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    Rose Glass
    Rose Glass
    || Críticas | ★★★★☆
    Sangre en los labios
    Rose Glass
    Pain is weakness leaving the body


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2024. Título original: Love Lies Bleeding. Directora: Rose Glass. Guion: Rose Glass, Weronika Tofilska. Productores: Daniel Battsek, Andrea Cornwell, Oliver Kassman, David Kimbangi, Susan Kirr, Ollie Madden. Productoras: A24, Film4, Escape Plan Productions, Lobo Films. Fotografía: Ben Fordesman. Música: Clint Mansell. Montaje: Mark Towns. Reparto: Kirsten Stewart, Anna Baryshnikov, Ed Harris, Jena Malone, Dave Franco, Katy O’Brian, Orion Carrington.

    Mientras cierto audiovisual comercial estadounidense, a las órdenes de una IA alimentada de recuerdos implantados, se complace en explotar hasta la saciedad la nostalgia ochentera, otras voces y otras miradas más escoradas, en fin, cineastas con personalidad, prefieren mirar hacia atrás con ira para desmitificar tanto un tiempo como una parte de ese cine que, aunque pueda constituir la memoria sentimental de muchos de nosotros, no debería encerrarnos en la jaula de una infancia eterna. En la senda de Todos queremos algo (Everybody wants some!!, Richard Linklater, 2016), Armageddon Time (James Gray, 2022), la reciente El clan de hierro (The Iron Claw, Sean Durkin, 2024) o ese cine raramente atemporal que solo sabe hacer Sean Baker y que hurga en las entrañas de los ochenta, Sangre en los labios es más interesante por el modo en que su directora y guionista, Rose Glass, entiende las coordenadas de la historia que por la historia misma.

    Unos años ochenta –en concreto, 1988, en las elecciones bisagra entre Reagan y Bush– que se muestran al público en un segundo plano altamente corrosivo. El culto al cuerpo, la negación de la violencia de género (o al revés, la aceptación de la violencia por el género), el odio disfrazado de sarcasmo a las lesbianas, las armas como vínculo de la vida en comunidad, la corrupción de la policía, el tráfico de estupefacientes, la precariedad laboral, el patriarcado instalado en la sumisión sexual, la desatención a la infancia. El ácido cultural del reaganismo rocía de principio a fin una propuesta que deja mal cuerpo porque nos habían acostumbrado a ver ese paisaje con otros ojos. Con los ojos del violento, de quien imponía su ley porque el mundo estaba lleno de gente cobarde, débil y degenerada.

    Para darle la vuelta a la pintura y ver el reverso del lienzo, Rose Glass ha hecho una elección incontestable: el cine negro, cuyos códigos siempre han funcionado como un espejo incómodo de la realidad. Tenía más mérito en su origen –los años cuarenta– escupir a la cara del sistema, porque era una crítica en directo. Sin embargo, no es menos valioso lanzar salivazos retroactivos hoy, cuando tantos y desde tantas partes se empeñan en glorificar el pasado mediante las más refinadas técnicas de lo que los americanos llaman con acierto Nostalgia Marketing. Digo pasado, en general, porque esta máquina de hacer dinero no se limita ni al cine ni a los años ochenta. Una camiseta en la que ponga Bazin obedece a esta misma estrategia. La autora de Saint Maud (2019) articula, pues, Sangre en los labios con los moldes dramáticos de un Chandler o un Hammett, tirando de estereotipos, en personajes y situaciones, que funcionan porque el espectador sabe que está viendo una versión envilecida y hasta cierto punto cómica, o sea, auténtica, de su entorno próximo.

