Rugna.
    • Méliès d'Argent a la Mejor Película: La Morsure de Romain de Saint-Blanquat.
    • Premio del Jurado Joven a la Mejor Película SOFC: La Morsure de Romain de Saint-Blanquat.
    • Premio a la Mejor Película Anima’t: Tony, Shelly y la linterna mágica (Hungría) de Filip Posivac.
    • Premio Brigadoon Paul Naschy al Mejor Cortometraje: Ellos (España) de Néstor López y Óscar Romero.

    por Carles M. Agenjo
    octubre 15, 2023

    Sitges 2023 | Palmarés

    por Carles M. Agenjo | octubre 15, 2023
    || Festivales
    Sitges 2023
    Anotaciones sobre su 56ª edición
    Mirar al cielo


    Carles M. Agenjo
    Sitges |

    fechas
    | Del 5 al 15 de octubre de 2023. |

    Como ya es habitual, Sitges Film Festival vuelve a rendir homenaje a la memoria del cine con una imagen de cartel que no admite duda. Dos manos ensangrentadas configuran la forma de un ave con las alas extendidas. Si no fuera por la intensidad del rojo, bien podría traer ecos de infancia. La de un teatro de sombras proyectado sobre la pared de una habitación como universo de fábulas sin más luz que una linterna. Esta feliz idea tendría algún sentido si no fuera porque, en 2020, Sitges ya dedicó su cartel a las sombras. Más concretamente, a las pesadillas del expresionismo alemán y a una alegoría tan distante y cercana a la Alemania convulsa de entreguerras como El gabinete del Dr. Caligari (1920). Por esto, quizá, la sombra como gesto tenebroso ya no puede repetir protagonismo, pero sí las manos que la generan, sí la sangre que lubrica. Unas manos que reivindican la naturaleza del horror como señal de peligro, amenaza inquietante y, en definitiva, como guiño a una obra tan inmortal como Los pájaros (1963). De repente, la pareja que discute en el spot publicitario de este año, en una Francia en blanco y negro, ya no puede mirarse a los ojos. Ni los jugadores de una partida de ajedrez en la Brooklyn de Spike Lee. Ni los rostros de un duelo a muerte. Su mirada se ha bloqueado en riguroso nadir hacia un firmamento que no logramos descifrar. Por esto, Douglas Fairbanks no encuentra los ojos de Julanne Johnston al final de El ladrón de Bagdad (1924). Ni Jean Dasté los de Dita Parlo. Ni Belmondo los de Seberg. Ni Mifune los de Marvin. Ni Exarchopoulos los de Seydoux. Una fuerza sobrenatural parece impedírselo. Sitges tiene la culpa. Suya es la mirada que lo salpica todo.

    El programa de este año vuelve a ser lo más parecido al caos. Un despliegue de casi 400 propuestas que se proyectarán del 5 al 15 de octubre en un certamen que reparte homenajes por doquier. No sólo a los pájaros encolerizados del maestro Hitchcock, también a figuras tan importantes –no sabríamos decir si de la historia del cine o del itinerario que cada uno se monta en la cabeza– como Jan Harlan, el productor fetiche de Stanley Kubrick, y Phil Tippet, responsable de la estimulante animatrónica de Jurassic Park (1993). Ambos serán galardonados con el Gran Premio Honorífico. Asimismo, la Máquina del Tiempo se entregará a directores clave del fantástico contemporáneo como Mary Lambert, Lee Unkrich, J. A. Bayona, Hideo Nakata, Lamberto Bava y Brad Anderson. No menos importante es el reconocimiento a Barbara Bouchet, laureada con el premio Nosferatu. El caso es que, este año, toda esta amplia entrega de estatuillas comparte parrilla con una sección oficial encabezada por Paco Plaza, uno de los alumnos aventajados de esta gran escuela de cine de género que es Sitges. Plaza, que lleva asistiendo al festival desde los 18 años, se encarga –al igual que hizo su camarada Jaume Balagueró con Venus (2022)– de inaugurar el festival con Hermana Muerte. Una ampliación satánica del universo creado en la elegante Verónica (2017) a partir del inquietante personaje de la monja ciega interpretada por la actriz linense Consuelo Trujillo. Por su parte, Aria Bedmar, Almudena Amor y Maru Valdivielso protagonizan esta precuela coescrita por Plaza y Jorge Guerricaechevarria que –ojalá– nos traiga antes los ecos de la Kathleen Byron de Narciso Negro (1947) o la nunsploitation setentera que de la Bonnie Aarons de una saga tan desgastada como Expediente Warren.

