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    Michael Sarnoski
    Michael Sarnoski
    || Críticas | ★★★☆☆
    La muerte de Robin Hood
    Michael Sarnoski
    Las leyendas lo aguantan (casi) todo


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2026. Título original: The Death of Robin Hood. Director: Michael Sarnoski. Guion: Michael Sarnoski. Productores: Michael Sarnoski, Hugh Jackman, Mark Huffam, Arlen Konopaki, Charles Miller, Janine Modder, Aaron Ryder, Andrew Swett, Alexander Black, Jon Rosenberg, Rama Gottumukkala. Productoras: Lyrical Media, Ryder Picture Company. Fotografía: Pat Scola. Música: Jim Ghedi. Montaje: Sarah Broshar y Steven Eberle. Reparto: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgard, Murray Bartlett, Jade Croot, Faith Delaney, Noah Jupe. Duración: 2 h 3 min.

    La primera tentación crítica ante la nueva película de Michael Sarnoski, sobre un Robin Hood errabundo y crepuscular, es acordarse de Robin y Marian (Robin and Marian, Richard Lester, 1976), en la que un Sean Connery calvo, barbudo y achacoso trataba de enamorar por última vez a una Lady Marian interpretada por Audrey Hepburn. Que se quede en eso: la tentación. Porque La muerte de Robin Hood, si bien parte de una premisa parecida, no pretende reescribir el romanticismo tardío de Richard Lester, sino utilizar la figura del legendario arquero para ahondar en un tema contemporáneo nuestro: el pasado como soga vital y la imposibilidad de la redención. Digo nuestro porque de un tiempo a esta parte, en concreto a partir de la pandemia, el cine –no importa el género ni la nacionalidad– abunda con cierta frecuencia en temas y argumentos cuyo origen es siempre un trauma. Por ahí se nos ha colado el zeitgeist.

    El Robin de Sarnoski es esencialmente un personaje escrito desde estas coordenadas pesimistas, así que cualquier valoración de la película debería tener en cuenta que aquí lo psicológico prima sobre cualquier otro aspecto dramático o narrativo. Que nadie espere ni una gota de aventura ni de épica ni de segundas oportunidades en el amor. Sarnoski sabe que su protagonista ya ha pasado por ahí de la mano de Errol Flynn, Sean Connery, Kevin Costner, Russell Crowe o Tom Holland, por citar solo algunas de las encarnaciones más populares del personaje. De modo que el director se dedica a lo que sabe hacer mejor, que no es sino retratar individuos perseguidos por sus fantasmas. Lo apuntó en su curiosa ópera prima, Pig (2021), y lo confirmó en Un lugar tranquilo: Día 1 (A Quiet Place: Day One, 2024). Lo suyo es la tragedia, el dolor y la desesperación como vectores de historias condenadas a terminar mal o muy mal. Quizá porque es un nihilista convencido o porque detesta los finales convencionales.

    Desde cualquiera de estas dos posturas, La muerte de Robin Hood se percibe como una propuesta tan original como frustrante, sobre todo en su último tercio. El film arranca de manera inmejorable, con una planificación sólida y medida y un diseño de producción absorbente. Tanto, que por momentos uno llega a dudar de que su director no sea Robert Eggers. La historia avanza de brutalidad en brutalidad a golpe de hacha y mazo, exhibiendo una violencia cruda y salvaje que no hace concesiones al espectador medio. El asalto a la casa de Little John (Bill Skarsgard) o el momento niño-flecha-ojo pondrán a prueba la paciencia de quienes esperasen una aventura medieval al uso. Nada de eso. La primera media hora es un cuento primitivo y brutal ambientado en páramos helados y yermos, en el que apenas se dicen tres palabras seguidas y que se sostiene sobre los hombros de un buen (por esforzado) Hugh Jackman, que recupera el rictus y los tics eastwoodianos de su viejo Logan.

    A la vista de este tono apocalíptico, y siendo un poco malicioso, se podría pensar que Sarnoski se ha tomado esta película como un ensayo para su esperada adaptación de Death Stranding. Puesto que Robin, como el Sam Porter del videojuego de Hideo Kojima, se nos presenta como un hombre cargado de secretos inconfesables que afronta una última misión atravesando un mundo muerto y desolado. Sea así o no, lo significativo es que esta primera parte de la película es eficaz en términos narrativos, no pisa terreno conocido por comparación con otras versiones de la leyenda e incluso se atreve a discutir el valor ejemplar de las historias. En su mejor momento, cuando Robin cae malherido después de su enfrentamiento con el patriarca, Sarnoski apunta hacia un vacío existencial que coloca su película ante las puertas mismas del pesimismo moral.

