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    Pete Docter
    Pete Docter

    ¿Quién pagó el taxi?

    Crítica ★★★☆☆ de «Soul», de Peter Docter y Kemp Powers.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Soul. Dirección: Peter Docter y Kemp Powers. Guion: Peter Docter, Mike Jones y Kemp Powers. Compañía: Pixar Animation Studios Producción: Kiri Hart Distribución: Walt Disney Animation. Música: Trent Reznor y Atticus Ross. Fotografía: Matt Aspbury y Ian Megibben. Montaje: Kevin Nolting. Reparto: Jaime Foxx, Angela Bassett, Tina Fey.

    A Joe Gardner (Jamie Foxx) le comunican dos noticias importantes nada más comenzar el relato. Una es que su interinidad, a tiempo parcial como profesor de música de un instituto, va a ser finiquitada, transformándose así en glorioso funcionario de la enseñanza con pensión y seguro médico, como si eso fuese el maná, o así lo ven la propia directora del centro, que entusiasmada, quiere darle la buena nueva personalmente, o su madre, recordándole que solamente en esa aceptación del empleo está oculto el esfuerzo de unos padres por conseguir una educación germinal para su hijo. Y dos: que la famosa saxofonista Dorothea Williamns (Angela Bassett) necesita un pianista para su cuarteto en el Half Note Club. Una encrucijada se erige ante el personaje; su elección será la génesis de la historia. Entre la fiabilidad de recibir una nómina todos los meses y la incertidumbre de poder cobrar la del siguiente mes; entre tomar la senda segura, deseada por su madre, o tomar una ruta secundaria que puede que lo conduzca al éxito deseado (reconocimiento, que es lo que le falta como vemos con sus alumnos, nada más comenzar la diégesis) o a un Cul de sac frustrante (el anonimato). En definitiva de lo que trata su elección es o bien optar por la estabilidad, aquello por lo que has estado esforzándote toda tu vida, la mayoría de las veces presionado bajo consejo ajeno, o bien elegir lo azaroso, aquello que está improvisado pero te apasiona. Cuando Joe llegue al club y vea a Dorothea practicar el saxofón, sabremos qué opción habrá elegido. Pocas veces se ha visto una mirada posarse en un instrumento musical como en ese momento, íntimamente subjetivo, cuando lo que está haciendo es auscultar el cuerpo de una mujer mimetizándolo con el instrumento que está tocando. Pareciera que la alternativa a la condición de músico ronin le deparará muchas alegrías pero Joe no tiene mucho tiempo, pronto morirá. Comienza una defensa del relato que no tiene por qué serlo de Soul (Pete Docter, Kemp Powers, Estados Unidos, 2020).

    Antes de nada habría que hablar de un estilo musical. Poco después, cuando Joe se incorpore al cuarteto y pregunte qué va a tocar y nadie, ni siquiera Dorothea, le haga caso nos encontraremos con una de las características inherentes al jazz: la improvisación. Joe empezará a pulsar las teclas, un poco desorientado al principio, dejándose llevar por la música que oye y que siente. Poco a poco dejará que sus dedos hablen por él, iniciando un diálogo espontáneo, ya no sólo con el saxofón sino con el contrabajo y la batería, entrando en una especie de trance místico, aunque se parece más a un momento heredado de Fantasía (1940), cuando el telón cae y el color lo envuelve todo, un azul que sumerge al profesor en un limbo amniótico aislándolo de la realidad, improvisando cada nota, dejándose llevar por un sonido que quizá no entienda pero que está sintiendo y creando en ese mismo acto. La improvisación reluce mucho más en un proyecto como éste, una película, una construcción narrativa visual, por contraste. El elemento imprevisto destaca en un escenario totalmente construido, la discordancia se potencia el doble, más si cabe, entre la espontaneidad y el esquema, entre el alea que diría Noël Burch en su seminal y maquiavélica Praxis del cine (Praxis du Cinema, Editorial Fundamentos) y el orden, algo al que no ha sido ajeno Pete Docter, que ya desde sus inicios formativos en la CalArts los estuvo tanteando. Desde Winter (3 min, 1988) hasta Next Door (3 min, 1990) pasando por Palm Springs (2 min, 1989) conforma una trilogía experimental donde el autor irá esbozando su particular mapa de recursos creativos primando el acting, la oposición y el simbolismo, expandiéndolos más tarde como veremos a una pareja de monstruos (Monstruos S.A. / Monters Inc, 2001), a un viejo y un niño (Up, 2009) o a nuestros sentidos (Del revés / Inside Out, 2015). Desde esa búsqueda de la verdad, como él mismo defiende, aunque yo lo llamaría pesquisa sobre “lo creíble” en su primera práctica, haciendo hincapié en las reacciones y expresiones de un niño ansioso por jugar en la nieve frente a su madre castradora, hasta el ejercicio de simbolismo entre una niña y un adulto de su última, pasando por la diferencia en la escala entre un dinosaurio y un cavernícola, veremos que serán herramientas útiles que no dudará en volver a usar en su último filme, aunque en este caso hayan llegado a deteriorarse, quizá por un uso reiterativo.

