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    Howard Hawks
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    Apuntes sobre un aprendizaje

    La comedia de la vida (20th Century, Howard Hawks, 1934)

    EE. UU., 1934. Título original: 20th Century. Director: Howard Hawks. Guion: Ben Hecht y Charles MacArthur (sobre una obra original de Charles Bruce Millholland). Productores: Howard Hawks y Harry Cohn. Dirección de Fotografía: Joseph H. August. Montaje: Gene Havlick. Vestuario: Richard Kallock. Intérpretes: John Barrymore, Carole Lombard, Walter Connolly, Rocoe Kams, Ralph Forbes, Charles Lane.

    Parcialmente olvidada, durmiendo plácidamente el sueño de los justos de la cinefilia, sumergida en ese pandemónium extraordinario que fue la obra de Hawks durante el primer lustro de la década de los treinta, La comedia de la vida (Twentieth Century, 1934) sigue siendo una hermosa obra menor, un precioso trabajo de orfebrería paciente de lo que habría de llegar en los altares de la Screwball Comedy, un texto aberrado cuyas costuras pueden recorrerse con enorme deleite por el espectador contemporáneo. Un Hawks cojitranco e inspirado que a ratos parece estar ensayando un movimiento que alcanzaría su mayor potencia cuatro años después en La fiera de mi niña (Bringing up Baby, 1938), o una levedad exquisita después de esa trilogía no confesa y deslumbrante del penúltimo «pre-code» que fue Scarface (1932), Avidez de tragedia (The Crowd Roars, 1932, de la que ya tuvimos ocasión de hablar por aquí) y la extrañísima Pasto de tiburones (Tiger Shark, 1932). Hawks venía con las manos manchadas de sangre y grasa de motor, de construir figuras masculinas totémicas, oscuras, profundamente atormentadas y enredadas en negocios de amor y muerte que habían dado mucho de sufrir a las audiencias de su época. De ahí que La comedia de la vida funcione, en primer lugar, como un soplo de aire fresco que habría de permitirle trabajar otros recursos que no pasaban por la experiencia trágica, la velocidad o la amenaza.

    Con ese sabor propio del cine clásico que adaptaba como buenamente podía las obras de moda, reducida casi exclusivamente a interiores y con un peso que cae inevitablemente sobre las espaldas de sus dos protagonistas (John Barrymore y Carole Lombard), la película se demora y se pierde sobre no pocos juegos intertextuales de alto voltaje. Juegos que arrancan prácticamente desde el propio título libremente traducido, que ya apunta a las diferencias y desencuentros entre la pantalla, el escenario y la realidad, confuso mapa de coordenadas en el que los cuerpos (actrices, directores, productores) se enmarañan en una madeja donde el placer, la representación, la simulación y el fingimiento van empujando la trama a golpe de equívoco y de furia. En su somero análisis de la película, Molly Haskell1 también apuntaba una interesante polisemia en su título original: Siglo XX no era únicamente el nombre que bautizaba al tren en el que transcurre la segunda mitad de la obra, sino también una suerte de significante de un mundo recién desembalado: velocidad, acción, mecánica, pulsión. Un Hawks que se había subido al tren de alta velocidad del progreso, y desde allí veía alejarse demasiado rápido los miriñaques del teatro del XIX, el polvo sobre los escenarios, las marcas de tiza en el suelo. Se trata, quizá, del viejo trauma del cine asesinando al teatro, llevándose por delante los salarios y los sueños de los músicos locales que tuvieron que reorganizarse tras la llegada del sonoro, y que aparece aquí y allá especialmente en los musicales y las comedias de la época. Reír y bailar, sobre esa tumba de un teatro languideciente que bizqueaba al mirar al cine y del que nunca terminaría de resarcirse, por muy buenas que fueran las adaptaciones.

