Campo de batalla estudiantil
Crítica ★★★★ de «Mentes brillantes», de Thomas Lilti.
Francia, 2018. Título original: «Première annèe». Presentación: Festival de Angoulême 2018. Dirección: Thomas Lilti. Guion: Thomas Lilti. Productoras: 31 Juin Films, Les Films du Parc, France 2 Cinema, Le Pacte, Canal+, Ciné+, France Télévisions. Fotografía: Nicolas Gaurin. Montaje: Lilian Corbeille. Música: Alexandre Lier, Sylvain Ohrel, Nicolas Weil. Reparto: Vincent Lacoste, William Lebghil, Michel Lerousseau, Darina El Joundi, Benoît Di Marco, Graziella Delerm, Guillaume Clérice, Alexandre Blazy, Noémi Silvania, Laurette Tessier, Adrien Schmück, Quitterie Boascals de Reals,Tiphaine Piovesan, Jeremy Corallo, Mehdi Amouri, Jessica Corre, Benjamin Pariente, Elodie Chauveau, Maxime Fosset, Christophe de Mareuil, Pierre Samuel, Antoine Lilti. Duración: 92 minutos.
Cualquiera diría que en Francia todo el mundo quiere ser médico. Y es que el camino para serlo no podría ser más competitivo, consistiendo el primer año de medicina en un campo de batalla al que, por mera falta de plazas, pocos sobrevivirán. No basta aprobar; no basta ser bueno: hay que ser el mejor. O, al menos, de los mejores. A esta realidad rara vez pensada se dedica
Mentes brillantes, una dramedia social con la que Thomas Lilti retrata algo que conoce bien: sí, él vivió y superó ese durísimo año de estudio intenso. Estamos de hecho ante un profesional atípico que sigue ejerciendo como médico generalista mientras escribe y dirige películas que, eso sí, con excepción de su plenamente ignorada ópera prima (
Les yeux bandés, 2007), siempre giran en torno a la medicina; por el momento, son tres:
Hipócrates (2014), donde un joven se convierte en médico residente del ala gestionada por su padre,
Un doctor en la campiña (2016), sobre un médico rural que debe contar con la ayuda de una médico de ciudad al caer enfermo, y ahora
Mentes brillantes, que no está protagonizada por médicos pero sí por aspirantes a serlo. Protagonizadas en los tres casos por variopintos alter egos del director (Vincent Lacoste, François Cluzet y William Lebghil, respectivamente, los tres nominados al César por la sinceridad de sus trabajos), estas interconectadas películas (que bien podrían conformar una lógica trilogía de ser reordenadas) plasman un mundo de dificultades en el que además nadie parece hacer nada por facilitar las cosas a quienes, en el fondo, constituyen piezas angulares de la sociedad. Y es que ninguna de estas obras aborda únicamente el sencillo tema destapado rápidamente por la sinopsis de turno, sino que actúan de críticas sociales mucho más amplias. En el caso de la que nos ocupa, esta se refiere, evidentemente, al sistema educativo, el cual nos sume desde pequeños en una presión constante que pocos echamos de menos cuando, ya profesionales, contamos con un horario laboral preciso y cerrado fuera del cual poder relajarnos a nuestro antojo (no en todos los casos, claro, pero esa es otra historia).
Mentes brillantes, que podría —y quizá debería— llamarse
Primer año en traducción directa del francés (
Première annèe), sigue a dos estudiantes de corte opuesto: Antoine, que está preparándose las pruebas por tercera vez y por tanto tiene todos los “códigos” necesarios, aun cuando estos obviamente han probado ser insuficientes, y Benjamin, quien se enfrenta a su primer intento empujado sobre todo por su padre, que ya lo logró en su día. Pese a ser un novato, este último se funde con rapidez en el sistema, haciendo amigos con facilidad (y por tanto entrando en efectivos grupos de trabajo donde, eso sí, nadie se alegraría por los demás de no haber aprobado él mismo antes, como afirman unas escenas de corte documental bien insertadas en la harto realista cinta) y sobrellevando la presión con estilo gracias tanto a su relajado carácter como a que en el fondo ser médico no es precisamente su sueño. El que se convertirá en su compañero de batallas, sin embargo, no las tiene todas consigo, pero está dispuesto a sacrificarlo todo (de hecho, la vez anterior sacó una nota suficientemente alta para ser, por ejemplo, farmacéutico pero optó por renunciar y exigir una excepción en la normativa que le permitiera intentarlo por tercera y última vez). ¿Cuál de los merece pasar la prueba? ¿Quien desea hacerlo más que nada pero carece del temperamento para enfrentarse a ella sin perder la cabeza o quien es lo bastante inteligente para engullir conocimientos que, en el fondo, le interesan bien poco? La respuesta se antoja evidente, si bien, como menciona un personaje en un momento, la presión de este examen no es nada en comparación a la de un operatorio, con lo que quizá una mente fría sea en el fondo la mejor opción. Al matemático sistema, de todos modos, ese dilema le importa bien poco. Todo esto, que no se aplica exclusivamente al modelo médico francés, sin duda despertará recuerdos estudiantiles a más de uno sobre la tragedia de aquellos que pese a matarse a trabajar terminaban sacando peores notas que otros que, aun habiéndose esforzado bien poco, se enfrentaban sin embargo a los exámenes con más talento; ¿era justo aquello?, sobre el papel, sí. En cualquier caso, el contraste entre los dos protagonistas no sólo sirve para retratar esta ironía, sino que tiene evidente motivación narrativa al fomentar la estructura clásica de las películas de maestros y pupilos donde no siempre queda claro quién es quién.