Un soplo de aire (muy) fresco
Crónica I de la 22ª edición del Festival de Tallin.
Un frío polar que no debería sorprender a nadie acompaña la 22ª edición del Festival Internacional de Cine de Tallín, también conocido como el Black Nights Film Festival (quizá porque a las cuatro “de la tarde” ya es de noche). Hablamos del último certamen de clase A del año, lo que desemboca en una Sección Oficial arriesgada, variopinta e incierta, al deber sus programadores pescar entre los títulos que Cannes, Venecia y compañía han dejado disponibles. Eso, que a priori es negativo, tiene su lado ventajoso: cada proyección es una caja de sorpresas que puede desembocar en tedio o fascinación pero rara vez en indiferencia. Este es el caso, por ejemplo, de
Asandhimitta, de Asoka Handagama, que no cumple con ninguna de las expectativas que contar con una mujer obesa de Sri Lanka en el centro de la acción pudiera generar. En realidad, en la selección principal del festival báltico puede encontrarse de todo, desde la
Niña errante de Rubén Mendoza, que con su agridulce retrato de cuatro hermanas colombianas y sus líricas imágenes se acerca más a los cánones de otros certámenes de prestigio, hasta
The Human Part, del finlandés Juha Lehtola, humor nórdico puro y duro que llenó la sala aquí pero lo tendrá difícil para expandir horizontes. A propósito de esto último, no hay en el mundo encuentro más importante para la cinematografía del noreste europeo, dedicándose especial interés, como no podría ser de otra manera, al cine báltico, todavía desconocido en el resto del globo. Y Estonia a la cabeza, claro, con su propia sección. El país en general y Tallín en particular juegan un papel clave en la experiencia del festival, y no sólo por esa brisa heladora que fuerza a retrasar el inicio de las proyecciones hasta las diez de la mañana y no programar nada más allá de las nueve y media de la noche, beneficiando así tanto a la temperatura corporal de espectadores y críticos como a las horas de sueño, sino también por el valor cultural que aporta, al estar todos los cines a escasos minutos de uno de los cascos antiguos más mágicos del mundo. No por el frío hay menos sesiones, no: simplemente hay menos horas muertas entre ellas y más posibilidades horarias, incluso a mediodía, lo cual sólo puede agradecerse. Ni rastro, eso sí, de la clásica frialdad norteña entre los trabajadores del festival, mas quizá sí de la dureza báltica: cuesta imaginar otro evento cultural llevando a los acreditados de excursión a un lago helado para remar ellos mismos hasta una cárcel sumergida. Curioso modo de hacer contactos. También, maravilloso. Y es que para qué negarlo: qué bien sienta alguna aventura que otra, sobre todo durante un evento en el que, película tras película, es fácil sentirse voyeur pasivo de vivencias ajenas.