    La tumba del teatro, a su vez, es la tumba de los hombres forjados en el teatro. Hawks lo sabe, y por eso presenta a su protagonista con el aire añejo del genio desgastado. A través de un umbral que se abre, una precisa secretaria deja entrever ese interior en sombras, recargado, despacho en el que se escriben las grandes obras y que, en su esquina izquierda, muestra el misterio de la creación, el viejo Dios cristiano con la paloma/Espíritu coquetamente iluminada con un foco puntual. Cuadros, banderas, y en la horizontal inferior del encuadre, el hombre que crea.
    por Aarón Rodríguez
    junio 14, 2021

    La comedia de la vida (Howard Hawks, 1934)

    por Aarón Rodríguez | junio 14, 2021

    Cagney, en llamas, enamorado

    Avidez de tragedia, de Howard Hawks.

    Estados Unidos. 1932. Título original: The Crowd roars. Director: Howard Hawks. Historia original: Howard Hawks. Guion: John Bright, Niven Busch, Kubec Glasmon y Seton I. Miller. Dirección de foto: Sidney Hickox y John Stumar. Montaje: Thomas Pratt. Fecha de estreno: 16 de abril de 1932. Intérpretes: James Cagney, Joan Blondell, Eric Linden, Ann Dvroak.

    Dentro de la Historia del Cine queda todavía por hacer un ejercicio que podría resultar de lo más estimulante: estudiar con detenimiento los trabajos que los grandes “autores” del clasicismo desarrollaron durante los años del pre-code. El caso de Hawks, por ejemplo, es extraordinariamente fructífero: con la excepción rutilante de Scarface, el terror del Hampa (Scarface, 1932), el resto de sus películas acreditadas apenas han sido leídas, miradas de refilón o comentadas en gran parte de la bibliografía mayoritaria. Hay excepciones, como la monografía de Alberto Galera, pero en general se suele relegar esta colección de cintas a una suerte de desván histórico/historiográfico incapaz de competir con el sabor textual de los conocidísimos taquillazos de los cuarenta y los cincuenta. Este aparente silencio tiene una única justificación: desde una perspectiva estrictamente narrativa, las cintas de Hawks durante el pre-code pueden ser entendidas como borradores más o menos dotados de sus “hermanas mayores”: así, La escuadrilla del amanecer (The dawn patrol, 1930) configura los grandes grupos masculinos de aviadores que encontrarán su formulación perfecta en Sólo los ángeles tienen alas (Only angels have wings, 1939), sus ceremonias, sus lealtades, sus gestos hacia la muerte. La cuadrilla de pescadores que se juegan la vida enredándose en tramas amorosas de Pasto de tiburones (Tiger shark, 1932) son un eco todavía frágil pero rastreable de las suntuosas escenas de caza que configurarán ¡Hatari! (Hatari!, 1962).

    Otro tanto puede decirse de la cinta que aquí nos ocupa, Avidez de tragedia (The crowd roars, 1932), que puede considerarse el primer boceto de la que sería una de las grandes películas de Hawks en los sesenta, la extraordinaria y generalmente infravalorada Peligro… línea 7000, obras que dejan entrever la fascinación que el propio director sentía por la velocidad, por el mundo de los circuitos, por la figura del piloto como una suerte de bailarín ególatra, desquiciado y suicida. Lo relevante de la cinta del 32 es, para empezar, el extraño juicio sumarísimo que proyecta sobre las audiencias desde su propio título. En su arranque, Hawks introduce cerca de una decena de planos que presentan el mundo de las carreras profesionales. Los primeros son temblorosas panorámicas en las que se intuye la lucha por el movimiento del dispositivo en su seguimiento de cada vehículo: la cámara compite por captar aquello que tiembla, aquello cuya fugacidad se impone sobre el proceso de fijación de la luz sobre el celuloide. Es un primer gesto que se repetirá constantemente en Hawks: atrapar, aprehender, captar ese segundo de riesgo concreto en el que la vida de un cierto personaje se desliza hacia el límite.

    por Aarón Rodríguez
    agosto 16, 2018

    Cineclub: Avidez de tragedia (1932)

    por Aarón Rodríguez | agosto 16, 2018

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