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    Kristoffer Borgli
    Kristoffer Borgli
    || Críticas | ★★★★☆
    El drama
    Kristoffer Borgli
    Abriendo la caja de Pandora


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: The Drama. Dirección: Kristoffer Borgli. Guion: Kristoffer Borgli. Producción: Ari Aster, Tyler Campellone, Kristoffer Borgli, Chris Stinson, Amy Greene. Productoras: A24, Square Peg, Live Free or Die Films. Distribuidora: A24. Fotografía: Arseni Khachaturan. Música: Daniel Pemberton. Montaje: Joshua Raymond Lee, Kristoffer Borgli. Reparto: Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, Halley Gates, Sydney Lemmon, Jordyn Curet, Michael Abbott Jr., Damon Gupton, Zoe Winters, Hannah Gross, Anna Baryshnikov.

    Si en los 90 nos dijeran que dos estrellas jóvenes del tirón de Robert Pattinson y Zendaya iban a protagonizar una comedia romántica, ambientada en los preparativos de la boda de sus personajes, imaginaríamos algo dulzón tipo La boda de mi mejor amigo (P.J. Hogan, 1997), con, si acaso, leves destellos de humor negro en algunos de sus gags. Los tiempos han cambiado. Vivimos en una época mucho más desesperanzada, en la que se están perdiendo la fe en el ser humano y el amor "verdadero" está cada vez menos idealizado. El director y guionista noruego Kristoffer Borgli lo sabe muy bien y ya mostró en su segunda película, Sick of Myself (2022), una relación de pareja de lo más tóxica, formada por dos artistas egocéntricos y competitivos, obsesionados, hasta extremos enfermizos, con el éxito y el deseo de ser el centro de atención, viva imagen del narcisismo y la vanidad que se ha adueñado de las redes sociales y de muchas de las figuras que viven de ellas, exponiendo su imagen y vendiendo contenidos, en muchos de los casos, impostados de puro idílicos. Después de desembarcar en Hollywood, regalándole a Nicolas Cage uno de sus mejores papeles en años, el de la original Dream Scenario (2023), donde hablaba, a modo de pesadilla kafkiana, de la facilidad con la que la sociedad convierte a cualquiera en un ídolo, para, acto seguido, destruirlo por cualquier paso en falso que pudiera cometer. Pues bien, algunas de las constantes de estas dos obras están también presentes en el nuevo estreno del director que nos ocupa, acertadamente titulado El drama, algo que sirve para dotar de una fascinante coherencia temática y tonal a su trayectoria, hasta el momento. Así encontramos, de nuevo, un incómodo reflejo de las debilidades y los sentimientos menos sanos dentro de una relación de pareja y cómo uno de los dos, en este caso, ella, pasa de encarnar a la novia perfecta, la chica de los sueños de él, a ser mirada como un auténtico monstruo por una revelación de su pasado.

    La historia comienza suavemente, mostrando el primer encuentro de los protagonistas, Charlie (Pattinson) y Emma (Zendaya), en una cafetería. El flechazo que siente él al verla leyendo un libro que él finge conocer para impresionarla, la torpeza con la que trata de entrarla por primera vez... Estos compases iniciales de la cinta no difieren en nada de los de tantas otras comedias anteriores, sacando la sonrisa cómplice de un espectador que aún no sabe lo que va a ver durante la hora y media siguiente de proyección. Los primeros pasos del enamoramiento son siempre bonitos, ya que no vemos (o no queremos ver) los defectos de la otra persona, y hasta una forma de reírse grotesca termina resultando encantadora, como es el caso de la de Emma para Charlie. Pero, en el fondo, el amor es algo fágil, que siempre está pendiente de un hilo, y cualquier agente externo puede desestabilizarlo, de la noche a la mañana. Esto sucede cuando, en mitad de una conversación de los protagonistas con otra pareja amiga, sale a colación un, en principio, inofensivo juego: el de poner sobre la mesa cuál es el acto más despreciable que cada uno ha llevado a cabo en su vida. Todos van exponiendo sus faltas del pasado, ciertamente reprochables y dignas de vergüenza, pero cuando le llega el turno a Emma, su confesión supera todos los límites morales para su novio y sus amigos, que no pueden dar crédito a lo que acaban de oír. Como si de la caja de Pandora se tratara, este secreto desvelado provoca una el inicio de un descenso a los infiernos de la pareja, con un Charlie que trata de seguir adelante con unos planes de boda que acontecerá en pocos días, pero que no puede evitar mirar con otros ojos a su prometida, y una Emma que comienza a ser señalada y juzgada por su entorno social por una idea que pasó por su cabeza (y no llegó a llevar a cabo), en su etapa adolescente. El Borgli guionista demuestra una gran valentía y riesgo al utilizar un tema verdaderamente espinoso y con el que el mundo, en general, y la sociedad norteamericana (la que más lo ha vivido en sus carnes en episodios tristemente recordados), en particular, se siente muy sensibilizado, como detonante del conflicto que nace dentro de la pareja protagónica.