    Más allá de la inauguración, a Plaza le siguen otras propuestas de terror contemporáneo que no es prudente pasar por alto. Si la sobrenatural La Ermita ocupa el lugar de las expectativas dado que es la segunda película de Carlota Pereda tras el éxito de Cerdita (2022), La espera también debería generar esta misma posibilidad. Se trata de la nueva propuesta de F. Javier Gutiérrez, un director a quien no deberíamos tener en cuenta por Rings (2017), su fallido cierre de la trilogía de Samara Morgan, sino por la fuerza visual que confirmó con la impactante 3 días (2008). Menos llamativa resulta, tal vez, Awareness de Daniel Benmayor, el director de títulos tan entregados al placer de la épica intrascendente y pasada de rosca como las estimables Paintball (2009) y Bruc. El desafío (2010). Sin embargo, Benmayor podría darnos la sorpresa con su ambicioso thriller futurista para Prime Video. Luego, está lo nuevo de Aritz Moreno, director de la febril y valiente Ventajas de viajar en tren (2019) que ahora vuelva a la carga con Moscas, su segundo largometraje, que adapta la novela de Kike Ferrari en un thriller protagonizado por un desatado Ernesto Alterio. En otro orden de visionados, destacan sobremanera algunos nombres en el terreno de la animación. En primer lugar, la sesión especial de El chico y la garza, una obra tan críptica como descomunal, que nos acerca a la vida de Hayao Miyazaki en clave alegórica a través de la mirada desdoblada de Mahito, un niño en proceso de duelo que accede a un mundo paralelo de Oz donde las vecinas son amuletos y los soldados, periquitos de colores que quieren zamparse al protagonista. Una inmersión colosal en la materia esquiva de los sueños con la que el maestro nipón nos comparte su diario de viaje.

    Igualmente deseada es Robot Dreams. El inclasificable Pablo Berger regresa 6 años después de Abracadabra (2017) con una delicia de espíritu chapliniano sobre la relación de amistad entre un perro y un robot que adapta el entrañable cómic de Sara Varon y que, puestos a contrastar, rompe absolutamente con los orígenes macabros de Berger y de aquel cortometraje llamado Mama (1988) donde el cineasta vasco adaptaba un tebeo del incorregible Philippe Vuillemin en un relato de invasiones alienígenas y abuelas troceadas que contó con el diseño de producción de Álex de la Iglesia. La nueva película de Berger nada tiene que ver con esos inicios, sino con un presente donde apuesta por una sencillez formal, casi del primer Miyazaki, en busca de las esencias que definen a los personajes como mejor antídoto contra el barroquismo de síntesis. Dicho esto, la tercera en discordia no puede ser otra que Stopmotion de Robert Morgan. Puro deleite formal a manos de un director que lleva décadas animando figuritas y espacios mediante trabajos tan deliciosos como The Separation (2003), ganador de un BAFTA, o Bobby Yeah (2011) y que ahora debuta en el campo del largometraje con una película esperadísima. No sólo para el público habitual de Sitges, sino –me atrevería a decir– para todos aquellos que no se pierden ni un Terror Molins o un Cryptshow Festival. No es extraño que muchos espectadores le tengan ganas al primer largo de este realizador británico como un trabajo de justicia después de tantas décadas capturando el movimiento foto a foto en cada uno de sus brillantes cortometrajes. Por otra parte, remata esta fabulosa muestra un drama postapocalíptico de origen húngaro. De resonancias éticas y referentes contemporáneos, White Plastic Sky es el debut de Tibor Banoczki y Sarolta Szabó en el ámbito del largometraje de animación.