    Mucho de lo que vemos en Soul nos parecerá un fantástico déjà vu. Tenemos la sensación de que ya lo hemos visto, no ya en otras ficciones, sino incluso dentro de la propia filmografía del director. La moraleja «carpe diem» por ejemplo ya estaba en Up; en un momento maravilloso, una anagnórisis que allí funcionaba y aquí no tanto: Joe se da cuenta de que el instante es lo más valioso que te puede regalar la vida, contemplando aquello que se mantiene oculto delante de tus propias narices, sólo hace falta pararse en este mundo activado, y en ese sentido Soul lo refleja a la perfección, un mundo repleto de movimiento frenético, en el que simplemente hay sentarse y observar las cosas como son, sin adjetivos, mirando de frente con calma, sin agitación ni ritmo, curiosamente, elemento imprescindible en la música pero que en el jazz parece formarse a medida que uno lo va descubriendo, tocándolo, gracias a ese patrón improvisado antes mencionado. De esta manera la caída de una hoja dando vueltas sobre su propio eje se erige como motor que bascula entre la intimidad del detalle y la espectacularidad de la masa. La búsqueda de un sueño no es conseguirlo, sino disfrutarlo en su trayecto, pero eso ya nos lo dejó claro Carl Fredricksen (Edward Asner) cuando, después de perderlo todo en su aventura, a Russell (Jordan Nagai), a Kevin o incluso su propia casa, decide sentarse en su sillón y replantearse sus objetivos mirando su antiguo diario llamado Libro de Aventuras, encontrando un pasaje oculto entre sus páginas. La revelación comienza su proceso adictivo. A cada hoja que pasa, el personaje va desempolvando trazos de su propia existencia pretérita representados por una serie de fotos con su mujer, ya fallecida, que parecía mantenerlos en secreto. Nunca sabremos por qué lo hizo, quizá por omisión memorial, pero el hecho de que su marido, ahora transformado en todo un explorador rememorando su infancia, cuando antes no podía, descubriendo su propia vida, y lo más importante, desvelándose una que quizá no fuese tan aburrida como él la recordaba, rescatando esos momentos en su mente, se enfrente al duelo y descubra que no tiene ninguna lógica, que lo más importante es recordar cómo fue el tiempo que convivió con ella antes que continuar llorándola. Momentos fragmentados como fotogramas que van pasando por su cabeza, renaciendo como si fuesen una tira de celuloide proyectada, situaciones intranscendentes que retornan, destellos de una luz que se ha ido pero que no se olvida, por lo tanto, jamás se pierde, jamás se muere. El momento es arrebatadoramente emocionante frente al de Soul que por idénticos procesos miméticos no logra conseguir los mismos resultados, ¿la razón? Se encuentra escondida entre los flecos del relato, Soul, y con ello Pixar, parece no haberlos fabricado como otras veces.

    por José Amador Pérez Andújar
    enero 31, 2021

    Crítica | Soul / Disney+

    por José Amador Pérez Andújar | enero 31, 2021

    El solaz del maestro Pete Docter

    crítica a Del revés (Inside Out, Pete Docter & Ronnie del Carmen, 2015).