    Entonces la cámara funde a blanco y aparece, angelical, el rostro de la hermana Brigid (Jodie Comer), y con ella el anuncio de una nueva película que se dedica a negar y traicionar punto por punto lo visto hasta ese momento. No se trata de una progresión dramática verosímil ni de una evolución razonable de los hechos. No. Es una enmienda a la totalidad, que nunca sabremos si se debe a la fuerza de Hugh Jackman como productor ejecutivo o a un ataque de cobardía por parte de Sarnoski, temeroso de llegar hasta las últimas consecuencias con su planteamiento. Donde antes había tormento y sufrimiento, ahora hay esperanza y optimismo. Donde antes había condena e infierno, ahora hay redención y paraíso. Donde antes había muerte y violencia, ahora hay vida y paz. En definitiva, Sarnoski cede a la tentación de salvar el alma de su Robin y, con ella, el valor modélico de las historias. Por haber, hay hasta pajarillos y verdes praderas que alegran los días del viejo cruzado.

    Y es una pena, porque había material de sobra para convertir esta parte del film en una coda negrísima y coherente con la premisa inicial. La figura del leproso (el twixt más goloso de la película) se disuelve como un azucarillo, el amago de venganza por parte de Arthur (Noah Jupe) nos priva de cuestionar la inocencia de Margaret (Faith Delaney) y la exagerada bondad de Brigid anula la dimensión erótica y sádica que Sarnoski le otorga en sus primeras escenas, cuando parece que ese último refugio de Robin es en realidad una ensoñación de la legendaria Avalon de los celtas. La alargadísima y tediosa escena final, que incluye una innecesaria adulteración del bello desenlace de Robin y Marian, termina de condenar una película que nunca da lo que promete. Robert Eggers tendrá muchos defectos, pero esto nunca le pasa.♦


    por Raúl Álvarez
    julio 03, 2026

    Crítica | La muerte de Robin Hood

    por Raúl Álvarez | julio 03, 2026
    || Críticas | ★★★★☆
    Un lugar tranquilo: Día 1
    Michael Sarnoski
    Cuando el mundo enmudeció


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: A Quiet Place: Day One. Dirección: Michael Sarnoski. Guion: Michael Sarnoski. Historia: John Krasinski, Michael Sarnoski. Personajes: Scott Beck, Bryan Woods. Producción: Michael Bay, Andrew Form, John Krasinski, Brad Fuller. Productoras: Paramount Pictures, Platinum Dunes, Sunday Night. Distribuidora: Paramount Pictures. Fotografía: Patrick Scola. Música: Alexis Grapsas. Montaje: Andrew Mondshein, Gregory Plotkin. Reparto: Lupita Nyong'o, Joseph Quinn, Alex Wolff, Djimon Hounsou.

    Han pasado seis años desde que el actor John Krasinski, muy popular, sobre todo, por la serie The Office, sorprendiera al mundo con su tercer largometraje como director, Un lugar tranquilo (2018), una cinta de terror que fue bendecida por la crítica y por el público, amasando en la taquilla mundial más de 340 millones de dólares, todo un éxito. La premisa de su historia, original y sugestiva, unido a las cálidas interpretaciones del propio Krasinski, Emily Blunt y los niños, formando una muy creíble familia, consiguieron encandilar dentro de un género al que, muchas veces, se ha acusado de falto de nuevas ideas. La película comenzaba en el día 87 después de un suceso que, de la noche a la mañana, cambió el transcurso de la humanidad. No se ofrecían demasiados datos al respecto, pero el espectador iría comprendiendo que una raza de monstruosas criaturas había llegado a nuestro planeta, extinguiendo la vida de la mayoría de habitantes del mismo. Los pocos supervivientes (en este caso, la familia Abbott) habían asimilado que la única manera de escapar de esta amenaza era permanecer en completo silencio, ya que los depredadores compensan su falta de visión con un oído extremadamente desarrollado que utilizaban para cazar. La idea de que una de las hijas de los Abbott fuese sorda (fantástica Millicent Simmonds) y algunas escenas particularmente tensas –el silente parto de la madre en la bañera, mientras era acechada por un puñado de criaturas– fueron algunos de los grandes aciertos que contribuyeron a hacer de este uno de los mejores filmes de terror de la última década. Su obligada secuela, Un lugar tranquilo 2 (2020), de nuevo con Krasinski al timón, continuó las peripecias de la familia protagonista de la primera película y, además, daba más información sobre lo que había pasado aquel fatídico día 1, mostrando, brevemente, el primer ataque de los monstruos en la ciudad. El éxito y los aplausos de la crítica se volvieron a repetir y ahora ha sido Michael Sarnoski, director que, en su ópera prima, Pig, sacó lo mejor de un Nicolas Cage que estaba muy necesitado de un gran papel, después de una racha de películas de calidad bastante cuestionable, quien se pone al frente de Un lugar tranquilo: Día 1, precuela de la saga que deja a un lado a la familia Abbott para centrarse en otros supervivientes y en sus propias historias personales.