    Lou (Kirsten Stewart) y Daisy (Anna Baryshnikov) –hasta los nombres tienen un aire «retro-noir»– hacen las veces del (aquí la) detective y la femme fatale; JJ (Dave Franco) es el marido estúpido y violento; Beth (Jena Malone), su esposa maltratada; Lou Senior (Ed Harris), el gran patriarca de la comunidad, con negocios ocultos y una familia podrida; Jackie (Katy O’Brian), la «tonta», víctima propiciatoria para unos y otros; O’Riley (Orion Carrington) y Mike (David DeLao), las caras honrada y corrupta de la policía. Alrededor de estos clichés, poco o nada actualizados pero que, insisto, siguen vigentes por su efecto esclarecedor, Glass y su coguionista, Weronika Tofilska, desarrollan una trama de afectos y odios familiares en la que el deseo (desinteresado pero salvaje) y el sexo (buscado pero imprevisto) representan la única tabla de salvación posible para una sociedad enferma. Por eso las escenas de sexo entre Lou y Daisy resultan tan necesarias como significativas, y por eso mismo también son las únicas iluminadas con fuentes directas de luz cálida.

    Que lo natural choque contra lo extraño, y la vida sea el delirio de un poeta sin manos es, por lo tanto, el principal valor de Sangre en los labios. Una obra que además puede y debe presumir de sus raptos de audacia creativa. Cada vez que Daisy sufre un acceso paranoico a causa de los esteroides que se inyecta, Glass arroja la narrativa a las fauces del fantástico, trasladando al espectador a un mundo de pesadillas habitado por culturistas hijas de Satán, fetos vomitados, abismos lovecraftianos y hasta una Hulka devenida en ángel vengador. En estos tiempos de corrección política y riesgos calculados, se agradece que una directora solo piense en dos cosas: lo que necesita ver ella y lo que necesitan ver sus personajes; en ese orden. A lo mejor este es el verdadero sello de las producciones A24, una casa que empieza a recordarme a la vieja RKO porque todas sus películas parten de la idea de mezclar y transmutar imaginarios.

    En esta película cabría hablar de algo así como un «western-fantástico-noir» en tanto en cuanto el tercer acto se plantea en dos escenarios típicos del Oeste (un desierto y el rancho-mansión de Lou Senior) que habitan fantasmas en busca de redención por los crímenes que cometieron las personas que amaban. Amor o morir, de eso trata en definitiva una cinta cuya última escena es un testimonio brutal de la naturaleza humana. Retos de este calibre son los que desafían y seducen nuestra mirada, ya harta y cansada de imágenes predecibles y adocenadas. El cine no puede convertirse en el feed de Instagram. Es posible que dentro de dos semanas nadie se acuerde de esta película, tal es el ritmo al que se despachan los estrenos, pero quiero pensar que a algunos espectadores se/nos quedará, precisamente, el inconfundible sabor de la sangre en los labios. ♦


    «En estos tiempos de corrección política y riesgos calculados, se agradece que una directora solo piense en dos cosas: lo que necesita ver ella y lo que necesitan ver sus personajes; en ese orden. A lo mejor este es el verdadero sello de las producciones A24, una casa que empieza a recordarme a la vieja RKO porque todas sus películas parten de la idea de mezclar y transmutar imaginarios».



    por Raúl Álvarez
    abril 11, 2024

    Crítica | Sangre en los labios

    por Raúl Álvarez | abril 11, 2024

    21st century mater dolorosa

    Crítica ★★★★☆ de «Saint Maud», de Rose Glass.

    Reino Unido, 2020. Título original: Saint Maud. Directora: Rose Glass. Guion: Rose Glass. Productores: Andrea Cornwell, Oliver Kassman. Productoras: Escape Plan Productions, BFI Film Fund (Distribuidora: A24). Fotografía: Ben Fordesman. Música: Adam Janota Bzowski. Montaje: Mark Towns. Diseño de producción: Paulina Rzeszowska. Dirección de arte: Isobel Dunhill. Diseño de vestuario: Tina Kalivas. Reparto: Jennifer Ehle, Morfydd Clark, Turlough Convery, Lily Knight, Lily Frazer, Faith Edwards, Rosie Sansom, Marcus Hutton, Noa Bodner. Duración: 84 minutos.