    Desde ese giro en la historia, el humor se vuelve cada vez más incómodo y difícil de digerir, haciendo que cada sonrisa ante lo que acontece en pantalla pueda hacer sentir culpable al público de piel más fina. Sin embargo, el filme funciona a la perfección en aquello que se propone, que no es otra cosa que destapar la hipocresía y los prejuicios de una sociedad que gasta su tiempo en "ver la paja en el ojo ajeno, sin pararse a mirar en la viga que hay en el propio". Es un golpe bajo a la corrección política y a la falsa doble moral, que condena la presión social que se ejerce contra las personas que se salen del camino establecido o tienen el valor de verbalizar pensamientos diferentes, por muy reprobables que estos sean. A estas alturas, tanto Pattinson como Zendaya poco tienen que demostrar sobre sus innegables talentos interpretativos y sobre sus capacidades de emprender roles arriesgados fuera del cine más comercial –de él tenemos reciente su tour de force en Die My Love (Lynne Ramsay, 2025), junto a Jennifer Lawrence, y la estrella de Euphoria ha brillado en roles problemáticos como los de Rivales (Luca Guadagnino, 2024) o Malcolm & Marie, Sam Levinson, 2021)– y aquí están, simplemente, perfectos. Ambos bordan la catarata de sensaciones y conflictos internos a los que sus personajes son sometidos en la película y sería de justicia que fuesen tenidos en cuenta en la próxima temporada de premios. Los secundarios también están todos brillantes, destacando una Alana Haim magnífica, capaz de robar las miradas en su rol de amiga decepcionada, representación de esa doble moral inquisidora antes comentada. Así, El drama llega a las pantallas como un auténtico soplo de aire fresco, siendo una propuesta rompedora, tanto por su tono de comedia punzante y muy negra, como por los temas que analiza sin ningún tipo de moralina ni paños calientes, por mucho que su final pueda parecer una concesión más cómoda a lo que podría apuntar. Es difícil encontrar productos así, que, desde el humor, consigan la identificación y la empatía de los espectadores hacia conductas y situaciones nada agradables. Todos somos, para bien y para mal, humanos e imperfectos, y esta espléndida película sirve para mostrar cómo todos escondemos nuestros pecados y vergüenzas con el fin de ser socialmente aceptados. ♦


    por José Martín León
    mayo 30, 2026

    Crítica | El drama

    por José Martín León | mayo 30, 2026
    || Críticas | ★★★★☆
    Dream Scenario
    Kristoffer Borgli
    Un tipo (realmente) serio


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Dream Scenario. Director: Kristoffer Borgli. Guion: Kristoffer Borgli. Productores: Ari Aster, Nicolas Cage, Tyler Campellone, Jacob Jaffke, Lars Knudsen. Productoras: A24, Square Peg. Fotografía: Benjamin Loeb. Música: Owen Pallett. Montaje: Kristoffer Borgli. Reparto: Nicolas Cage, Michael Cera, Julianne Nicholson, Dylan Baker, Tim Meadows, Lily Bird, Jessica Clement.

