Metal pesado en la Ciudad Fantasma
crítica de Robocop | de José Padilha, 2014
Aquella mañana los teletipos no intentaron seducir a ningún crédulo. Las noticias llovían retóricamente, sí, como un atípico lunes que mojara el rictus de dos presentadores cuyas dentaduras, por algún designio más o menos circunstancial, no sonreían ni con fórceps bucales. Nada. Ni siquiera un esbozo. Más bien al contrario, pues ellos también advertían la gravedad del asunto: Detroit, Ciudad del Motor, cantera de boxeadores como Joe Louis, reino del sello discográfico Motown, o sea del soul y del funky y de buena parte del mejor pop jamás concebido, se había metamorfoseado en un sumidero por el cual verter toda la mierda que no convenía destapar. Marrón oscuro y a plena luz, así interpretaban los tecnócratas el latido de esa ciudad sin ley, partida en dos hasta la raíz. El televisor, pues, rugía también partido en miles de fracciones que mostraban una realidad acaso visionaria; un hoy hecho futuro y un porvenir que no invitaba a cruzar ningún camino adyacente, o, mejor dicho, ninguna ruta alternativa. Los rótulos centelleaban a pie de plano, mientras el reportero apuraba su afectación y la copresentadora sugería —para sí— el inminente aterrizaje del robot: un híbrido entre bulldozer y rana y avestruz y velociraptor lesionado del menisco, cuyo lema podía definirse como: "Identificar, desarmar y, si eso, matar". El futuro. Qué chiste. Más aún si su construcción sale a flote en detrimento de los más desfavorecidos, pues ese minimalista y eficiente parque tecnológico a duras penas logra satisfacer las apetencias del alcalde y su troupe de machacas catedráticos en marketing. En Detroit la criminalidad había alcanzado cotas obscenas. Políticos y empresarios orquestaban veladamente un proyecto que debía sepultar aquel ya viejo Detroit en favor de la futurible (a tiro de piedra finisecular) y no poco ostentosa polis, Delta City. Todo sonrisas y todos sonrientes para recibir a la Ley con software y hardware de última-generación-sin-inventar y cañones que escupían 120 proyectiles Parabellum por minuto: un Vietnam a escala precipitado a través de la ficción menos alegórica.