    Es hasta cierto punto reconfortante acompañar al joven protagonista de Hereditary, en los últimos instantes de la película de Ari Aster (2018), mientras asciende al mundo terrorífico, de cultos y demás, que guarda el corazón del mal silencioso y parasitario que ha penetrado hasta lo más hondo de su hogar. Un centro perverso que, con la desafección propia del hiperformalismo audiovisual, había teñido las imágenes de un espeso desasosiego. Un año más tarde, en Midsommar, la cámara se deslizaba suavemente por encima del trauma originario del personaje interpretado por Florence Pugh para dirigirse hacia un cielo nocturno tan afásico como implacable. Al final, un sacrificio ritual (víctima disfrazada de oso y verdugos, de ramillete) resultaba más soportable que la sonrisa desbordada de ella, libre. Invoco estas imágenes como epítome de una paradoja posible: un gesto manierista, que tensa la superficie de la película y la lleva hacia su propio extremo para salvaguardarnos, con su exceso, de una oscuridad íntima, pero inconceptualizable. Queda velado, tras la exageración —casi la broma—, un verdadero abismo que solo podremos atisbar desde los márgenes.

    Saint Maud, el debut de Rose Glass, se inicia con un travelling por el pelo encrespado y ensangrentado de una mujer muerta, que abre las puertas a una feminidad apagada, y que luego arbitrará, como buen leitmotiv, retornos y variaciones en las mujeres del dúo protagónico (una marchita, otra truncada). En los minutos iniciales hay baldosas, piel empapada en sudor y sopa de tomate, pero la inminencia de lo material encontrará sus máximos portavoces en el shock que nace del auto-castigo cutáneo, podal o sexual por parte de la protagonista. Esto es, el horror de Saint Maud es palpable: puede asirse, democratizadas todas las capas de lo visual en un terreno de pura inmanencia. Esta primera secuencia ya encapsula su apuesta por lo físico como superficie y núcleo duro de su despliegue cinematográfico. Glass disecciona el gesto extremado del Aster manierista y lo reconstruye desde el materialismo. El impacto de lo físico traslada el visionado al terreno de lo repulsivo, reino de la arcada. En su Crítica del juicio, Kant defendía que del asco, oposición a toda apreciación estética, nacía la risa. La carcajada como nuestro escudo ante el golpe de «lo feo», lo siniestro o lo inexplicable. El disparate incontrolado que genera esta respuesta se encuentra en el propio argumento de la cinta: Maud (Morfydd Clark) es una cuidadora personal que se proclama emisaria de Dios con el objetivo de salvar el alma de su paciente, la pecaminosa y muy sáfica Amanda (Jennifer Ehle). Con Maud, Dios se comunica a través de posesiones físicas, tan semejantes al orgasmo como al infarto, otorgando a la joven incluso poderes telequinéticos.

    Para socavar la ambivalencia entre lo insoportable y lo risible, Saint Maud toma las formas de un estudio ilustrado. El simbolismo es, para Glass, un método genuinamente estable para aglutinar un diálogo entre las referencias, inmediatas y consumibles, de los grandes temas que vertebran la película. Varios universos conceptuales gravitan de manera superficial. Por ejemplo, sobre falsos predicadores mediante composiciones visuales expresionistas en forma de triángulo, como aquellas que pesaban sobre la casa invadida de La noche del cazador de Charles Laughton. También las pesadillas familiares, consumadas en interiores violentos: en los tapices de la casa de Amanda hay una clara alusión a las cenefas de la moqueta del Overlook, de El resplandor. La imagería religiosa de William Blake, desplegada en capilla en la habitación de Maud, también cerrará un dechado simbólico alrededor de la idea del via crucis, que encontrará réplica directa (asquerosa) en su puesta en práctica por parte de la «Santa Cuidadora».

    Saint Maud, debut en el largometraje de Rose Glass.

    por Mariona Borrull Zapata
    diciembre 28, 2020

    Crítica | Saint Maud

    por Mariona Borrull Zapata | diciembre 28, 2020

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