|| Críticas | 74SSIFF | ★★★★☆
El mal hijo
Jaime Lorente
La familia que no escogemos
José Martín León
ficha técnica:
España, 2026. Título original: «El mal hijo». Dirección: Jaime Lorente. Guion: Jaime Lorente, Salvador S. Molina. Producción: Carmen Aguado, Frank Ariza, Manu Vega. Productoras: AF Films. Distribución: Karma Films. Presentación oficial: New Directors del Festival de San Sebastián. Fotografía: Elías M. Félix. Música: Luismi Glez Bedmar, Niño de Elche (Tema principal). Montaje: Regino Hernández. Reparto: Susi Sánchez, Miguel Ángel Puro, Hugo Arbués, Óscar de la Fuente, Abel de la Fuente, Félix Arráez, Naiara Carmona.
Han valido la pena los cinco largos años que Jaime Lorente ha necesitado para encontrar la financiación que hiciera posible llevar a la gran pantalla su ópera prima,
El mal hijo, sobre una novela inédita de Samuel S. Molina que aún buscaba editorial para ser publicada, algo que sucedería en 2024. Ha sido un proyecto largamente acariciado y perseguido por el popular actor de
Élite o
La casa de papel, que había elegido esta historia que se desarrollaba en su Murcia natal para hacer su debut como director, dejando el papel protagonista en manos de otro intérprete murciano, Miguel Ángel Puro, a quien le unía una estrecha amistad de muchos años y que fue la persona que intermedió para que el futuro realizador Lorente y el escritor novel Molina cruzasen sus caminos en forma de proyecto común. El resultado de esta serie de casuales conexiones ha sido uno de los debuts en la dirección más estimulantes de los últimos años, que ha tenido el honor de tener su estreno mundial en el actual Festival de San Sebastián, inaugurando la sección New Directors, un mes antes de aterrizar en las salas de cine de toda España. No era un material sencillo para ser adaptado en imágenes por un director inexperto, ya que se trata de un drama familiar, con elementos de thriller, que hace de la turbiedad y el fatalismo sus principales señas de identidad, poniendo a sus personajes, constantemente, al filo del abismo, dentro del asfixiante escenario de la huerta murciana. Ambientar la acción en Alhama de Murcia (aunque la película se haya rodado, en gran parte, en Gran Canaria) ha sido todo un acierto. Se consigue perfectamente el buscado efecto de pueblo en el que el tiempo parece haberse detenido hace muchísimos años y donde nunca pasa nada, en el que sobrevuela una atmósfera opresiva y hostil, característica del denominado "gótico rural" español, ese que cuenta con exponentes tan brillantes como
Furtivos (José Luis Borau, 1975),
La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2006) o
As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022), todos ellos ambientados en la España más negra y profunda, donde la proximidad de la naturaleza hace más hostiles a unas criaturas ancladas en mentalidades y comportamientos de lo más primarios.