    Esta propuesta es considerablemente más grande y espectacular que las dos primeras películas, ya que si aquellas se desarrollaban casi íntegramente en bosques y lugares abiertos, el día 1 nos lleva al corazón de una de las ciudades más bulliciosas del mundo, Nueva York, ofreciendo todo un festival de destrucción de edificios emblemáticos en la línea de Monstruoso (Matt Reeves, 2008). El presupuesto, estimado en 67 millones de dólares (casi cuatro veces lo que costó la primera entrega), queda generosamente reflejado en pantalla, a través de unos efectos especiales hiperrealistas, algunas escenas de acción perfectamente planificadas, un diseño de los monstruos excelente (aparecen más, haciendo, incluso, un guiño a uno de los momentos más icónicos de la saga Alien) y una puesta en escena impecable, presentando un Manhattan totalmente destrozado por el ataque de las criaturas. No cabe duda que, en este apartado, el de la acción, Un lugar tranquilo: Día 1 funciona mucho mejor que sus predecesoras, pero la sorpresa que nos trae Michael Sarnoski es que, además, su filme no solo conserva el corazón que hizo de las entregas de Krasinski algo tan especial, sino que se revela como el capítulo más emocionante de los tres. La clave reside en el cariño con el que el guion dibuja a sus nuevos personajes y en lo bien que están los actores que los interpretan. Que Lupita Nyong'o es una de las mejores intérpretes de su generación es una realidad. Su merecido Oscar por 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) o su tour de force en Nosotros (Jordan Peele, 2019) son buena muestra de su talento y aquí vuelve a enamorarnos en la piel de Sam, una joven poetisa, enferma de cáncer y tan enfadada con el mundo que no encuentra motivos para seguir adelante. Contradictoriamente, esas ganas de vivir que creía perdidas las sacará cuando comienza la invasión y trata de escapar con la compañía de su inseparable gato –posiblemente, una de las mejores “actuaciones” animales que se han visto en mucho tiempo, y personaje muchísimo más decisivo en la trama de lo que cabría esperar– y de Eric, un desconocido, totalmente en shock por la situación, que se une a la protagonista en su lucha por la supervivencia.

    Y es aquí donde surge la magia de Un lugar tranquilo: Día 1 para que trascienda del típico espectáculo de ciencia ficción, regalándonos un maravilloso relato de amistad, empatía y superación que será lo que, a la hora de la verdad, deje una huella muy especial en el espectador. Lupita está fabulosa, pero lo que hace Joseph Quinn en su papel de Eric es también para quitarse el sombrero. El actor británico no solo logra transmitir ternura y humanidad a raudales en su desamparado rol, sino que, a través de su elegante expresión corporal, en aquellos momentos en los que debe permanecer en silencio, casi consigue remitirnos al Charles Chaplin del cine mudo. Las escenas que Lupita y él comparte, entre furtivos susurros, son un prodigio de sensibilidad e intimismo que en ningún momento frenan la acción de la historia, sino que ayudan a enriquecerla. Por otra parte, hay momentos de esos que quedan grabados en la retina, capaces de extraer gran belleza del horror intrínseco al apocalipsis que se describe, tales como ese teatro de marionetas en el que un nutrido de personas –ahí está Djimon Hounsou, en el personaje que interpretara en Un lugar tranquilo 2, como punto de conexión con las otras películas– permanece en absoluto silencio, escondidas de los monstruos que están invadiendo la ciudad fuera, o aquel éxodo de supervivientes caminando a través de las desoladas calles. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” decía la Blanche de Tennessee Williams en Un tranvía llamado deseo, y eso es algo que se aplican Sam y Eric, dos completos extraños, unidos, mágicamente, por un adorable gato y condenados a protegerse y cuidarse mutuamente, mientras luchan por conservar todo aquello que nos convierte en humanos, aun cuando el mundo se esté desmoronando a su alrededor. Se le puede achacar a la cinta el haber perdido, en el camino, el factor sorpresa –algo inevitable cuando vamos por la tercera entrega de la franquicia–, o de no desmarcarse demasiado de los tópicos y lugares comunes de este tipo de propuestas apocalípticas. También que no dé demasiado miedo, pero todas estas supuestas “debilidades” quedan sobradamente compensadas con su fuerte calado emocional, un trabajo de dirección de Sarnoski superior al de Krasinski (palpable, sobre todo, en su dominio de la técnica) y un final absolutamente redondo. El balance general la convierte en una obra superior a Un lugar tranquilo 2 (aquella, aunque notable, sí era más de lo mismo) y capaz de rivalizar con la primera parte por el título del mejor capítulo de una saga que aún no ha quemado todos sus cartuchos. ♦


    por José Martín León
    junio 30, 2024

    Crítica | Un lugar tranquilo: Día 1

    por José Martín León | junio 30, 2024

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