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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Sick of Myself

    || Críticas | ★★★★☆
    Sick of Myself
    Kristoffer Borgli
    Enferma de atención


    Alfonso Cañadas
    Madrid |

    ficha técnica:
    Noruega. 2022. Título original: «Syk pike». Dirección: Kristoffer Borgli. Guion: Kristoffer Borgli. Compañía productora: Oslo Pictures, Film I Väst, Garage Film International. Dirección de fotografía: Benjamin Loeb. Música: Turns. Intérpretes: Kristine Kujath Thorp, Eirik Sæther, Fanny Vaager, Fredrik Stenberg Ditlev-Simonsen, Anders Danielsen Lie, Sarah Francesca Brænne, Ingrid Vollan, Henrik Mestad, Steinar Klouman Hallert, Andrea Bræin Hovig. Duración: 97 minutos.

    En su obra La conquista de la felicidad, el filósofo británico Bertrand Russell utiliza el término Infelicidad Byroniana, en referencia al acomodado poeta romántico Lord Byron, para describir los males y las penas (en muchas ocasiones buscadas por los propios individuos) que aquejan a aquellos cuyas necesidades básicas se encuentran más que cubiertas. Esta Infelicidad Byroniana pudiera ser el eje de estudio de los directores nórdicos surgidos en los últimos años, como son los casos del muy popular director sueco Ruben Östlund o del noruego Joachim Trier en su reciente película La peor persona del mundo. Dentro de este subgrupo se podría encajar al director de Sick of Myself, el también noruego Kristoffer Borgli. Las películas de estos cineastas no retratan problemas sociales de primer orden, sino comportamientos o trastornos psicológicos que afectan a personajes con una vida laboral y económicamente solventada. Así, dichas situaciones acomodadas lejos de traer la felicidad (o quizás más importante, la paz) a los personajes, sirven de caldo de cultivo para que la frustración se apodere de ellos y los lleve a comportarse de manera cuando menos peculiar.

    Signe, la protagonista de Sick of Myself, trabaja en una cafetería y mantiene una relación con Thomas, un artista que poco a poco ve cómo su carrera va despegando, protagonizando incluso portadas de importantes revistas de diseño. Ambos tienen una buena posición social y económica, sin embargo encuentran un nuevo reto en el que centrarse: aman la competitividad, su relación funciona como una carrera de dos sin final. La frustración y la necesidad de atención de Signe llega a tal punto que decide contactar con su camello para que le consiga un medicamento ruso que produzca una fuerte reacción en la piel. Un camello también estrambótico, que alejado del estereotipo que podemos tener de personaje que se dedica a suministrar drogas, vive en una enorme y elegante casa con una madre preocupada por el bajo nivel de socialización de su hijo. Así Signe comienza a automedicarse ilegalmente a la espera de unos efectos que no tardan en aparecer. Pronto su piel comienza a deteriorarse y todos comienzan a preocuparse por ella como no lo habían hecho antes, empero la necesidad de atención de Signe no parece tener fondo, llegando a contactar con una amiga periodista para realizar un artículo sobre su rara enfermedad. De manera hábil Borgli intercala en la historia escenas de la imaginación de Signe que nos hacen empatizar en cierta manera con los deseos del personaje. El deseo de aprobación de Signe es tan grande que sus fantasías se encuentran únicamente enfocadas en ser especial y significativa para sus seres más cercanos. Tras la publicación del artículo y el éxito de las fotografías de su rostro, una agencia de «modelos alternativas» decide contactarla para trabajar con ella. Pero, antes de la primera sesión fotográfica, el estado de salud física de la protagonista empeora significativamente, siendo una modelo con el rostro totalmente deformado y casi sin pelo, creando una irónica situación que a los más cinéfilos les recordará a la vivida por el personaje interpretado por Divine en el clásico trash Female Trouble (John Waters, 1974). El único refugio, y quizás el realmente esperado, que le queda a Signe tras esta situación es el grupo de auto-ayuda y de apoyo emocional para personas con «enfermedades raras» al que su propia madre le invita y en el cual parece recibir el máximo nivel de cuidados y compasión posible en esta sociedad.

    La película de Kristoffer Borgli funciona especialmente gracias a un guion certero y puntilloso más que por su apartado estético, que se limita a una puesta en escena clara y elegante, muy acorde por otra parte al dibujo de lo personajes de clase media-alta nórdica que pueblan el universo del cineasta oslense. Más allá de las acertadas interrupciones de la historia por las fantasías fatalistas de la protagonista, resultan interesantes las dicotomías con las que el director construye la historia. Así lo salvaje de un perro que muerde a una chica en plena calle y que casi provoca que se desangre contrasta fuertemente con el ambiente desesperadamente calmado que inunda los espacios habitados por los protagonistas. De igual forma la fingida intoxicación alérgica de Signe interrumpe con toses y arcadas la terrible y antinatural calma con la que un grupo de elitistas artistas tiñen una cena grupal. Borgli se divierte de esta forma, al más puro estilo de Luis Buñuel en obras como El discreto encanto de la burguesía (1972), metiendo el dedo en la llaga de las formas de vida burguesas, donde la pose y los modales parecen querer pasar por encima de la propia naturaleza humana. Cabe destacar una escena tremendamente significativa, un tanto vulgar en cualquier otro contexto cinematográfico, pero que encaja perfectamente en el tono de Sick of Myself: Signe y Thomas practican relaciones sexuales mientras ella le pide que describe cómo sería su funeral, cuánta gente vendría y si ellos estarían tristes. Borgli define así un personaje cuya excitación se potencia atendiendo su mayor deseo: el de atención y compasión. Y es que, ante todo, como elemento subyacente a esta historia, tenemos la relación de Signe con su padre, que aunque tratada de forma velada, deja clara unas carencias afectivas que se han alojado en lo más profundo de su corazón y tiñen todas y cada una de las situaciones de su vida. Con el apoyo de la sobresaliente interpretación de Kristine Kujath Thorp, Kristoffer Borgli construye una historia que representa a la perfección las tendencias del cine nórdico de los últimos años. Con un nivel de ironía realmente picante y una forma de entender la comedia que tiene un objetivo claro: analizar lo males que habitan en todos, y que se dejan ver especialmente en los citados byronistas.


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