    Si tomamos Sick of myself (Sick Pike, 2022) como el primer intento serio de Kristoffer Borgli por desvestirse de su condición de cortometrajista –ha firmado doce trabajos en la última década–, Dream Scenario bien podría considerarse como la confirmación (exitosa) de ese salto no siempre tan recomendable para los cineastas que se crían en el magma del cine independiente de autor. Suma y a la vez cima de sus tics temáticos y estilísticos como director de cortos, a Sick of myself le costaba horrores salvar la impresión de ocurrencia alargada hasta la hora y media de metraje. Pero Dream Scenario ya es otra cosa. Y lo es por tres motivos muy distintos y a la vez complementarios. Uno: Borgli ya no escribe escenas pensando única y exclusivamente en la acidez de los diálogos; ahora es capaz de crear imágenes. Dos: Borgli ya no tiene miedo de escribir tramas secundarias; ahora es capaz de indagar en el pasado de sus personajes. Y tres: todo es más fácil cuando tienes a un Nicolas Cage motivado.

    A menudo se nos olvida una cuestión que tenían muy clara los clásicos, y es que el cine lo hacen, fundamentalmente, sus intérpretes. Otto Preminger, por ejemplo, solía repetir que un buen actor podía salvar un mal guion, pero lo contrario nunca sucedía. Resulta evidente que el de Dream Scenario es un guion sólido, incisivo, con ideas y que mantiene una posición ideológica con respecto al estado de las cosas. En una palabra: ambicioso. Aunque quien lo eleva no es Borgli, o no solo, sino Cage. En una exhibición comparable a la de la reciente Pig (Michael Sarnoski, 2021) o, ya más lejos, El hombre de tiempo (The Weather Man, Gore Verbinski, 2005) o Arizona Baby (Raising Arizona, Joel y Ethan Coen, 1987), el bicho raro del clan Coppola hace suyo con encomiable naturalidad a Paul Matthews, un profesor universitario instalado en la intrascendencia por su propia mediocridad antes que por puro desencanto vital. Un perfil este, el del perdedor convencido de su genialidad oculta, habitual en el cine independiente norteamericano, que Cage nunca ha abandonado del todo; de hecho, fue su refugio natural cuando era una estrella y lo es ahora, cuando sube y baja en el ascensor de la serie b.

    La tentación, por obvia, es mencionar los lazos que unen a Paul con los felices desgraciados que habitan el mejor cine de Spike Jonze, Charlie Kaufman, Michel Gondry y los hermanos Coen. También hay similitudes en otros aspectos, como la invocación a los laberintos de Kafka y Borges, la crítica a las mecanismos sociales de alienación y la reivindicación del fantástico como vector subversivo que irrumpe en una realidad desteñida por la cultura del éxito. Sería injusto, no obstante, calificar Dream Scenario de mera obra gregaria de aquellos cineastas, porque acaso los referentes más relevantes de Bergli sean la literatura de Don DeLillo y Philip K. Dick. Paul guarda no pocos parecidos con Jack Gladney, el protagonista de Ruido de fondo. Otro profesor universitario que se siente atrapado en una espiral de pesimismo existencial, y a quien ni su familia ni amigos sirven de bálsamo. Tampoco, y no es un detalle menor, su supuesta superioridad intelectual con respecto a otros individuos de su entorno. Al contrario, la cultura académica es sinónimo de condena en la narrativa de DeLillo. Paul se mueve en esas mismas coordenadas de pesimismo e insatisfacción, apenas disimulados por una aparente, pacífica existencia burguesa.

    Lo fantástico, decía antes, viene a violentar esa realidad con una premisa en esencia pulp, más propia de las viejas revistas de ciencia ficción norteamericanas –tipo Astounding Science-Fiction o Galaxy Science Fiction– que de un cineasta que desee seguir los pasos de un Gondry o un Kaufman. En el momento que Paul se percata de que miles de personas en todo el mundo han empezado a soñar con él, sueños, además, en los que él, de manera simbólica, no hace absolutamente nada, tal y como sucede en su vida real, de la que es un testigo mudo y autocomplaciente, Dream Scenario toma el camino alucinado de K. Dick y no lo abandona hasta el final. Para bien, porque cada escena es una sorpresa que propone una grata mezcla de humor negro, gazmoñería, ridiculez y hasta escatología clownesca a cuenta del absurdo de vivir. Y para mal, porque el tercio final se hace cuesta arriba a causa de la incapacidad de Borgli –también le pasaba a K. Dick– para imaginar un cierre a la altura de sus primeras intenciones. El director llega incluso al extremo de echar mano de la sátira publicitaria, que es el principal recurso narrativo de DRIB (2017), su primer largo, para tratar de salvar los muebles.

