HISTORIAS DEL RON
Martes, treinta grados en la jungla de alquitrán. El primer calor auténtico, sin concesiones. Así llega otro verano que se presume tópico, más triste que nunca. Con indiferencia, ruido y manifestantes en torno al Kilómetro Cero, en Madrid. Una ciudad que respira y desprende cine, que asiste —suponemos que indefensa, estática como sus construcciones monumentales—al cierre de salas que eran símbolos de ese ritual soñado, popular y magnífico, consistente en ver películas a oscuras, asistiendo a un espectáculo gigantesco por dimensiones y poso sentimental. Todo apuntaba a que sería una gran noche. El cine se dispuso como excusa para hablar de sí mismo, a través de cuatro voces que también hablaron de películas, pero grupalmente. La voz colectiva de cuatro descreídos cargados de anécdotas. Sólo hubo que esperar a que se apagase la música de jazz y blues que amenizó con elegancia los prolegómenos de una cita bañada en licor dulce. Por enésima vez, el alcohol derribó esa barrera invisible que se alza entre la embocadura y las primeras filas de una platea tímidamente nerviosa. Alrededor de las nueve, cuatro amigos salieron al escenario del Teatro Calderón para comentar sus vivencias profesionales, cómo se conocieron, los porqués de sus orgullosas filias y la arbitrariedad (o no) de sus fobias. Eran cuatro tíos ajenos a los mecanismos del teatro, pero con un nexo en común: el cine. Y, sobre todo, la amistad insobornable que brinda el whisky de la sobremesa. Cenas que se prolongaban casi sin querer, compulsivamente, debido a su efecto balsámico tras horas y horas de proyecciones en salas llenas de críticos y cronistas que observan el producto como si éste escondiera la cura de una enfermedad cáustica o el antídoto de todos los males humanos. Apenas dos sillones y un sofá se disponían sobre el tablero, rodeando una acogedora mesita rectangular que aguantaba los cócteles de Enric González, Toni García, Carlos Boyero y Oti Rodríguez Marchante.