La historia de
El mal hijo comienza en la década de los 90, durante uno de los veranos más calurosos que se recuerdan, con un chico de once años, Rubén, al que la vida le cambia, de la noche a la mañana, cuando su padre desaparece sin dejar rastro y debe irse a vivir con una abuela a la que conoce más bien poco. El panorama que se pinta en pantalla es desolador. Un padre cariñoso, a su manera, pero incapaz de gestionar sus obligaciones como padre, al verse arrastrado por una vida totalmente disoluta y autodestructiva, donde las drogas, el sexo promiscuo y la delincuencia forman parte de su día a día. Una madre no más preparada para ejercer como tal, ya que prioriza el dinero y la fiesta sobre el cuidado de su hijo, por lo que, consciente de su propia irresponsabilidad, no duda en mandar a vivir al niño con su abuela paterna, lejos de la familia gitana en la que se había criado hasta los once años. El mismo Rubén es un chaval que está creciendo con unos modelos de padres nada aconsejables, al tiempo que empieza a cometer pequeños hurtos en tiendas del pueblo, en compañía de un joven amigo. La abuela Pascuala, por su parte, es el personaje que se presenta como más fuerte y entero, dotado de esa autoridad y esa entereza propias de una matriarca cuya casa se rige bajo sus propias y rígidas normas. Ella es una mujer que no se permite decaer en ningún momento, tratando de salvar a los suyos de los pecados y debilidades del mundo, aunque para ello tenga que tomar decisiones moralmente cuestionables. Y, finalmente, está la mezquina figura del Tío Juanji, un ser egoísta y violento, que solo vive para hacer más difícil la vida de la anciana y su nieto, atosigándoles con constantes reclamos de los pagos de alquiler. Esta fauna de personajes, a cuál más desarraigado, está magníficamente interpretada por un puñado de excelentes actores, entre los que destaca, por veteranía y tablas, esa Susi Sánchez que parece imbuida por el espíritu de la Lola Gaos de
Furtivos en su encarnación de madre y abuela sobreprotectora y dura. Muy bien está, también, Miguel ángel Puro, como el padre drogadicto de Rubén, Mientras que el chaval es encarnado, con gran convicción, por Abel de la Fuente, en su etapa infantil, y un sorprendente Hugo Arbués de adulto, diez años después de los acontecimientos iniciales.
Si los personajes, ya de por sí, están inmersos en un entorno de marginalidad, desarraigo y delincuencia, los terribles secretos del pasado, guardados bajo llave, y algunos ingredientes más secundarios, que aportan cierto trasfondo social (peleas ilegales de perros, explotación laboral de inmigrantes en los huertos, adicciones varias, enfermedades neurodegenerativas), hacen que el visionado del filme sea una experiencia tan áspera como descorazonadora. Ni la novela ni la cinta apelan a la emoción a la hora de presentar los lazos de unión familiar entre los distintos personajes, ya que estos manifiestan una notable incapacidad para expresar sus sentimientos, siendo unas criaturas frías, endurecidas por esa difícil vida que les ha tocado pasar. Especialmente, ese Rubén que, siendo aún un crío, se percata de que no aparece en ninguna de las fotos de los recuerdos de ninguna de sus dos familias de sangre, ni la paya ni la gitana, evidenciando esa sensación de orfandad que le acompañará siempre. Lorente no solo dirige maravillosamente bien a sus actores, sino que, estéticamente, entrega una obra con un acabado visual muy poderoso, apoyándose en la fantástica labor fotográfica de Elías M. Félix, que ha sido capaz de extraer toda la belleza (y también la oscuridad) de esos paisajes murcianos, con algunas tomas que parecen directamente sacadas de un western, con esos impresionantes cielos nublados sobre sus personajes. Al tiempo, dentro de la sordidez predominante, es capaz de regalarnos algunas imágenes de gran belleza plástica y fuerte carga simbólica (ese caballo huyendo en mitad de la noche, la escena final en el mar, con la estremecedora canción de Niño de Elche poniéndonos la piel de gallina). Y es que la música, obra de Luismi Glez Bedmar, también es digna de ser destacada, ya que contribuye sobremanera a crear ese ambiente desesperanzador que domina cada fotograma de una cinta dolorosa, triste y durísima, con pocas concesiones a los finales felices o a la redención de sus perdidos protagonistas. Es un ejercicio de estilo brillantísimo que, afortunadamente, no se queda solo en eso, gracias a que Lorente mima cada detalle de su pulido guion y dota a todos sus personajes de la suficiente verdad como para trascender cualquier estereotipo. Susi Sánchez merece todos los premios y Lorente que su ópera prima no pase desapercibida y obtenga todo el reconocimiento y atención que merece. Estamos ante un nuevo talento de la dirección que promete ofrecernos grandes cosas en el futuro. Con
El mal hijo ya lo ha hecho. ♦