El brillo antes del ocaso
Crítica ★★★★★ de «Supernova», de Harry Macqueen.
Reino Unido. 2020. Título original: Supernova. Dirección: Harry Macqueen. Guion: Harry Macqueen. Productores: Tristan Goligher, Emily Morgan. Productoras: BBC Films, British Film Institute, Quiddity Films, The Bureau. Fotografía: Dick Pope. Música: Keaton Henson. Montaje: Chris Wyatt. Reparto: Colin Firth, Stanley Tucci, James Dreyfus, Pippa Haywood, Sarah Woodward, Tina Louise Owens, Julie Hannan, John Alan Roberts, Lori Campbell, Peter MacQueen. Duración: 93 minutos.
Llega a las salas de cine españolas, con muchísimo retraso, una de esas pequeñas joyas de la cosecha de 2020 que, injustamente, pasaron de puntillas por la carrera de premios:
Supernova. Tal vez pesó, a la hora de ese ninguneo, la presencia en la misma de una obra tan contundente como
El padre, de Florian Zeller, en la que el gran Anthony Hopkins se marcó un magistral papel (justamente recompensado con el Oscar a mejor actor) en el papel de un anciano víctima de la demencia senil, con la originalidad (y enorme riesgo) de mostrar el punto de vista del enfermo, haciendo partícipe al espectador de sus miedos y delirios. También Viggo Mortensen se había acercado al mismo tema, desde una óptica muy diferente, con su estimable ópera prima como realizador,
Falling, donde él mismo encarnaba a un hijo obligado a lidiar con la demencia de un padre (fabuloso Lance Henriksen, otro gran olvidado en los premios) que nunca supo ser ejemplar. Iracundo, malhablado, homófobo, racista..., un personaje con todas las papeletas para resultar antipático y con el que director e intérprete obraron el milagro para terminar ganándose al espectador, gracias a sus hábiles gotas de humor y la clara presencia de, a su manera especial, algo de ternura y muchos remordimientos, soterrados bajo esa coraza de anciano peleado con el mundo. A diferencia de aquellas dos visiones del Alzheimer, la que ofrece el cineasta Harry Macqueen, en su segundo trabajo tras
Hinterland (2014), muestra los estragos de la enfermedad antes de la vejez, en un caso de demencia precoz similar al que vimos en
Siempre Alice (Richard Glatzer, Wash Westmoreland, 2014), la película que le valió el Oscar a una esforzada Julianne Moore. La historia de
Supernova, lejos de reflejar el paulatino deterioro mental de su protagonista a lo largo del tiempo, se centra en un corto período de tiempo en el que, eso sí, se afronta el conflicto de manera decisiva. Y qué mejor excusa para indagar en los miedos y preocupaciones de sus personajes que la de un trayecto por carretera que, cómo no, termina teniendo más de viaje interior que físico.
Tusker y Sam son una pareja gay que lleva felizmente unida desde hace más de dos décadas. Dos hombres inteligentes, cultos, triunfadores en lo profesional –mientras que el primero es un escritor estadounidense de éxito, el segundo está considerado un pianista muy reconocido–, que no tendrían que pedirle más a la vida, de no ser porque a Tusker se le diagnosticó una demencia temprana a sus 60 años. Con la correspondiente medicación y los ejercicios de memoria que Sam le ayuda a realizar, los síntomas de la enfermedad aún parecen leves (pequeños despistes u olvidos recurrentes, algo de desorientación...), y, con la excusa de un importante concierto que dará Sam, ambos hombres se disponen a recorrer las carreteras de Inglaterra en su vieja caravana, divertidamente bautizada como “la dama de hierro”, hasta una casa rural, visitando en el camino a la familia de Sam y a sus amigos. La estructura de road movie favorece mucho a que ambos personajes se desnuden ante el espectador. Las largas horas de trayecto en el vehículo hacen que seamos partícipes del enorme instinto de protección y ese amor incondicional que Sam profesa a su pareja de tantos años, mientras que también intuimos los esfuerzos de Tusker por mantener su autonomía y mostrarse lúcido para no ser una carga para Sam. El guion del propio Macqueen, en un alarde de elegancia y delicadeza genuinamente británicas, más que en los diálogos (muy buenos, y dotados de una saludable dosis de ironía, cortesía del personaje de Tusker) se apoya mucho más en las miradas cómplices, esos gestos de amor y los pequeños roces de pareja que delatan la plena confianza alcanzada tras 20 años de vida en común, recordando mucho, en su retrato de una pareja gay madura, a la excelente
El amor es extraño (Ira Sachs, 2014), donde los personajes interpretados por John Lithgow y Alfred Molina, en el tramo final de sus vidas, también veían enturbiada su felicidad por circunstancias imprevistas.
Supernova corre el riesgo de ser prejuzgada como una más de tantas cintas dramáticas, con estructuras de telefilmes de lujo que abordan cruentas enfermedades, terminales o no, con el fin de arrancar, a cualquier precio, la lágrima fácil del público más sentimental. No hay nada de eso en el filme de Macqueen, por mucho que los bucólicos paisajes naturales (exquisitamente fotografiados por Dick Pope) y la melancólica música de Keaton Henson puedan contribuir a fomentar esa sensación.