David contra Goliat
crítica de Coche policial (Cop Car, John Watts, 2015).
Our Robocop Remake (2014) fue un curioso proyecto surgido del amor que un grupo de fans profesaba hacia el clásico Robocop (1987) de Paul Verhoeven, construyendo una particular (y muy delirante) versión de éste en clave de parodia, mezclando todo tipo de géneros y formatos a lo largo de 60 escenas, siendo cada una de las mismas dirigida por un realizador diferente. John Watts fue uno de ellos y, tras tan peculiar carta de presentación, se embarcó en su primer largometraje en solitario con Clown (2014), modesta serie B de terror cargada de humor negro que contó con el empuje de Eli Roth desde la silla del productor y desempeñando un papel en su más discutible faceta de actor. Pese a que no se tratara de una ópera prima excesivamente brillante, aquella vuelta de tuerca al manido tema de los payasos asesinos tuvo su encanto y no fue del todo mal recibida por la crítica, sirviendo, además, para unir a Watts, por primera vez, con Christopher D. Ford, co-guionista con quien vuelve a repetir en Cop Car (2015). Este segundo trabajo sí parece haber logrado que su nombre comience a oírse con mayor fuerza dentro de los circuitos del cine independiente americano y más allá, ya que los avispados grandes estudios de Hollywood, que reconocen el talento a la legua, ya se han fijado en él, confiándole la realización del nuevo reboot de Spider-Man, superproducción que no hará más que confirmar su meteórica trayectoria.
“Nunca juegues con extraños” sería la primera norma básica que, con gran asiduidad, se rompe por los protagonistas de un tipo de películas de suspense que, tras el éxito del aclamado telefilme El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971) y sucedáneos como Carretera al infierno (Robert Harmon, 1986), crearon todo un subgénero que combinaba, a partes iguales, road movie (o película de carretera) con ingredientes más propios del terror psicológico. Cop Car podría catalogarse dentro de este tipo de cine, más por su premisa inicial que por la manera en la que después ésta es plasmada en la pantalla. La historia, lejos de aportar algo novedoso, destaca por su sencillez: Dos niños de unos diez años que pasean por un campo descubren un coche de policía aparentemente abandonado. Con la curiosidad y entusiasmo propios de la edad, entre juegos, los chavales arrancan el automóvil y se disponen a dar una vuelta, sin sopesar las posibles consecuencias de su acto. Es ahí donde comienza una auténtica pesadilla cuando se conviertan en el objetivo del dueño del vehículo, el trastornado y corrupto sheriff local, que ve en los chicos una amenaza que podría destapar el secreto que oculta en su maletero. Estamos ante la enésima variante del juego del gato y el ratón, o, lo que es lo mismo, David contra Goliat (por la inicial desigualdad de condiciones entre perseguidor y presas), pero Watts, ya desde las primeras escenas, parece querer dejar constancia de su intención de esquivar la habitual sucesión de momentos efectistas y acción sin tregua que hasta ahora a caracterizado a este tipo de cacerías humanas. En su lugar, el primer tercio, pausado y contemplativo, nos hace una presentación, a grandes rasgos, de los niños, haciendo hincapié en su carácter atrevido y una gran facilidad para meterse en problemas. Por el contrario, el villano, tal vez en una estrategia para hacerlo más enigmático, está mucho menos definido y en ningún momento se profundiza en el porqué de su conducta ni explica los trapicheos en que anda metido. El choque entre el bien y el mal se hace esperar pero, hacia mitad de la cinta, cuando el policía cobra consciencia de que su coche está en manos de unos chiquillos, ésta comienza a ganar en intensidad, tomando unos caminos más reconocibles en este tipo de productos.