    Existe una ley no escrita según la cual todo cinéfilo de bien ha de acudir cada cierto tiempo a YouTube para revisionar la secuencia resumen (o de montaje) de Up. Es una tradición inamovible, gobierne quien gobierne, y por todos respetada. Sea cual sea su identidad política. Con más o menos piel, da igual. No en vano hay fábulas tan próximas que ayudan a encontrarnos con lo que siempre quisimos ser: hombres y mujeres rebosantes de felicidad; mujeres y hombres que manejan ese anhelo montando en travelín y dejándose llevar de un lado a otro, sutilmente. De la cuna que espera a su bebé, hasta la consulta del médico que trae malas noticias sobre París. Del primer flash impoluto, con el sí quiero ya dicho ante la concurrencia, al momento en que Carl dice no a la corbata y Eli le acomoda su pajarita, cuarenta años más tarde. Toda una vida condensada en apenas cuatro minutos que suben y suben, globos perdiéndose en las alturas, sólo para descender sin resuello, más flacos y quizá incluso más sabios. No obstante la historia, por una vez, concita a todos aquellos escépticos que aún entonces (tras ver Toy Story, Monstruos S.A., Los increíbles, Ratatouille, Wall-E, o alguna joya del maestro Miyazaki) identificaban la animación con un género si no marginal, bastante menor y destinado fundamentalmente al público infantil. Y en esas llegó John Lasseter junto a su Dream Team, encabezado por Pete Docter, que agarró su goma Milan 430 y difuminó de un plumazo la frontera entre animación "infantil" y animación "adulta". Y todo gracias a dos entes horribles. O mejor dicho, dos profesionales del horror. Literalmente. El primer Toy Story sentó las bases técnicas y narrativas, sí, pero fue Monstruos S.A. la película destinada a cristalizar por fin un modelo —artístico-comercial, si se quiere— a largo plazo, cuya fecha de caducidad cambia cada por tres en vistas a un futuro en el que Pixar, reina madre ya fagocitada por el dios Walt Disney, sigue impartiendo magisterio con inopinado virtuosismo.

    Durante algún tiempo convenimos en señalar que DreamWorks Animation era su principal competidor, y tal vez fuese así; al menos comercialmente y si reforzamos tesis con nombres, a saber: Chicken Run: Evasión en la granja, Shrek, Kung Fu Panda, Cómo entrenar a tu dragón y, sí, también Los Croods. Un quinteto a guardar bajo llave, para volver a él cuando urja decirle al mundo que nosotros estuvimos allí, junto al zepelín fastuoso de Steven Spielberg, viendo caer en llamas su gloria palomitera. Le ocurre a Pixar, sin embargo, lo mismo que a Woody Allen: sus posibles medianías (Monstruos University, A Roma con amor), o siestas reglamentarias (Cars 2, Vicky Cristina Barcelona), reúnen en ocasiones más inteligencia que la obra completa de cualquier otro autor o estudio en el radar de Hollywood. Y es que Pixar ya no compite con DreamWorks, ni con Blue Sky, ni con Studio Ghibli, ni con la muy british Aardam; ni siquiera con la única productora capaz de aturdirla momentáneamente: Nickelodeon y su ópera spaghetti western, Rango. Tanto da. De una forma u otra siempre acaban por descubrir ese mecanismo que activa nuestras emociones, ese plus de magia cuyos ingredientes, aun reconocibles, se nos ocultan como la receta de la Coca-Cola. Queda claro, así, que en Emmeryville (California) sólo compiten mirándose la filmografía, igual que un actor presumido, y es precisamente su extraordinario metro patrón lo que podría frustrar en principio una película tan ambiciosa como Del revés (Inside Out).

    por Anónimo
    junio 30, 2015

    Crítica | Del revés (Inside out)

    por Anónimo | junio 30, 2015

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