    Asimismo, llama la atención lo que Sitges nos ofrece en lo que se refiere a mundos en estado de descomposición. Acide de Just Phillippot y El reino animal de Thomas Cailley integran lo más parecido a un díptico de eco-terror. La primera insiste en el esquema narrativo de una familia en tránsito, con Guillaume Canet y Laetitia Dosch, por una Francia de lluvias corrosivas que resitúa a Philippot como firme heredero de las disaster movies de los 70 tras debutar con la estupenda La nube (2020), una cinta de catástrofes donde la cría de saltamontes en una granja adquiría la dimensión de una plaga bíblica de trasfondo psicológico. La segunda, protagonizada por Romain Duris, Adèle Exarchopoulos y Paul Kircher, aborda la huida hacia ninguna parte de un padre y su hijo en un submundo de mutaciones zoológicas. No resulta casual, pues, que escarbando en la breve trayectoria de Cailley como director aparezca un trabajo temprano que hunde sus raíces en la ciencia-ficción. Se trata del videoclip Anomalie (2015), un tema de la banda rockera Louise Attaque que nos ubicaba en el punto de vista de una extraterrestre de piel arenosa que escapaba de las personas que la persiguen y que bien podría servir como metáfora de aquella parte de la sociedad que no tolera la diferencia ni la diversidad.

    Sin duda, un punto y aparte merece la figura de Baloji. Antes rapero conocido por sus variaciones de hip hop que director de cine por sus películas, este artista congoleño ha modulado el rap a través de variaciones étnicas, como se puede apreciar en L’Hiver Indien y L’Art de la Fugue. Lo más curioso es que, cuando dirige cortos, no sólo se ocupa del guion y la realización, sino también de una dirección de arte que, para muchos, es el gran atractivo de su obra. Prueba de ello es su estimulante Zombis (2019), microrelato protagonizado por el músico Popaul Amisi que aprovecha las dinámicas del videoclip para desplegar una Kinshasa de luces y cuerpos bailando al ritmo afro-urbano de Marshall Dixon en discotecas y procesiones cargadas de puro flow. Baloji invoca así la memoria ritual de su país natal y la reescribe –sustituyendo la paja de atuendos tradicionales por el condón y los tapones de plástico– puntuando sus pintorescas coreografías con detalles de carácter social y político. Si bien las pantallas de móvil, ordenador y realidad virtual se han convertido en apéndice de una sociedad urbanita que no se separa de ellas ni para bailar, la aparición de un joven caucásico en medio de una procesión –llevado en andas por cuatro jóvenes con gorro de billetes– y su repentino homicidio a golpe de hacha deja anotado un ligero apunte sobre la descolonización en un conjunto tan contradictorio en sus mensajes como apabullante en sus formas gobernadas por un furioso espíritu queer. Mucho cabe esperar de la atmósfera y el despliegue visual que Baloji propone en Omen, su primer largo. Un relato de regreso a casa donde Europa es el origen y África el destino de un viaje místico protagonizado por el actor congoleño-belga Marc Zinga.