    Estos titubeos no afean una cinta eminentemente amena y divertida que sabe reírse de todo y de todos, aquí y ahora, en pleno 2024: la afectación convertida en trauma que escupen las nuevas generaciones, la imbecilidad del pensamiento corporativo, las redes sociales como cubo de la basura ético y moral, el divismo de las mentes pagadas de sí mismas, el egoísmo recalcitrante de los mediocres, el individualismo travestido de ideología ‘progre’, y así un largo etcétera de cuestiones que, en última instancia, pintan un mundo que pide a gritos una revolución (o su destrucción total). A quien le aburran o no quiera entrar en estos asuntos, siempre puede quedarse con la historia de un superviviente, Paul, que solo quería un poco de afecto auténtico en su puñetera vida. Como Nicolas Cage. Como cualquiera de nosotros. ♦


    «Dream Scenario toma el camino alucinado de K. Dick y no lo abandona hasta el final. Para bien, porque cada escena es una sorpresa que propone una grata mezcla de humor negro, gazmoñería, ridiculez y hasta escatología clownesca a cuenta del absurdo de vivir».



    por Raúl Álvarez
    marzo 01, 2024

    Crítica | Dream Scenario

    por Raúl Álvarez | marzo 01, 2024
    || Críticas | ★★★★☆
    Sick of Myself
    Kristoffer Borgli
    Enferma de atención


    Alfonso Cañadas
    Madrid |

    ficha técnica:
    Noruega. 2022. Título original: «Syk pike». Dirección: Kristoffer Borgli. Guion: Kristoffer Borgli. Compañía productora: Oslo Pictures, Film I Väst, Garage Film International. Dirección de fotografía: Benjamin Loeb. Música: Turns. Intérpretes: Kristine Kujath Thorp, Eirik Sæther, Fanny Vaager, Fredrik Stenberg Ditlev-Simonsen, Anders Danielsen Lie, Sarah Francesca Brænne, Ingrid Vollan, Henrik Mestad, Steinar Klouman Hallert, Andrea Bræin Hovig. Duración: 97 minutos.

    En su obra La conquista de la felicidad, el filósofo británico Bertrand Russell utiliza el término Infelicidad Byroniana, en referencia al acomodado poeta romántico Lord Byron, para describir los males y las penas (en muchas ocasiones buscadas por los propios individuos) que aquejan a aquellos cuyas necesidades básicas se encuentran más que cubiertas. Esta Infelicidad Byroniana pudiera ser el eje de estudio de los directores nórdicos surgidos en los últimos años, como son los casos del muy popular director sueco Ruben Östlund o del noruego Joachim Trier en su reciente película La peor persona del mundo. Dentro de este subgrupo se podría encajar al director de Sick of Myself, el también noruego Kristoffer Borgli. Las películas de estos cineastas no retratan problemas sociales de primer orden, sino comportamientos o trastornos psicológicos que afectan a personajes con una vida laboral y económicamente solventada. Así, dichas situaciones acomodadas lejos de traer la felicidad (o quizás más importante, la paz) a los personajes, sirven de caldo de cultivo para que la frustración se apodere de ellos y los lleve a comportarse de manera cuando menos peculiar.

    Signe, la protagonista de Sick of Myself, trabaja en una cafetería y mantiene una relación con Thomas, un artista que poco a poco ve cómo su carrera va despegando, protagonizando incluso portadas de importantes revistas de diseño. Ambos tienen una buena posición social y económica, sin embargo encuentran un nuevo reto en el que centrarse: aman la competitividad, su relación funciona como una carrera de dos sin final. La frustración y la necesidad de atención de Signe llega a tal punto que decide contactar con su camello para que le consiga un medicamento ruso que produzca una fuerte reacción en la piel. Un camello también estrambótico, que alejado del estereotipo que podemos tener de personaje que se dedica a suministrar drogas, vive en una enorme y elegante casa con una madre preocupada por el bajo nivel de socialización de su hijo. Así Signe comienza a automedicarse ilegalmente a la espera de unos efectos que no tardan en aparecer. Pronto su piel comienza a deteriorarse y todos comienzan a preocuparse por ella como no lo habían hecho antes, empero la necesidad de atención de Signe no parece tener fondo, llegando a contactar con una amiga periodista para realizar un artículo sobre su rara enfermedad. De manera hábil Borgli intercala en la historia escenas de la imaginación de Signe que nos hacen empatizar en cierta manera con los deseos del personaje. El deseo de aprobación de Signe es tan grande que sus fantasías se encuentran únicamente enfocadas en ser especial y significativa para sus seres más cercanos. Tras la publicación del artículo y el éxito de las fotografías de su rostro, una agencia de «modelos alternativas» decide contactarla para trabajar con ella. Pero, antes de la primera sesión fotográfica, el estado de salud física de la protagonista empeora significativamente, siendo una modelo con el rostro totalmente deformado y casi sin pelo, creando una irónica situación que a los más cinéfilos les recordará a la vivida por el personaje interpretado por Divine en el clásico trash Female Trouble (John Waters, 1974). El único refugio, y quizás el realmente esperado, que le queda a Signe tras esta situación es el grupo de auto-ayuda y de apoyo emocional para personas con «enfermedades raras» al que su propia madre le invita y en el cual parece recibir el máximo nivel de cuidados y compasión posible en esta sociedad.

    La película de Kristoffer Borgli funciona especialmente gracias a un guion certero y puntilloso más que por su apartado estético, que se limita a una puesta en escena clara y elegante, muy acorde por otra parte al dibujo de lo personajes de clase media-alta nórdica que pueblan el universo del cineasta oslense. Más allá de las acertadas interrupciones de la historia por las fantasías fatalistas de la protagonista, resultan interesantes las dicotomías con las que el director construye la historia. Así lo salvaje de un perro que muerde a una chica en plena calle y que casi provoca que se desangre contrasta fuertemente con el ambiente desesperadamente calmado que inunda los espacios habitados por los protagonistas. De igual forma la fingida intoxicación alérgica de Signe interrumpe con toses y arcadas la terrible y antinatural calma con la que un grupo de elitistas artistas tiñen una cena grupal. Borgli se divierte de esta forma, al más puro estilo de Luis Buñuel en obras como El discreto encanto de la burguesía (1972), metiendo el dedo en la llaga de las formas de vida burguesas, donde la pose y los modales parecen querer pasar por encima de la propia naturaleza humana. Cabe destacar una escena tremendamente significativa, un tanto vulgar en cualquier otro contexto cinematográfico, pero que encaja perfectamente en el tono de Sick of Myself: Signe y Thomas practican relaciones sexuales mientras ella le pide que describe cómo sería su funeral, cuánta gente vendría y si ellos estarían tristes. Borgli define así un personaje cuya excitación se potencia atendiendo su mayor deseo: el de atención y compasión. Y es que, ante todo, como elemento subyacente a esta historia, tenemos la relación de Signe con su padre, que aunque tratada de forma velada, deja clara unas carencias afectivas que se han alojado en lo más profundo de su corazón y tiñen todas y cada una de las situaciones de su vida. Con el apoyo de la sobresaliente interpretación de Kristine Kujath Thorp, Kristoffer Borgli construye una historia que representa a la perfección las tendencias del cine nórdico de los últimos años. Con un nivel de ironía realmente picante y una forma de entender la comedia que tiene un objetivo claro: analizar lo males que habitan en todos, y que se dejan ver especialmente en los citados byronistas.


    por Alfonso Cañadas
    marzo 10, 2023

    Crítica | Sick of Myself

    por Alfonso Cañadas | marzo 10, 2023

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