    Como también es habitual en Sitges, el festival abraza las nuevas películas de directores de referencia. Takeshi Kitano regresa al subgénero del jidaigeki que, en su momento, dejó el listón altísimo con la encomiable Zatoichi (2003), pero que ahora presenta signos de evidente cansancio. Y no nos olvidemos de Bertrand Mandico, que después de hacer hervir el hype con The Wild Boys (2017) y After Blue (2021) repite en Sitges con un nuevo ejercicio de estilo: Conann. También hay que tener en cuenta el drama psicológico Club Zero de Jessica Hausner. Aunque, probablemente, no esté al nivel de su mistérica Little Joe (2019), es cine que dará que hablar. Y de ahí –¿por qué no?– podríamos saltar a las juergas de terror satánico del director argentino Demián Rugna. ¡Qué buen sabor de boca nos dejó Aterrados (2017) –que pronto verá nacer un remake estadounidense– y qué ganas de disfrutar de nuevo de su pan y circo a medio camino entre el escalofrío y el humor negro! Cuando acecha la maldad es el título que conviene dejar anotado. Seguidamente, resulta imprescindible mencionar la curiosidad que despierta un trío de debuts que responden al nombre de Best wishes to all, La Morsure y Riddle of Fire. El primero, dirigido por Yuta Shimotsu, es una propuesta de terror que adapta un libro escrito por ella misma. El segundo, obra de Romain de Saint-Blanquat, nos traslada a un internado de monjas de la Francia de los años 60 donde una niña le pregunta a su péndulo si alguna vez será normal. El tercero, firmado por Weston Razooli, parece una coming of age con la melancolía por bandera que sigue las aventuras juveniles de un grupo de gamberretes que dejan la videoconsola en casa para adentrarse en un verano eterno filmado en 16 mm.

    Por otra parte, conviene destacar –elegido entre un océano de opciones de un programa que nunca termina– un título que es pura excepción. Se trata de In Flames, debut de Zarrar Kahn, coproducido entre Pakistán y Canadá y proyectado durante la Quincena de Realizadores de Cannes. Se trata de una película de género en lengua urdu que rompe con cierta dinámica del terror pakistaní de barnizar sus relatos con los códigos y estructuras de un cine de consumo específico. Títulos como Aksbandh (2016) de Emran Hussain –que recurría al ya cansino recurso del found footage– o Kataksha (2019) –la monster movie sobre un grupo de jóvenes pasándolas canutas con potencialidad para invocar el meme fácil– heredaron una forma de entretenimiento orientada a la explotación de fórmulas y gestos. Sin embargo, la nueva propuesta de Kahn toma distancia. Pronostica ser una excepción altamente recomendable. De primeras, no parece lógico catalogar In Flames como otra muestra de terror importado, sino preguntarnos hasta qué punto va a acertar como ejercicio híbrido a medio camino entre el drama familiar de tintes sociales y el thriller psicológico de presencias demoniacas. Dicho de otra forma, el hecho de que las actrices Bakhtawar Mazhar y Ramesha Nawal interpreten a dos mujeres enfrentadas a una nueva realidad de acosos tras la muerte del patriarca de su familia no nos lleva tanto a pensar en un cine terrorífico de consumo rápido, sino más bien en la forma en que el cine pakistaní se ha acercado a la denuncia en cuestiones de igualdad en películas como Dukhtar (2014) de Adia Nathaniel, donde una madre y su hija de 10 años escapaban de las montañas la víspera de su boda con un jefe tribal y eran perseguidas por un grupo de hombres armados.

    Como no podía ser de otra forma, después de este trayecto tan irregular por los géneros, los registros y los gestos, Nicolas Cage se encargará de cerrar este mastodóntico festival como gran protagonista de Dream Scenario, la nueva comedia negra de Kristoffer Borgli, co-producida por A24 y la compañía de Ari Aster, donde el mito californiano interpreta a un personaje que, de nuevo, parece escrito a su medida. Cage encarna a un desventurado padre de familia que se cuela aleatoriamente en los sueños de otras personas en una propuesta que arrasó en el festival de Toronto y en la que lo onírico parece adoptar la estructura de un entramado de vasos comunicantes. Todo apunta, pues, a un gran cierre en una edición rebosante de propuestas fantásticas, oníricas, terroríficas, macabras, delirantes, que, como la historia del cine, se puede personalizar, se puede trazar de forma distinta en cada nuevo itinerario. Eso sí, cada vez que salgan de una proyección. Sea del Hotel Melià, el Prado o el Retiro. Por favor, no olviden mirar al cielo. Nunca se sabe.

    por Carles M. Agenjo
    octubre 05, 2023

    Sitges 2023 | Anotaciones sobre su programación

    por Carles M. Agenjo | octubre 05, 2023

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